San Romero de América, un santo de nuestro tiempo

octubre 15, 2018

Última Línea con Juan Ramón Martínez

 

Honduras



En “Cien Años de Soledad”, hay una frase inolvidable del coronel Aureliano Buendía: “tú no sabes lo que pesa un muerto”. Aludía a la muerte, por una cuestión de honor, que había provocado en contra de quien le ofendiera. Y que le había obligado, a abandonar la comunidad original y adentrarse en la selva, para fundar Macondo. Ratificando el peso de los remordimientos. Ahora lo recuerdo, porque a quienes mataron a Monseñor Romero, mientras ofrecía la misa en una pequeña capilla en San Salvador, no valoraron la expresión de García Márquez. Y mucho menos, con el agregado que el muerto era un santo, como el caso de Monseñor Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador. Mucho más pesado.

El camino a la santidad esta pavimentado de espinas y guijarros, incomprensiones, denuncias e inventos que, comprometen la tranquilidad de sus espíritus. Porque los santos, son personas comunes como todos nosotros, que algunas veces, sin saberlo, asumen una conducta de entrega a los demás, que los empuja, paso a paso – casi sin darse cuenta – les lleva al sacrificio final. En el caso de Romero, nadie puede decir que fuera un hombre de izquierda; ni siquiera una figura progresista cuando lo eligieron arzobispo de San Salvador. En cuatro años de su servicio a sus fieles, descubrió las bestialidades de la guerra civil de los ochenta, la deshumanización que se había experimentado, y las obligaciones que tenía como pastor en la defensa de sus ovejas, la mayoría desamparadas frente a una fuerza militar que ya había mostrado en la toma de Ocotepeque en 1969, su falta de respeto por la vida humana. El que pocos días antes, hubiera pedido que las dos fuerzas: la guerrilla y los militares, dejaran de matarse entre sí, d’Aubuisson y otros líderes militares – cuyos nombres desconocemos – urdieron su muerte. Y la ejecutaron, en el momento más culminante de la celebración religiosa.

Pero el calvario que le toco transitar al Arzobispo de San Salvador, no solo lo construyeron los militares de su país. También lo hicieron sus hermanos en la fe. Juan Pablo II, lo trató mal en Roma; le atribuyo responsabilidades por lo que estaba pasando en El Salvador, y le ordenó que fuera más prudente, en la defensa de los más débiles de su patria. Para no molestar al poder supremo de su Iglesia, Monseñor Romero salió llorando por la incomprensión por el ahora su colega en el Santoral de la Iglesia Católica.

Los santos son hermanos nuestros que por su vida particular, modélica atención a los demás y su disposición a entregar su vida – a imitación de Cristo – en la defensa del pueblo que les toca atender o pastorear, se convierten en figuras admirables. Algunos los consideran por tales virtudes, intermediarios ante Dios, a los cuales les piden cosas, comparten sus cuitas, y se aferran a sus manos en momentos de sus últimos dolores. Para nosotros, son ejemplos a seguir, vidas que replicar en cada uno de los actos de las nuestras, para que así, el Reino de Dios, empiece aquí en la tierra.

Ahora, el Santo Romero de América, en la cumbre de los altares, es un hermano a imitar. En la defensa de los humildes, en la construcción de la paz y en la edificación de la defensa de la vida. Su vida ejemplar, sus sufrimientos y sus dolores, nos animan a entregarnos en favor de los que más sufren, intercediendo para que los poderosos no les hagan daño a los hermanos que, por sus debilidades, no pueden siquiera defenderse.

Mientras que, sus asesinos y sus descendientes – uno de los cuales incluso es diputado en la Asamblea Legislativa de El Salvador – cada vez que aterricen en Comalapa, cuyo aeropuerto lleva el nombre del primer Santo Salvadoreño, sabrán lo que pesa un muerto. Y mucho más, cuando es un muerto que la Iglesia Católica, merecidamente, ha elevado a los altares.

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