Trump, causa o efecto de la crisis estadounidense

octubre 26, 2020

Juan Ramón Martínez

Algunos ven a Trump como una pesadilla de la que estamos a pocos días de despertar. Usamos el plural porque la presidencia republicana de Donald Trump, no ha solo puesto a prueba la institucionalidad de la gran democracia del norte, sino que, además, ha propiciado la división de su población que jamás ha logrado superar la causa principal de su nunca lograda unidad: la separación entre negros y blancos. Ahora aumentada y estremecida por la presencia creciente y fuerte de los latinos y de los originarios de los países orientales. La vuelta que le diera al concepto que la grandeza de Estados Unidos se basa en su capacidad para atraer capitales y talentos de todo el mundo, al rechazar a los pobres – fundamentalmente latinos y originarios de países orientales y africanos – dio pie para que se abriera la herida que, ni la Guerra Civil de 1865, que enfrentó al sur esclavista con el norte industrial y capitalista, que nunca se ha sanado. Malcolm X – asesinado en sí mismo en forma violenta – decía que sacar el puñal que ha entrado diez centímetros, hasta llegar a siete centímetros, no resuelve el problema racial de los Estados Unidos. Y mucho menos, sacar el puñal totalmente, porque el problema no es el puñal; ni los centímetros de penetración, sino que la herida, desde 1865, no ha sido tratada. Y en consecuencia sanada.



Los negros africanos, comprados en los mercados más inhumanos que se tenga memoria, aportaron la fuerza de trabajo para el sur algodonero. Su valor era la vigésima parte de una persona humana, es decir que contrario a la colonización española en donde el Papa que vive en Roma, preguntó, “esos naturales, ¿ríen?”, cuando le respondieron que sí, él dijo que eran seres humanos y que, en consecuencia, debían ser “tratados como iguales”. Pero los estadounidenses que fundaron los Estados Unidos, entre ellos Washington y Jefferson, no eran católicos, no les interesaba la opinión del Santo Padre; y además, eran propietarios de tierras donde cultivaban algodón, es decir, eran propietarios de esclavos a los que explotaban. De modo que, el modelo de la democracia estadounidense fue, desde el principio excluyente, solo creado para los ricos propietarios de tierras dedicadas al cultivo del algodón. Incluso el sistema electoral, cuando se le dio el voto a las minorías, especialmente a los negros, está diseñado para que no tengan poder electoral, como se constata en el sistema de elección de segundo grado en que no son los ciudadanos los que eligen al Presidente de la nación, sino que los territorios, cuyo peso está determinado por consideraciones raciales, especialmente.

Una profesora universitaria estadounidense dice que la inclusión que han introducido para favorecer a la minoría negra, que es apenas el 12% y que con la blanca, pronto estarán en desventaja frente a los latina y otras etnias recientemente integradas al territorio estadounidense, exige mucho más esfuerzo a un negro a que un blanco. Lo que para un blanco es una ventaja, para un negro es un sacrificio que requiere el doble de energía. Ello explicaría su falta de entusiasmo y fuerza para participar en la creación de riqueza, como hacen los blancos.

Decimos lo anterior, no para defender a Trump – que solo ha llegado para revolver el avispero – sino para mostrar desacuerdo con el profesor Borman. Y sostener que, el actual inquilino de la Casa Blanca no es la causa de los problemas, sino los resultados de los mismos. De modo que, una vez que salga del cargo, por la voluntad del sistema electoral o por la finalización de su segundo periodo, los problemas y causas de los problemas actuales seguirán intactos. Y que, si no se hace caso a Malcon X, de atender la herida, el sistema estará abierto para que otro como Trump, meta el dedo en la misma; y puede hacer que la herida vuelva a sangrar y dividir como ahora, a los estadounidenses.

Nosotros creemos, de acuerdo a lo dicho anteriormente, que Trump no es la causa de los problemas. Algunos los ignoró, otras soluciones oportunas las desmontó – como el sistema sanitario – y otras las exageró, provocando el disgusto y la rabia de las minorías. Su política migratoria, fue innecesariamente desmejorada, acusando de delincuentes a los emigrantes pobres. Y atacó a los negros, que, no eran parte dinámica del conflicto, aunque víctimas del sistema que favorece a los blancos en su contra – el hecho que siendo el 12 % de la población, constituyen el 33 % de los presos del sistema carcelario federal lo confirma – maltratando con la policía a los negros. Los abusos policiales y el hecho de que se haya comportado no como líder unificador, sino como jefe de una pandilla de blancos que luchan con otra pandilla negra, mostraron su falta de talento; pero no confirman su responsabilidad en el origen del conflicto. Porque el abuso policial en contra de los negros, tiene que ver con la condición minoritaria de estos en la policía y al hecho que la ley le da a sus miembros, demasiada prerrogativas, incluida la de disparar a cualquiera, cuando considera que su vida puede ser amenazada por el infractor inquirido, no es obra de Trump. Tiene muchos años. Su falta es no corregirla. Pero una vez que deje el cargo, los problemas requerirán de un “cirujano” capaz, para cerrar la herida que ningún gobierno ha podido hacer: la herida sangrante del conflicto racial que, fractura verticalmente, la columna vertebral de una sociedad que, no ha colapsado, porque nunca antes había tenido un agitador incontrolable, como Trump.

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