Temeridad rusa

agosto 12, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cuando los rusos se lanzaron a la carrera espacial con el cohete ‘Vostok 1’ el 12 de abril de 1961, asegurando que su tripulante Yuri Gagarin era el primer ser humano que giraba en el espacio sideral alrededor del planeta, estaban entre la verdad y la mentira, porque según investigaciones de la revista Life, los rusos en forma temeraria ya se habían atrevido a lanzar dos naves tripuladas que no regresaron del espacio y que por desperfectos técnicos se quedaron orbitando sin poder recuperarse los restos de la nave y de los tripulantes. 20 días después de haber lanzado los rusos a Gagarin, los estadounidenses lanzaron al comandante Alan Shepard en la nave espacial ‘Mercury’, haciendo la misma órbita pero a mayor altura; el piloto norteamericano pudo fotografiar restos de fuselajes flotando que pudieron ser de las naves rusas fracasadas al intentar llegar a una distancia donde la tecnología soviética no pudo tener el control necesario para retornarlas a la tierra. La obsesión de los rusos por tener el predominio en el campo de la ciencia los ha llevado a la temeridad de cometer errores garrafales, que han podido mantener en secreto gracias a su estilo totalitario de gobierno en el que la vida de las personas está muy por debajo de la fantasía de ser los primeros.



No podía ser de otra manera cuando norteamericanos, ingleses y chinos comenzaron la carrera por ser los primeros en aportar la vacuna contra el COVID-19, como si se tratara de una competencia de autos o una carrera olímpica de velocidad, todos anunciando tentativamente que tienen lista la vacuna antes de fin de año, aunque en mayo Putin había anticipado que para septiembre Rusia tendría la vacuna, nada más que al muy estilo ruso, sin aportar ninguna información del protocolo o proceso científico de elaboración de la vacuna, Putin hizo el anuncio que fue recibido con mucho escepticismo y dudas por la comunidad científica internacional, conociendo el bajo nivel de eficacia del protocolo científico ruso que no es muy bien calificado.

La propia OMS, que aunque no puede presumir de un historial de predicciones acertadas por los malos pasos que ha dado desde un principio cuando recomendaba que no era necesario el uso de la mascarilla, tampoco ha aplaudido el presunto hallazgo de la ciencia médica rusa, conociendo los antecedentes de la mala eficacia de los distintos experimentos que han tenido los rusos, comenzando porque nunca son publicados en las revistas científicas que son las principales referencias por donde la comunidad científica sigue la huella de todo avance de la medicina que incide en la vida o la muerte de los seres humanos.

Sucede que en el campo de la ciencia la humanidad no puede fiarse en la palabra de un gobernante totalitario como Vladimir Putin, porque detrás de él, al momento de anunciar el hallazgo de la vacuna contra el COVID-19, no habían científicos reconocidos ni elementos de prensa especializada en la divulgación de los descubrimientos, como se estila en Estados Unidos, Inglaterra y otros países democráticos. Incluso, la OMS ha dado a entender que los rusos no pueden anticipar con tanta seguridad tener lista la vacuna porque de hecho se saltaron un par de pruebas necesarias en la experimentación, como si lo han hecho en los experimentos en OXFORD (Inglaterra) y en MODERNA (EEUU).

Pero ojalá fuera cierto que la vacuna Sputnik V, se convierta en la vacuna pionera que libre a la humanidad de la pandemia del COVID-19; por cierto Sputnik es el nombre del cohete espacial no tripulado, que, como aseguró la revista LIFE en 1960, dos de ellos que si fueron tripulados se quedaron fracasados, flotando en el espacio con su tripulación que después de más de 60 años son fantasmas espaciales sobre los que se han rodado un par de películas en las décadas pasadas. El primer ministro ruso Nikita Kruschev se jactaba en aquel año del poderío espacial soviético, pero el Sputnik a los pocos meses también fracasó y regresó a la Tierra convertido en chatarra envuelto en llamas.

Esta vez los rusos también se han equivocado al escoger el nombre Sputnik, para proclamarse pioneros en el hallazgo de la vacuna, eligiendo el nombre de un proyecto espacial fracasado, superado por los norteamericanos, mostrando un musculo científico del que todos dudan, porque siguiendo sus normas de restricciones y secretismo a ultranza, Putin, que es el prototipo del totalitarismo, era el menos indicado para hacer el anuncio científico. Y como muy bien lo han dicho los más acreditados virólogos del mundo, ellos nunca se pondrían una vacuna de la que no tienen ninguna información, excepto que los rusos se atrevieron a lanzar el fármaco sin haber tenido el tiempo de completar los ensayos clínicos indispensables. En esas condiciones, la vacuna Sputnik V es otra temeridad de los rusos.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 12 de agosto del 2020.

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