El legado de Chelato

abril 29, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Un personaje como Chelato Uclés no puede desaparecer del escenario nacional sin que se le eche de menos o alguien crea que no se le va a extrañar. Por esas cosas de la vida, de la que no escapamos los hondureños, hasta que una persona como Chelato Uclés, que alcanzó tanto arraigo en toda la nación por su trayectoria en el futbol, o cualquier otro ciudadano que haya obtenido éxito en otros campos de la vida nacional, hasta que muere es que lo consagramos con los mejores calificativos, otorgándole los honores que en vida no se le reconocieron.



Chelato Uclés fue una especie de patricio del futbol, porque es el único entrenador que edificó su propia leyenda cuando a comienzos de los 80 logró dos éxitos sin precedentes que levantaron la autoestima de los hondureños. En noviembre del 1981, al frente de la mejor selección hondureña que hemos tenido, ganó la hexagonal celebrada en Tegucigalpa, incluso superando a México, obteniendo la clasificación a la Copa Mundial España 82. Y en junio-julio de 1982 puso a Honduras en el tablero mundial del balompié al humillar a España que era país sede, a la que mantuvo de espalda al paredón con el gol de ‘Pecho de Águila’ Zelaya, hasta que el árbitro argentino de apellido Iturralde, por congraciarse con el país sede del mundial, nos pitó un penalti inexistente que significó el empate español. Los restantes dos partidos contra Irlanda y Yugoslavia, uno empatado y otro perdido por la mínima diferencia, fueron vibrantes, en los que Chelato se mostró como un gran estratega del fútbol.

Cumplida esa gran hazaña, Chelato Uclés regresó a Honduras como el general victorioso de la guerra en la que no ha perdido un solo soldado, con el sabor a victoria que le endulzaría la boca por toda su vida. De allí en adelante Chelato se consideró a sí mismo una especie de farol alumbrado que estaba por encima de todos en materia futbolística. Y así permaneció por muchos años en los que dirigió a los mejores equipos del futbol nacional y en un par de ocasiones en México y Costa Rica, hasta que lo enroscaron en la política para lo cual si no estaba preparado, y donde no pudo igualar los méritos futbolísticos, porque como todos sabemos, los políticos que también juegan con los pies, tienen la ventaja que como no hay árbitros que los expulsen, hacen las peores triquiñuelas para anular a los novatos hasta dejarlos sentados sin tocar pelota.

La dimensión popular que Chelato alcanzó en el futbol la perdió en la política, porque aquí no pudo entrar al exquisito círculo de las élites que son las que dominan las decisiones, y la influencia que Chelato tenía en el futbol no le sirvió para nada en el mundo de la política donde no pudo competir con la pujanza con que lo hacía cuando le tocaba dirigir a la selección o a los equipos. Sin embargo, después de ese furtivo paso por la política Chelato volvió al escenario donde si tenía arraigo, que era el futbol y allí permaneció hasta que la diosa fortuna le sonrió y lo mantuvo en los primeros banquillos de los grandes del futbol: Olimpia, Real España, Motagua y Marathón, y algunas veces como comentarista deportivo.

La magia de Chelato era su forma de ver y analizar el fútbol, era un espectáculo cuando se dirigía a los jugadores al momento de darles instrucciones a los jugadores en los entrenamientos. A veces discernía las enseñanzas en las prácticas con pensamientos ilustrados de personajes que muchos de los futbolistas nunca habían oído mencionar por su bajo nivel de escolaridad. Qué sabía un futbolista de Platón y Sócrates, no podían entender que Chelato les hablara de Descartes, y como era eso que el entrenador quisiera inducirlos a la táctica del repliegue defensivo, como los rusos hicieron con Napoleón cuando retrocedían, haciendo que Napoleón se tragara la píldora, y avanzara, según el sobre los rusos, hasta que el invierno se le vino encima con una tormenta de nieve que acabó con casi todo el ejército napoleónico.

Así era Chelato, era lo que en buen romance se podía considerar un filósofo metido a futbolista, nutrido de fútbol hasta la médula con las clásicas revistas argentinas de fútbol en las que refrescaba los conocimientos adquiridos en sus tiempos mozos cuando estudió en la Escuela de Entrenadores de Buenos Aires. Chelato seguía al pie de la letra el modelo argentino, que para el suponía la superioridad en el fútbol mundial, despreciando al brasileño con su gran astro Pelé. La competición en el campo era la vida de Chelato, fuera de la cancha Chelato sabía que era otro mortal más y eso no le cuadraba.

Llegó un momento en que Chelato criticó lo mercantilizado que se había vuelto el fútbol, lo que consideró que era una contaminación desde el momento que el ímpetu comercial estaba por encima del amor a una camiseta, y los jugadores ya no sentían amor por un equipo sino que andaban con el que mejor les pagaba. Fue cuando los futbolistas, en cualquier parte, perdieron el orgullo de pertenencia y lo único que les interesaba era la buena paga, jugaran o no jugaran, o jugaran y perdieran, Chelato odiaba a esta clase de futbolistas, pero nunca les reprochó que prefirieran el dinero, al amor por la camisola. Por eso llegó a la vejez sumido en la más absoluta de las carencias que es la pobreza, vendiendo sus recuerdos para sobrevivir. Y esto lo hizo porque ante todo, Chelato Uclés fue una persona con dignidad, nunca pidió estipendios que no se había ganado en el campo. Este es el gran legado de Chelato Uclés, haber sido un hombre que nunca perdió la dignidad. Y con ella se nos ha ido para siempre. ¡En paz descanse el mejor entrenador hondureño de fútbol de todos los tiempos!

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy jueves 29 de abril de 2021.

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