Un barco al patíbulo

julio 10, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

En la historia de Honduras ningún otro barco fue esperado con tanta ansiedad, en medio de un ambiente mezclado de esperanzas, alegrías y hasta de mucha maldad de  unas pocas personas que  hubieran deseado que el barco de carga IJSSELBORG hubiera zozobrado en altamar con todo y los dos hospitales. El barco, conforme la ruta y el itinerario, vino desde su puerto de salida hasta llegar a Puerto Cortés, en un viaje expreso desde Turquía a Honduras que le tomó varias semanas. La esperada carga, que son los primeros dos hospitales adquiridos por INVEST-H, ha sido aireada por los medios informativos con abundancia de detalles, no tanto por las ansias de constatar que los hospitales por fin están en Honduras, sino por el morbo de cerciorarse que los mencionados enseres hospitalarios vienen completos y que pronto podrían estar funcionando.



Muchos de los que tenían clavados los ojos en el barco no era por el anhelo de ver los hospitales funcionando, sino más bien por el deseo del diablo de que, lo que vino a Honduras no sirva para los fines que fueron adquiridos, rogando que sean cascarones vacíos como lo afirmó Fito Facussé, que se ha colocado en la primera fila de los cuestionadores de la compra desde el primer momento que INVEST-H anunció que por encargo  los hospitales se hicieron a una empresa de Turquía, país donde hay industrias especializadas en el rubro de la construcción de hospitales.

La llegada de los hospitales no es el final de esta historia, apenas es el comienzo, porque ahora viene la parte donde los que desde un principio han deseado que esta compra sea un fracaso total, se mantendrán en suspenso, aguantando la respiración hasta tanto los armadores digan si los hospitales vinieron o no completos, sirven o sirven. Lo gracioso de esta historia, porque también tiene su parte de gracia, es que posiblemente los tripulantes del Ijsselborg ni remotamente se imaginaron que un simple barco de carga tendría una recepción televisiva impresionante, pensaron a lo mejor que se debía por la naturaleza de la carga que transportaban. Ver las cámaras de televisión, con los drones sobrevolando el barco, dejaba a los tripulantes en cubierta como actores de cine sin saber que la expectativa creada era más para terminar de hundir al funcionario que dirigió la compra y sobre el que han caído tormentas de crítica que moralmente lo han masacrado.

Si todo este caso fuera el argumento de una novela, el título que le vendría como anillo al dedo sería «Un barco al patíbulo» porque el barquito sobrepasó una travesía desde ultramar y llegó enterito y coleando a Puerto Cortés, pero, aún anclado en la bahía porteña no han cesado las conjeturas de toda clase. A los críticos no les basta que el barco con los primeros dos hospitales llegó por fin, porque a manera de deseo, quieren que todo lo que viene en los contenedores sea cualquier cosa menos hospitales que puedan funcionar.

Ahora se han inventado que para armar los hospitales hay que esperar a una comitiva de técnicos desde Turquía, lo cual es un disparate, porque en Honduras hay personal especializado para hacer el trabajo de armar equipo duro y si no veamos quiénes armaron el Hospital María, o los distintos hospitales privados que hay en el país. Toda esta amalgama de malos deseos alrededor del barco, por momentos presagiaba que el barquito hasta podría zozobrar por las malas vibraciones que se le lanzaban desde nuestro país.

Separemos del enfoque a Marco Bográn, persona que por su actuación en este caso ante la sociedad hondureña queda materialmente pulverizado, centrémonos en los malos deseos de las personas que no han ocultado desde un principio que, la compra de los hospitales sea la peor adquisición que se ha hecho en Honduras en los últimos tiempos. Una cosa es el juicio contra Bográn, que tarde o temprano recibirá su merecido una vez que las investigaciones del Ministerio Público comprueben que la compra de los hospitales fue sobrevalorada o no, que por ahora es el pecado capital de Bográn, o que los hospitales fueron adquiridos sin cumplir los requisitos para las necesidades apremiantes por la pandemia que por la mala actitud de muchos compatriotas ha continuado ganando terreno haciendo que los hospitales hondureños estén al tope, por lo que los hospitales comprados en Turquía representan un agregado valioso para ampliar las atenciones a las personas contagiadas.

Los hospitales llegan en un momento crucial, cuando la pandemia está escalando cada vez más, presumiendo que por el incremento de contagiados estamos casi por alcanzar el pico, de donde se empiezan a trabajar en busca de aplanar la curva, que significa empezar a reducir la propagación del virus. Pero todo esto no interesa a los malpensados que, más bien de lo que han estado pendientes es que, lo que viene en el barco sean cascarones vacíos, que en primer momento al ser descargados los contenedores, son piezas con peso de tonelaje, que solo corresponden a un equipo duro.

Al llegar el barquito Ijsselborg a Puerto Cortés, rompió el maleficio que desde Honduras le lanzaban los que cruzaban los dedos porque algo en altamar le impidiera la llegada a Honduras o que le desbaratara la carga, para que efectivamente lo que llegara a nuestro país fueran cascarones vacíos. Pero como el barco rompiera el maleficio de los malpensados, ahora resta por ver que los hospitales vengan completos y que aquí, los mecánicos hondureños que han trabajado construyendo otros hospitales, sepan leer los manuales de los constructores, que es lo que procede para ir poniendo cada pieza y cada parte en el lugar que corresponde para que los hospitales cobren vida y empiecen a funcionar. Esperamos que el tiempo que toca esperar para ver los hospitales hechos realidad no sea muy largo.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 10 de julio de 2020.