Un aeropuerto histórico

mayo 23, 2018



TEGUCIGALPA, HONDURAS



Toncontín ha sido desde su fundación, desde todo punto de vista, un aeropuerto histórico. Ha cumplido con fidelidad su función de ser un puerto aéreo importante, desde que fue concebido cuando el imaginario hondureño no tuvo el suficiente alcance para atisbar lo que sobrevendría en el tiempo con la evolución de la aeronavegación comercial hasta estos días, cuando la aviación comercial superó los aviones de hélice, que requerían menos espacio para hacer la aproximación para el aterrizaje, por los modernos jets de propulsión que sobrepasan los 850 kilómetros por hora de velocidad.

En la aviación hay dos factores que nunca son compatibles: nostalgia y seguridad. Por Toncontín, capitalinos nativos y no nativos, sentimos el mayor de los afectos y el más profundo reconocimiento como instalación aeroportuaria. Pero, el tiempo que es un imperativo cruel, que es el que determina el momento de los cambios en las instituciones, en las empresas y en las personas, y no perdona, y cuando marca el fin de ciclo de algo, exige dar paso al cambio, porque al no hacerlo se corre el penoso riesgo en que se exponen vidas humanas.

El debate sobre la construcción de un nuevo aeropuerto para la capital comenzó a calentarse en los años 80, cuando llegaron técnicos ingleses y japoneses, expertos en estudios de factibilidad aeroportuaria, para analizar los puntos sugeridos para un nuevo aeropuerto. Primero se estudió la altiplanicie de la Laguna El Pedregal, sitio que fue descartado por la altura que es inconveniente, porque reduce la capacidad de carga de los aviones. Y además porque es un lugar que pasa nublado la mayor parte del tiempo, un factor adverso para el aspecto seguridad que se busca para el nuevo aeropuerto. Y finalmente se habló del Valle de Talanga, que es un lugar eminentemente productivo, y que fue descartado por ofrecer muy pocas condiciones para la pista y demás instalaciones.

En ese tiempo, técnicos de la Fuerza Aérea de EEUU llegaron con el mismo objetivo a Honduras y encontraron que el sitio ideal para un aeropuerto con futuro era el sector de Palmerola, enclavado en el Valle de Comayagua. Y después de las negociaciones entre nuestro país y EEUU se llegó al acuerdo de permitir la instalación de una base aérea norteamericana, que contaría con una pista de aviación, construida con todos los rigores para que aterrizaran toda clase de aviones. La pista de Palmerola ha demostrado que, en efecto, es la mejor para la aeronavegación de todo tipo.

Sin discusión, Palmerola es el único lugar donde se puede construir un aeropuerto para la zona central de nuestro país, lo que no impide que Toncontín siga operando para los vuelos domésticos que se efectúan en aviones pequeños, que no requieren mayor espacio ni distancia para el despegue y el aterrizaje. Con Toncontín, según dijeron en aquel tiempo los técnicos extranjeros y muchos de nuestros pilotos, el problema no es tanto el tamaño de la pista, sino lo dificultoso que resulta la aproximación de las aeronaves, por la cantidad de montañas que circundan el área de Tegucigalpa. La pista fue extendida mediante una operación de movimiento de tierra de las colinas aledañas a la parte sur de Toncontín, pero eso aunque ayudó no fue lo suficiente, porque a las montañas y colinas de los alrededores no hay forma de eliminarlas.

Los que somos neófitos en una materia tan delicada como es la aeronavegación no debemos expresar criterios que responden más al sentimentalismo nostálgico, que no acepta que Palmerola sustituya a Toncontín, sabiendo que, cualquier error de un piloto que derive en tragedia, comienza por el factor que lo origina. Un piloto, con o sin experiencia, puede aterrizar su aeronave sin problemas en el aeropuerto Villeda Morales, en Golosón, en Roatán y no digamos en Palmerola. Pero para aterrizar en Toncontín, un piloto requiere estar certificado con suficiente experiencia, y propiamente, que conozca las condiciones de Toncontín y sus contornos geográficos.

El error en la aproximación no siempre es por falla humana, sino por el factor presión que nace en el piloto cuando se ubica en medio de montañas y colinas para enfilar la nave hacia la pista. Cuando el piloto ha aterrizado en repetidas ocasiones en Toncontín, es hasta entonces que adquiere la pericia para asegurarse donde debe hacer las maniobras de aproximación que lo haga tocar la pista en el lugar marcado con las líneas.

A Toncontín no lo rebasa la malquerencia de nadie, lo rebasó el tiempo que a su vez ha sido rebasado por los avances de la aeronavegación comercial que desechó los viejos aviones de hélice por los modernos jets de propulsión que vuelan y aterrizan a altas velocidades, para lo que requieren el suficiente espacio que solo se encuentra en los lugares planos, distantes de las zonas montañosas.

Por estos factores es que Toncontín queda en la historia, no desechado como instalación porque tiene utilidad para vuelos domésticos que se efectúan en aviones pequeños. Pero cada vez la aviación comercial está ocupada por las grandes aeronaves que requieren una pista como la de Palmerola para aproximarse y aterrizar con todo el margen de seguridad. Esta es la realidad, y como dijimos, en esta materia donde está de por medio la seguridad de las personas, la realidad no es compatible con el sentimentalismo nostálgico.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 23 de mayo de 2018.

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