Diálogo con los estadounidenses

marzo 1, 2021

Juan Ramón Martínez

No son muchos los que nos entienden. No se explican nuestros silencios, la disposición para agachar la cabeza; y la repetida disposición para repetir, servilmente a todo: “como dice usted”. Poco se ha estudiado que las elites fundantes y sus descendientes actuales, escogieron entre Maquiavelo y Tomas de Aquino, al florentino. De modo que, el poder, más que fruto de la voluntad de Dios al principio y ahora, expresión de la soberana voluntad popular, lo consideraban un premio a sus virtudes y, una indicación, de su capacidad superior para imponerse a los demás. Por ello, el poder gubernamental, tiene un carácter patrimonial, un premio de los ganadores, compartido con las familias y los compinches y su retención, es una obligación, así como el cumplimiento de la ley, una simple conveniencia a sus intereses. Incluso, pasan por alto que nosotros, como lo descubriera Octavio Paz, inventamos el caudillo, una suerte de mezcla del Cid Campeador, Hernán Cortes, los chamanes indígenas y los jinetes árabes que dominaron España durante ocho siglos. Los europeos, los asiáticos y los africanos, han tenido dictadores, tiranos y sátrapas, nosotros, caudillos. Y para algunos, “a mucha honra”. Allá, Hitler, Stalin, Franco, Idi Amin, Mugabe, Mohamed Homeini y Putin. Aquí, a Porfirio Díaz, Trujillo, Carias, Somoza, Rosas, Perón, Chávez, Maduro, Castro, H. Martínez y Cabrera. Las mismas finalidades; pero diferentes estilos, discursos y propuestas.



Los estadounidenses y sus asesores, latinos desmejorados, no pueden entender al caudillo latinoamericano. Confunden su sumisión, con adhesión a los principios democráticos. Y su resistencia a proponer, sin escuchar antes, como una forma inteligente de ejecutar el acto diplomático. Nunca los nuestros se atreven a pensar. O a usar la palabra para proponer algo. Primero, esperan que sean ellos, quienes hablen, juzguen y marquen el curso de acción. Siempre tratan de ir sobre seguro. Buscan que, ellos hablen primero. Es el puercoespín, disfrazado de zorro.

Por ello es que ahora, una vez que han ganado los demócratas, los latinos – desde México a la Argentina – esperan cambios. Pero sin que contribuyan a ellos. La idea del pacto, el acuerdo y la negociación, no pasa por sus cabezas. Esperan que Biden diga sus santas palabras; que el Departamento de Estado nombre embajadores, y señale los que serán sus amigos, aliados o sirvientes. Acostumbrados a la inestabilidad y al capricho, parte de los latinoamericanos, esperan que los nuevos gobernantes les ayuden a deshacerse de sus enemigos que además, han sido aliados firmes de Trump, el gobernante con el cual ayer nomas celebraban las navidades, intercambiando uvas y que ahora, parecen no haber visto nunca en sus vidas. Cada cuatro años, especialmente cuando los estadounidenses cambian de partido en la Casa Blanca, en América Latina, visible mas en Centroamérica, resurgen las esperanzas en los unos, en tanto que en los otros se fruncen los ceños, con evidente preocupación.

El diálogo es imposible desde las dos orillas. Los discursos no son compatibles. Los maquiavélicos latinoamericanos, que ven en el poder un botín que solo conquistan los mejores; y el de los “aquinianos” que entienden que el poder es un servicio legitimado por la satisfacción de los servicios recibidos, son contradictorios, de principio a fin. Por ello el concepto de la ley es diferente. Aquí se acomoda a los deseos y caprichos de los caudillos. Allá, los caudillos – como Trump que parece el más latinoamericano de los gobernantes estadounidenses, casi un maquiavélico que rechaza a Santo Tomas de Aquino—se someten, por las buenas o por las malas, al imperio de la ley.

En Honduras, país pequeño, caricatura de los defectos de los latinos y escenario en donde los gringos muestran sus juicios equivocados, frutos de visiones igualmente equivocadas, la oposición, pasando por encima de los derechos del pueblo, quiere que sean los gringos quienes determinen quienes nos gobiernen. Incluso, los marxistas que, hace poco anunciaban el fin del capitalismo salvaje, firman actas, dan declaraciones y, quieren que, en vez del pueblo hondureño, en elecciones formalmente libres, sea desde Washington, como recomendó un ex asesor de Obama de apellido Restrepo, desde donde digan, con el dedo, cual es el gobernante ideal para ellos. Y que, en premio a nuestra obediencia, será recibido con honores en el salón Oval, de la Casa Blanca. Y por ello, estamos enfrentados. Unos en favor de oír las recomendaciones, en tanto que otros, defendiendo el derecho soberano a escoger nuestros gobernantes ya respetar nuestras leyes, se opone fieramente.

Por ello, no hay diálogo. Al final se impondrá la voluntad de Potomac. Como ha sido siempre. Aquí, estamos llenos de malinches y de herodianos, a los que les interesa más el poder como premio que el respeto por las reglas para mantenerlo al servicio del pueblo. Por ello, no tienen propuestas alternativas, sino que la voluntad de lo que diga Washington. Así ha sido. Y lo seguirá siendo, por los siglos de los siglos.

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