Trump, genio y figura hasta la sepultura

octubre 4, 2020

La enfermedad, a la que todos le tememos, no puede con él, porque a Trump nadie lo puede derrotar. Este es su mensaje electoral

Juan Ramón Martínez

La conducta del Presidente Trump, siempre se ha caracterizado por su voluntad de imponer las reglas, donde garantizar sus cómodos espacios que aseguren sus triunfos, reales o hipotéticos. Él nunca se ha marginado, “como él y su circunstancia” y, mucho menos que “cuando esta cambia, él cambia también”. Todo lo contrario. Él se considera la circunstancia. Imaginándose entonces que, desde su relato personal, es él, Trump, el que la produce, la cambie; haciendo que los demás la acepten. Podría decirse que, es un hombre que impone sus caprichos; pero nos quedamos cortos. Porque él se imagina por encima de la realidad que la determina su voluntad. Es un determinista individualista, llevado a la décima potencia. Por ello, está convencido que siempre, podrá salirse con la suya. Incluso frente a una pandemia que el mundo no ha podido confrontar, él juega con ella y la usa, para sus fines, porque el circo es parte de una realidad que él siente entre los dedos de su puño apretado.



Desde el principio la apuesta ha sido de todo o nada. Empezó por negarle al coronavirus la importancia que le dieron los científicos. Redujo la enfermedad a una gripe pasajera, por lo que no mostró interés en la búsqueda de soluciones ni compasión con los familiares de los fallecidos. Ante lo desconocido, construyó su propia visión de las cosas. Por ello, no siguió instrucciones, no cuido de su salud; ni tampoco entendió que podía ser una peligro para su familia, su equipo de la Casa Blanca, para los Estados Unidos y para el mundo. Y cuando la enfermedad se ocupó de él, ha continuado con el juego de dimensionarla, para de este modo, satisfacer su ego que no solo tiene la complexión de un hombre fuerte, sino que la enfermedad – a la que todos le tememos – no puede con él, porque a Trump, nadie lo puede derrotar. Este es el mensaje electoral que maneja, frente a unos seguidores suyos – porque le pertenecen y están a su servicio, coincidiendo con los líderes de las repúblicas bananeras que en esto coinciden plenamente – embelesados ante su supuesta superioridad, dejando el hospital para dar una vuelta para saludar a los “patriotas” que rodean, ansiosos y preocupados por su salud, al Walter Reed Hospital. Y es parte del espectáculo en que hasta los médicos bailan en el aro que sigue manejando, creyéndose invulnerable, con sus mensajes contradictorios, contribuyen con el espectáculo de hacer de la salud del primer mandatario de la hasta ahora primera potencia mundial, una operación circense. Y como un Houdini de feria, reta a la muerte, embiste en contra de la realidad y se salta todas las probabilidades, para demostrar que es invulnerable. Y, consecuentemente, imbatible.

Sin embargo, contrario a sus deseos, la realidad del electorado de los Estados Unidos ha cambiado totalmente. Puede seguir creyendo que la domina y la moldea a su voluntad. Pero hay dos factores disonantes que no ha podido manejar: la pandemia que afecta a la población de manera dolorosa y la crisis económica que ha provocado el crecimiento del desempleo, el cierre de fábricas y empobrecido a las ciudades satélites donde se ha alojado la clase obrera que sirven de albergue a su fuerza laboral. Estas dos expresiones de la realidad no las puede esconder; ni mucho menos modificar y siquiera disfrazar. Así como tampoco torcer el rumbo de las encuestas que cada día que pasa – incluso después del espectáculo en que ha convertido su propia enfermedad – le son desfavorables. La última encuesta le coloca 14 puntos debajo de su retador Joe Biden, el candidato demócrata. Y los senadores republicanos, un tercio de la cámara baja que someten su candidatura a la voluntad de los electores y el 100% de la cámara de representantes, empiezan a preocuparse. Porque una cosa es perder la Casa Blanca y otra es que su caída vaya acompañada de la estrepitosa pérdida también de las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos que pasarían al control de los demócratas. Por ello, los republicanos ya no están interesados en lo que hace Trump desde la Casa Blanca y muy poco la forma como maneja el problema de su salud personal. Tratan de defender los estados en los que Trump basó su triunfo electoral hace cerca de cuatro años. De allí que entonces, la pelea electoral no se da en Washington, donde Trump es el showman, sino que en La Florida, Dakota y los estados que rodean los grandes lagos, zona industrial que ha sido víctima de la depresión y la automatización.

Pese a lo peculiar del sistema electoral de los Estados Unidos, las cosas ya están definidas. Lo que hace falta saber es cómo terminará el espectáculo que Trump ha montado sobre su propio estado de salud. Puede que juegue, hasta cierto punto, con la peligrosidad del virus y que haga del riesgo de su capacidad de contagio algo que aprecien y valoren los patriotas que todavía creen en él y sus posibilidades de triunfar el 3 de noviembre próximo. Pero no podrá cambiar algunas cosas típicas de la historia política de los Estados Unidos. Especialmente con la experiencia histórica que indica que ningún presidente ha sido reelegido en plena crisis económica. Aunque porfíe e invente todos los recursos emocionales posibles. Porque aunque Trump siga aferrado a su forma de imaginarse como encarnación de la realidad y porfíe con el cuento de genio y figura hasta la sepultura, jamás podrá hacer que él y la realidad sean la misma cosa. Teológicamente eso es Dios, según Spinoza. La realidad anda por un lado, y Trump por otra, jugando no con las elecciones, sino que con su propia vida y las de sus principales y cercanos colaboradores. Que la providencia se apiade de este hombre peculiar en el que algunos todavía creen.

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