USA y América Latina, ¿diálogo imposible?

noviembre 2, 2020

Juan Ramón Martínez

Este título no es muy original. Ryding escribió sobre las relaciones de Estados Unidos y México, calificándolas como típicas de “vecinos distantes”. Reflexionó sobre las dos visiones diferentes que impiden el diálogo. Y las opiniones que cada uno de los vecinos tiene sobre el otro, lo que obliga a que sin autoridad real, el uno piense y hable como si fuera el otro. Lo que al final impide el diálogo y la cooperación. Porque el problema no son las diferencias, sino que la incapacidad de oír al otro para responder y buscar puntos de coincidencia.



Ahora, se pone de nuevo de moda la cuestión. Trump ha ido más allá que ningún otro presidente lo ha hecho en los últimos cien años. Ha dejado de pensar sobre nosotros, los latinoamericanos, como lo han hecho sus predecesores. Piensa como los Estados Unidos. Lo que es correcto y, por razones que siempre no nos suenan bien, nos obliga a nosotros a hacer lo propio. Lo que crea un problema: los latinoamericanos, sólo en algunos momentos, ejercen la capacidad para pensar, desarrollar objetivos y territorios definidos sobre los cuales operar, porque siempre han estado acostumbrados a que los otros países – especialmente los poderosos – identifiquen los problemas, imaginen las soluciones y apliquen las medidas rectificadoras o construyan los edificios institucionales para producir nuevas realidades. Por esa razón, el gobierno de Trump no halla qué hacer con Latinoamérica. A partir de la idea de que no somos responsabilidad de Estados Unidos – cosa que es cierta – se resiste incluso a ser policía del mundo: o bombero mayor para apagar nuestros incendios. Es decir que los latinoamericanos, desde hace muchos años, hemos renunciado a pensar, a resolver nuestros problemas mediante construcciones teóricas que expliquen sus razones y desarrollen soluciones imaginativas. El nacionalismo de Trump, que nos ha dejado libre para actuar y pensar, nos ha dejado sin protección, y lo peor, sin justificaciones. Si nos permiten la metáfora, es el guardián que ha dejado las llaves de la cárcel en la que hemos estado encerrados y la puerta abierta. Y nosotros, no sabemos qué hacer. No solo porque le tenemos miedo a la libertad, sino porque, además, no estamos preparados para pensar en circunstancias creativas y nos sentimos incapacitados para ser los dueños de nuestros propios destinos.

Por ello es que ahora, frente a los resultados electorales en que posiblemente cambiarán los colores de los guardianes de las prisiones, la pregunta inocente e infantil es: ¿qué nos favorece más?: el color rojo o el azul, con una ingenuidad y una actitud dependiente escandalosa. Los más ilustrados, revisan lo que ha hecho Trump y los antecedentes de Biden, pasando por alto nuestras capacidades para plantear los términos de una relación que debe dejar la dependencia, para volver a ser bilateral e igualitaria. El problema es que, para ello, América Latina – todos los países, al margen de su tamaño – necesitan definir sus objetivos, revisar sus relatos y definir los términos de un diálogo que es inevitable entre los vecinos. Podemos no hablarnos, si no, nos necesitamos. Pero, en tiempos de interdependencia o globalidad – escoja usted el término que le plazca – en que, el diálogo es inevitable, hay que construir el discurso y plantear nuestros deseos, afanes y propósitos y a través de una discusión, establecer los acuerdos en que coincidan sus intereses con los nuestros, en lo que esto sea posible.
Una revisión de la actitud de Estados Unidos hacia nosotros, es muy útil. Al principio esa nación, se imaginó como una fuerza civilizadora del continente. Era tan obvio el asunto que incluso Karl Marx lo justificó, menospreciando a Bolívar. Por ello Monroe, desarrolló el concepto que este continente era para nosotros, es decir para ellos. Nosotros respondimos con el panamericanismo, una suerte de postura común en que, por última vez, nos imaginamos iguales. Desde allí, Estados Unidos solo se ha interesado en nuestros países cuando se lo han exigido sus intereses – caso del canal de Panamá en 1903, especialmente – o cuando Fidel Castro y sus barbudos, amenazaron con una revuelta campesina que haría volar por los aires los gobiernos locales que protegían sus intereses. Bajo el sobaco de la Unión Soviética. Allí, entonces, Estados Unidos respondió, frente al chantaje de Castro y la amenaza de sus enemigos, con la Alianza para el Progreso que, al final no dio resultados. O si los produjo, fue más para ellos que para nosotros.

Fuera de estas reacciones temperamentales, en que usamos el totalitarismo, patriarcal y caudillesco, como arma arrojadiza en contra de Estados Unidos, hemos sido incapaces de desarrollar una propuesta creativa en la que América Latina, dejando de ver a Estados Unidos como enemigo real o potencial; o gran patriarca hacedor de milagros, proponga desde adentro de sus espacios geográficos, tesis o sugerencias en que ellos, digan están de acuerdo, o en desacuerdo. Y juntos, discutimos, buscamos salidas comunes. O cada quien, escoge su propio camino, sin caer en la infantilidad de entregarnos a Inglaterra o Francia, en un primer momento, para después, como lo hiciera Castro en los sesenta del siglo pasado en brazos de la Unión Soviética, hasta ahora que en nombre de un populismo de izquierda, nos resistimos a seguir el ejemplo de Europa que, incluso en tiempos de Trump, ha podido manejar su individualidad y su carácter.

Por ello, abrigo la esperanza – lo último que se pierda– que, América Latina vuelva los ojos a Tomas de Aquino. Dejando atrás a Maquiavelo – desde una lógica menos dependiente y emocional–, busquemos la forma de dialogar con este gran vecino que no podemos tratar como distante. O como un muro de los lamentos, para confiarle nuestros destinos que, siempre, siempre, deben estar en nuestras manos.

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