Bukele, y el hábil manejo de sus votantes

marzo 8, 2021

Juan Ramón Martínez

Aunque los resultados eran esperados, muchos se sorprendieron, casi en la orilla del pánico. Que un gobernante tenga el control de los otros dos poderes que formalmente integran el sistema democrático, es asunto corriente en América Latina. E incluso, frecuente en Estados Unidos, Canadá y el Caribe. El problema con Bukele es que, con su estilo novedoso, de menosprecio al instrumental partidario, no hay manual interpretativo para anticipar sus movimientos. Y crear las barreras preventivas, que no lo lleven, inercialmente, hacia el autoritarismo y la dictadura.



Porque el mérito de Bukele es descubrir, con una intuición extraordinaria, los disgustos de una parte de la población, con respecto a los dos grandes partidos salvadoreños: Arena, que representa la derecha y el FMNL, la izquierda. Y encontrar un caladero electoral, — jóvenes de 18 a 40 años, sus contemporáneos inmediatos — cuyos votantes no tengan en sus recuerdos la guerra civil; ni manejan enconos en contra de los exitosos, pero que sí están preocupados por su futuro inmediato para ingresar al mercado laboral, estudiar, casarse y crear una familia. Y que ha descubierto que los partidos y las instituciones creadas por estos, no tienen ninguna posibilidad de satisfacer sus deseos y esperanzas. Además, si la tuvieran, no confían en ellos.

Esos electores, son la joya de la corona en la estrategia electoral de Bukele. Impetuosos e irreflexivos, no tienen mucho respeto por las instituciones y, además, en las discusiones no respetan formalidades ni comportamientos establecidos. Sin ningún arsenal teórico – porque tienen alergia a la lectura, fuera de los cortos mensajes de los celulares—se muestran dispuestos al irrespeto y a la reacción visceral. Bukele fue expulsado del FMNL, por arrojarle en la cara una manzana a una regidora de su propio partido, confirmando que, lo relevante es no creer en nadie – solo en sí mismos y sus familiares – ignorar la presencia omnímoda de los partidos como instrumentos únicos para llegar al poder, y celebrar aquellos que les ofrecen confianza por su cercanía. Bukele, es como ellos: no usa corbata, rompe las reglas más sagradas del sistema para mostrar su independencia personal, individualismo ilimitado y su irrespeto a los más elevados sujetos del santuario institucional. Además, usa la gorra con la vísera hacia atrás – como los jóvenes retadores de las pandillas—habla como sus electores, sin pretensiones retóricas y tiene, en la punta de la lengua, la descalificación de sus adversarios. Rematando con arrogancia sus impulsos superiores.
En consecuencia, su éxito electoral es fruto de su sensibilidad para entender el disgusto de un sector de la población, cansado de dos partidos que, con una retórica, típica de la guerra civil de los ochenta del siglo pasado que no les dice nada a los sentimientos de los jóvenes. Y su capacidad para representarlos exitosamente. Acercándose a sus deseos de poner en cintura a un sistema político que se ha tornado un fin en sí mismo, que cree que está por encima de los ciudadanos; y que, se cree invulnerable ante unos votantes que hasta hace muy poco, creían que eran esclavos suyos.

En fin la receta es simple: identificar qué quieren los electores, acercarse a ellos y convencerlos que tiene como todos ellos, la fuerza, la valentía y el ánimo para derrotarlos poniéndolos de rodillas. Cosa que ha logrado, en forma que ha sorprendido a muchos que poco estudian la psicología popular. Bukele no solo está contra el sistema, sino que, además, es el único antisistema, para dominarlo y ponerlo al servicio de las necesidades de la población más desilusionada. Es un populista de la desesperanza; un vengador de las ofensas inferidas por los políticos profesionales. Que honra sus promesas. Y que, no tiene miedo a irrespetar hasta la Asamblea Legislativa que, hace poco era una institución que nadie osaba levantarle la voz y cuestionar el papel de sus miembros. Lo que hizo personalmente, más allá de Trump, volviéndose activista de sí mismo, haciendo lo que le pide a los demás que hagan. Consigue dotarse de una aureola extraordinaria. Con un ego elevado, solo tiene frente a sí, a la Fuerza Armada que por su naturaleza defiende su existencia ante quien la amenace o ponga en duda su legitimidad y las bases que justifican su existencia. Por ello, antes que ofenderla, hay que esperar que las use, dándole rienda suelta a sus deseos de demostrar su fuerza y capacidad para defender la existencia de la República de El Salvador. La expresión que le atribuyen que le gustaría invitar a comer a los gobernantes de Honduras y demás países de Centroamérica, en la isla Conejo, no hay que tomarla en broma. Para lograr lo suyo, es capaz de embrocar a la Fuerza Armada en una aventura impredecible. El ex ministro de Defensa García Payes durante el gobierno de FMNL, dijo que en dos horas se toman el atolón del Conejo en el Golfo de Fonseca. El problema es cómo enfrentar la acción de Honduras y sostenerse en ella. Bukele, no es sino, un hombre de impulsos nerviosos. Contrario a los militares salvadoreños que saben que los hondureños les responderán con un poder de fuego que puede comprometer la paz de Centroamérica. Y provocar la caída de Bukele.

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