Suicidio liberal

septiembre 6, 2019

TEGUCIGALPA, HONDURAS

En su obra “El mito del Sisifo”, Albert Camus planteaba el dilema del suicidio, respecto a si la vida vale la pena, mientras que el recordado obispo de Nueva York, Fulton J. Sheen, predicaba que vale la pena vivir, dos reflexiones sobre el tema natural de la necesidad de la existencia. Y esta pareciera ser la disyuntiva de los actuales dirigentes del Partido Liberal, los que dirigen el Consejo Central Ejecutivo, empecinados en llevar al que fue el más grande partido histórico, al suicidio político, que por mucho que lo nieguen, están actuando para hundirlo y cuando menos dejarlo fundido como una fuerza política terciaria, fuera del nivel que tienen las grandes instituciones.



Es inaudito que estas personas se empecinen en torpedear los acuerdos políticos que la bancada liberal ha trabajado en función del proceso democrático hondureño. Pronunciarse en contra de los acuerdos es vivir distanciados de la política constructiva, porque en un proceso donde participan varias instituciones con pensamiento diverso, solo los acuerdos permiten avanzar en la búsqueda del objetivo común, que es darle a Honduras un sistema democrático robusto, pluralista, participativo y consecuente con el sagrado ideal de que el ganador sea el país.

El proceso de selección de los integrantes de los nuevos estamentos electorales CNE, TJE, igual que el RNP, se ha celebrado conforme a los procedimientos establecidos por la ley, en la forma más transparente que se puede observar. El empecinamiento de los directivos del Central Ejecutivo del Partido Liberal, propio del pensamiento sectario de los viejos tiempos, retrata el carácter de una dirigencia desquiciada, forjado en el ensamble del fracaso personal. Nunca el Partido Liberal tuvo tan desafortunada representación como en los dos últimos eventos electorales, pero sobre todo en el 2017, donde el candidato liberal se envolvió en la falsedad de tener un amplio respaldo del electorado, vendiéndoles a los liberales que contaba con un enorme respaldo, cuando las encuestas que investigaban la preferencia de los electores, indicaban con las alarmas del caso que el candidato liberal no lograba despegar, quedándose en una baja posición por la escasa convocatoria que tuvo entre los mismos liberales.

La realidad de los liberales en estos momentos, por la ausencia de líderes que capten la simpatía de los electores, es la de trabajar de manera urgente para evitar que su partido pudiera recibir un castigo peor que lo lleve al relego lamentable de situarse como la cuarta o quinta fuerza política.

El ex candidato Luis Zelaya, por las últimas circunstancias de su vida familiar, ya no está en condiciones de ser candidato de nada; un desencuentro en su vida personal que ha sido ampliamente divulgado en los medios del país lo deberían hacer reflexionar que su carrera política concluyó, porque en ningún país del mundo un político que afronte una diferencia familiar tan escabrosa, puede emerger para ganarse el cariño de los electores, que son hijos, padres de familia, hermanos, y todo lo demás. Empecinarse en retorcer las pocas posibilidades que pudiera tener el PL para mantenerse como una institución decisoria en la vida política de Honduras es no tenerle siquiera una pizca de cariño a este gran partido, que le ha dado tantos y tan buenos servicios a la democracia hondureña.

Los dirigentes del Central Ejecutivo, mostrando un afán irrespetuoso, pretenden desconocer la autoridad que los diputados liberales se ganaron con el respaldo del voto liberal. Los diputados no fueron electos por el Central Ejecutivo, los eligió el pueblo liberal para que los representara, y como tal, ostentan de manera legítima el honor de ser representantes del pueblo, con la obligación de asumir todas las funciones, entre ellas las de actuar en consonancia con los intereses del país.

El Consejo Central Ejecutivo se ha extraviado en su propia trampa, producto de la ceguera del sectarismo, la misma que vimos en las dos últimas campañas del partido, cuando los candidatos se alejaron del liberalismo, rehuyendo y rechazando la colaboración que ofrecían los distintos sectores del partido, que se quedaron con las ganas y los deseos de aportar su concurso, porque, especialmente el último candidato liberal, con una autosuficiencia barata que solo un ciego en política podría exhibir, tuvo la desfachatez de decirles en su propia cara a la militancia liberal, que no necesitaba de su ayuda.

Dilucidar si vale la pena permitir que un grupo sectario conduzca al Partido Liberal al suicidio es una cuestión fundamental. Hay que impedirles a toda costa que sigan hundiendo a un partido tan indispensable en la sobrevivencia del sistema democrático. El primer paso deben darlo los diputados liberales que se deben al liberalismo y no a un organismo dirigido con una ceguera sectaria que espanta. Y a lo sumo, aquellos dirigentes liberales que a lo largo de su trayectoria, han demostrado capacidad política suficiente, y que hoy tienen el deber de ayudar a rescatar al PL.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 6 de septiembre de 2019.