Un pequeño punto en el Planeta

abril 22, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

De mis tiempos de estudiante colegial recuerdo una anécdota cuando un apreciado compañero de clase contaba que al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, después de que EEUU entró de lleno a aquel episodio bélico, varios países aliados decidieron respaldarlo, entre ellos nuestro país. El compañero que con mucha gracia contaba el cuento decía que cuando Honduras le declaró la guerra a Alemania, al pararse Hitler frente al atlas y tratar de ubicar al pequeño país latinoamericano que se declaraba enemigo, no podía encontrarlo porque al poner el dedo en el mapa cubría la minúscula dimensión geográfica hondureña. El relato anecdótico incluía una reacción más de desagrado que de preocupación de Adolfo Hitler, que se preguntaba: ¿Honduras, Honduras, dónde está ese país?



Cierta o no la anécdota, el cuento se me quedó grabado de por vida y lo traigo a cuenta este día que la humanidad conmemora el Día de la Tierra, nuestro planeta, que como lo han dicho centenares de poetas y filósofos, es nuestra casa, la casa donde vivimos en el universo. Y sin embargo, una gran cantidad de personas que la habitamos no tenemos el menor respeto ni la inclinación ambiental para cuidarla. En lo que nos concierne, aunque Honduras es una parte minúscula del planeta, tenemos la obligación de hacer nuestra parte para preservar y cuidar nuestro entorno. Sin embargo, a los hondureños parecen importarnos muy poco los asuntos relacionados con el cambio climático, desarraigados como hemos vivido en las últimas décadas olvidando las viejas costumbres de nuestros antepasados que se preocupaban por sembrar árboles en el patio de sus casas y en los lugares públicos de las poblaciones y ciudades donde vivían.

Los efectos que hoy estamos padeciendo por los calores sofocantes y las lluvias que azotan fuera de la temporada lluviosa son producto del cambio climático que en gran medida ha sido modificado por la escasez de árboles, debido a la deforestación inclemente atribuida a la voracidad mercantil de los aserraderos y exportadores de madera que han explotado el recurso forestal sin corresponder con la siembra de nuevos árboles como lo establece una Ley Forestal que ha quedado en la condición de papel mojado por el irrespeto de los explotadores de los bosques, que en su mayoría son políticos de alto cuño, entre los cuales varios han dirigido los destinos de Honduras.

Desde Honduras no podemos decirle a los demás países lo que deben hacer para cuidar el planeta, pero si podemos hacer mucho por cuidar la parte que nos corresponde que es nuestro territorio, que los hondureños no solo hemos descuidado sino que nos hemos encargado de destruir en gran medida, no solo explotando los bosques de manera inmisericorde, sino contaminando las preciosas extensiones marítimas que hemos convertido en receptáculo de gigantescas cantidades de basura de toda clase que ha infectado desde las playas hasta las profundidades del mar donde viven las especies que son recursos valiosos para nuestra alimentación.

Se han inventado diversas excusas para justificar los incendios forestales, pero la verdadera causa de estos siniestros es la misma mano asesina de los hondureños que le prenden fuego al bosque para hacer pequeños negocios con los restos de los árboles que convierten en leña para las estufas de los campesinos, que siguen apegados a la vieja costumbre de cocinar en fogones sostenidos por leños cortados con hachas de árboles como el roble y el pino que arden con facilidad en los fogones.

Esta explotación no sería condenable del todo si hubiera una cultura racional de reemplazar cada árbol cortado por cinco nuevos que fueran una siembra obligatoria, pero el desfase entre los árboles cortados y los sembrados es abismal, lo cual se puede observar en nuestras montañas que lucen con enormes espacios vacíos donde antes hubo preciosas arboledas que cargaban de oxígeno el aire que respiramos. En las grandes ciudades como Tegucigalpa y SPS es notoria la ausencia de arboledas, especialmente aquellas áreas que han sido invadidas por personas que proceden de la zona rural, que en lugar de traer la buena costumbre del campo de vivir entre árboles, al llegar a la ciudad se encantan con el cemento y en lugar de sembrar árboles en sus patios, los llenan de tierra y de cemento, prefiriendo convivir con el calor y la basura.

Los incendios forestales fluctúan, pero más por razones climáticas, como está sucediendo este año que por los cambios súbitos del tiempo, se nos han regalado lluvias abundantes en plena época de verano, reduciendo la capacidad de combustión de las malezas y zacateras secas. Pero esto es ocasional, porque si no trabajamos más haciendo conciencia y sembrando más árboles, los hondureños estaremos condenados a vivir en un país con un clima hostil para nuestra salud. Y pronto no seremos un país sino un enorme desierto poblado.

El cambio climático en gran medida puede ser revertido sembrando más árboles que surtan de oxígeno el aire que respiramos. Y así, nuestro estado de bienestar mejorará mucho si nos educamos mejor para no tirar la basura a la calle y lugares públicos donde es común ver montañas de inmundicias en pleno centro de nuestras ciudades. Así como prohibirnos lanzar desperdicios al mar y a los ríos.

Cierto que somos un país minúsculo en el planeta, pero desde nuestra pequeñez territorial es más fácil dar el ejemplo de ser una nación que trabaja por mejorar cada día nuestro entorno ambiental, y, porque al contribuir con el medio ambiente las personas nos garantizamos una vida con mejor calidad.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy jueves 22 de abril de 2021.

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