Trump, el espectáculo hasta el final

noviembre 17, 2020

Juan Ramón Martínez

Estados Unidos es una sociedad singular, múltiple y complicada. Su formación histórica, se basa en la oposición a un tirano que pueda, en determinado momento, emitir leyes a su voluntad; imponer sus caprichos y determinar la forma y manera de orar a Dios. Reconociéndolo o eliminándolo de las vidas de los ciudadanos. Destruyendo la libertad individual. Por ello los fundadores, que sabían lo que no querían, crearon una sociedad de instituciones que, permitiendo la libertad individual, tenía y tiene la capacidad de controlarlo. La conducta irregular de Trump, su manera de llamar a las cosas, sus ánimos de dividir para llamar la atención, forma parte de las libertades que permite la institucionalidad de los Estados Unidos. Él puede hacer el espectáculo. Pero no más.



Efectuadas las elecciones, determinados los resultados por parte de los estados y constituido el Colegio Electoral, hombres como Trump no tienen otra alternativa que hablar, quejarse e incluso presentarse ante los tribunales, sabiendo desde el principio que al final se impondrán las instituciones: los que han creído en las bravatas de Trump e incluso en la posibilidad de un golpe blando – como si Estados Unidos fuera lo que posiblemente imagina Trump y sus colegas latinoamericanos—está fuera de la realidad. Hace algunos años, se decía que en Estados Unidos no había posibilidad de un golpe militar, porque en Washington no existía una embajada americana como en los demás países del mundo. Y no dejaban de tener algo de razón. Dos hechos, ocurridos con más de 50 años de distancia lo ilustran: la orden de Nixon para que, de la forma que quisieran, se deshicieran del presidente de Chile Salvador Allende y la insinuación que Trump no entregaría la titularidad del ejecutivo de USA, porque sería respaldado por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Los dos son actos de fuerza y de ilegalidad; pero, con una diferencia general y una accesoria. La primera es, que una cosa son las acciones de los militares en el exterior y otra cosa lo que pueden hacer en los Estados Unidos. Y la accesoria es que los militares de Estados Unidos, son leales a la nación que rechaza al tirano, por lo que no están al servicio de persona o grupo político alguno.

De acuerdo a lo anterior, lo que Trump ha hecho desde el 3 de noviembre hasta ahora es, pintorescamente, un espectáculo para preservar el respaldo de las masas que ha creado la desigualdad de los Estados Unidos y por la otra, una autojustificación emocional para aceptar que por primera vez lo han derrotado. Convirtiéndolo en un fracaso. Según su testimonio personal, la peor ofensa que se le puede hacer. Que confirma lo que ha dicho su sobrina, psicóloga clínica, que se comporta como un niño, que no acepta sus responsabilidades y le atribuye a los demás la culpa por todo lo mal que le ocurre. Las cinco quiebras de sus empresas, para aprovechar las legislaciones que favorecen la existencia de las mismas para proteger el empleo, fueron actos en los que aprovechó cínicamente las oportunidades. Los espacios libres que siempre dejan las leyes. Ahora no puede hacerlo. Está luchando en contra de cincuenta sistemas electorales – con peculiaridades incluso relacionadas con la forma de contar las papeletas y distribuir los votos en el Colegio Electoral, en algunos casos, incluso proporcionalmente – y con una opinión pública que acepta cualquiera cosa, menos que se violente su voluntad de elegir, porque al hacerlo recuerda su objetivo histórico fundamental: la lucha en contra del tirano y la tiranía.

Por ello, sabiendo que ha despedido más personas y hecho más enemigos que en toda su historia como falso millonario que nunca fue aceptado por los grandes magnates de Manhattan, se encuentra cada vez más solo, en una tarea en la que no ha encontrada posibilidad alguna de revertir un resultado electoral que le ha sido desfavorable. Por ello, metódicamente, ha empezado desde el silencio sepulcral inicial, a aceptar que le han ganado de mala manera, para rectificar porque le pillaron aceptando los hechos, aunque para defenderse cuestiona sus orígenes. Pero seguirá en ese caminar de un paso adelante y otro para retroceder, porque sabe que no tiene más alternativa que aceptar lo que han dicho los votantes. Y que, no pudiendo hacer otra cosa que afirmar que todos los demás se equivocan menos el, tiene que ir bajando el tono, porque el 20 de enero se queda sin trabajo, rodeado de enemigos y con un respaldo electoral que menguara poco a poco, en vista que representa el respaldo a un tirano potencialmente peligroso, que puede amenazar la existencia de la nación. Incluso puede no ir a la toma de posesión de Biden, cosa que no es obligatoria, y abrir sus hoteles para realizar fiestas en su favor, con el fin de desmerecer a las del nuevo Presidente de Estados Unidos; pero no podría ir más allá de eso. Porque – y es posible que no lo sepa – la sociedad a donde emigraron sus abuelos, está construida sobre la desigualdad entre los ricos propietarios y los hombres de a pie; pero aunque puede parecer contradictorio e incluso ilógico, para que se pueda sostener tal desigualdad, es necesario mantener la igualdad de todos ante la ley. Y él es parte de ese todo que, no le queda otra alternativa que cumplir con la ley e irse para su casa en Miami, a lamerse las heridas. Porque lo único que puede hacer es seguir jugando al espectáculo. Cosa a la que los estadounidenses son muy aficionados.

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