El Salvador: Una de las pandillas más temidas utiliza mujeres para que les cuiden sus crías

febrero 24, 2018

Damary entregó el teléfono y se metió a su casa sin poder preguntar mucho, cuando cerró la puerta,  le había nacido una hija de la nada.

El Salvador

Las integrantes de una organización criminal denominada Barrio 18, obligan a un grupo de mujeres a cuidar de sus  hijos mientras ello, o sus parejas se encuentran en prisión.

Esto sucede en una comunidad de San Salvador, zona central del país centroamericano.



Esta crónica forma parte del proyecto multimedia Niños Presos de la productora El Intercambio, sobre los menores que viven con sus madres en las cárceles de Honduras, El Salvador y Guatemala y sobre los niños salvadoreños, hijos de pandilleros del Barrio18, cuyos padres eligen no tenerlos en prisión y obligan a otras personas a criarlos.

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Forma de operar

Tal es el caso de una joven mujer llamada Damary, a ella le tocaron la puerta y la hicieron madre.

Ya que, mientras se encontraba sentada en su viejo sofá, cenando y  viendo un programa de televisión, cuando de repente escuchó que alguien golpeaba, a su puerta.

En ese momento, la joven de 23 años dejó su plato con frijoles y crema, y se levantó para recibir a su visitante, fue así que desde entonces la vida le cambió.

Abrió la puerta y frente a ella apareció un pandillero con un bebé en los brazos, envuelto en una desteñida sábana verde.

Dentro de la casa, la madre de Damary dormía a su pequeña nieta de tres años después de haberle dado de comer.

Frente a la puerta, el pandillero, un joven de apenas unos 16 años, cara huesuda y moreno, sacó un teléfono y se lo entregó a Damary. “Te hablan”, le dijo y se lo extendió.

Damary escuchó una voz que reconocía. Era la de un pandillero de su comunidad que estaba preso desde hacía menos de un año.

En ese momento la joven escucho, “Ahí te van a entregar a la niña Vos ya sabes de quién es hija. Cuídala porque, si algo le pasa, con vos nos vamos a entender y te vamos a estar vigilando”.

La llamada finalizó, y esa noche, el pandillero no sacó ninguna pistola, pero si le entregó a la joven una niña tan pequeña que ella calcula que no tenía más de cinco días de nacida.

Damary entregó el teléfono y se metió a su casa sin poder preguntar mucho, cuando cerró la puerta,  le había nacido una hija de la nada.

Damary cerró la puerta y avanzó con su nueva cría en brazos hasta el viejo sillón donde tantas veces durmió a su propia hija. Se sentó a la par de ella y empezó a llorar.

Su madre, que minutos antes estaba durmiendo a su nieta, salió y se sentó a su lado. Damary le contó lo que había pasado.

Pocas palabras, más preguntas que respuestas, ambas discutieron por un rato, pensando cómo harían para ahora mantener a dos bebés en una casa donde ninguna tenía empleo fijo.

Entonces, la madre, resignada, cerró la conversación pidiéndole a Damary que intentara ver a su nueva hija como una bendición. Luego vino el silencio y se echaron a dormir.

Así pasaron los días y la nueva hija de Damary cumplió un mes, dos meses, tres meses, un año y luego dos.

Hasta que se convirtió en la niña que ahora tengo frente a mí. Una niña que juega en una cancha de cemento en una comunidad empobrecida de San Salvador, que ríe, que llora, que canta, que dice mamá. Una niña que nació con una amenaza.

Una niña que hasta hoy no tiene papeles, porque nunca se los dejaron a Damary, porque nadie le dijo cuándo había nacido ni dónde está asentada.

Por eso la nueva madre tuvo que inventarle un nombre y una fecha de cumpleaños para criarla como su verdadera hija, aunque hasta hoy no tiene idea de cómo hará para llevarla a la escuela, al hospital, porque no sabe cómo explicarle al Estado quién es la niña.

Para Damary no hay diferencia entre sus dos hijas. A las dos las mima por igual, las saca a pasear, les compra ropa usada, las peina, les canta, las duerme.

En su WhatsApp, la foto de perfil es siempre de las dos. Una es piel trigueña y la otra blanca. Diferentes, pero iguales para su madre.

Después de aquella noche de marzo de 2015, la vida de Damary nunca fue igual. Cuando solo tenía una hija cuenta que podía ir al instituto a estudiar mientras su madre la cuidaba. Pero ahora, con dos, ya no.

Los 70 centavos de dólar diarios del pasaje más los dos dólares para desayunalmorzar se le convirtieron en una fortuna que ya no podía derrochar. Entonces abandonó sus estudios y se dedicó a criar a su hija y a la hija de la pandilla.

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Amenazas

A principios de 2016 Damary, llego a esa comunidad, donde el  nombre no se menciona porque hacerlo significaría poner en peligro la vida de las mujeres convertidas en niñeras de esa historia.

Ella llego,  después de haber conocido a dieciocho personas de una misma familia que huyeron de esta comunidad para salvar sus vidas de las amenazas de la pandilla Barrio 18.

Para llegar a esta comunidad no hay que salir mucho de la capital. No está aislada de los centros comerciales o supermercados. A menos de un kilómetro hay un puesto policial, y un poco más allá una subdelegación.

Los policías patrullan casi a diario acompañados de soldados. Paran a los jóvenes que ven en los pasajes, los catean. Y por las noches, en operativos constantes, golpean las puertas, registran las casas. Suenan los balazos. Parecería que el Estado tiene presencia y control.

En realidad, esta comunidad, sus edificios multifamiliares y sus diez pasajes completos, está bajo el control de la pandilla. Aquí son los pandilleros de la facción Revolucionarios del Barrio 18 quienes deciden quién entra y quién sale, quién paga la extorsión y quién no, quién vive y quién muere.

La pandilla además influye en aspectos básicos de la vida. Por ejemplo: cómo se pueden vestir los jóvenes, a qué escuela se pueden poner a estudiar los hijos, qué música se puede escuchar a alto volumen, hasta qué hora de la noche uno se puede emborrachar, y así.

Todas estas normas no están escritas en ningún lado; simplemente se saben. Se saben por las experiencias pasadas.

Asimismo, se sabe su castigo de no cumplirlas. Por ejemplo, el que se niega a pagar la extorsión, se muere. Ya ha pasado. El que colabora con la policía, se muere. Ya ha pasado. El que sopla información a una pandilla contraria, se muere. Ya ha pasado.

El control de la pandilla en esta comunidad es latente y lo ejercen personas que, como el Cuco, no son enormes. Suelen ser jovencitos flacuchos, adolescentes como el pandillero que entregó una bebé a Damary. O como el que pasa en la entrada con un celular en la mano. O como el que vigila la zona de la cancha.

Todo esto es parte de la cotidianidad, del control diario de la pandilla en este lugar. La gente lo sabe y obedece.

La pandilla puede, por ejemplo, decidir sobre aspectos más personales de la vida de los habitantes de esta comunidad.

Como a las mujeres que han sido convertidas en esclavas, en canguras, en una especie de niñeras de la pandilla que crían hijos de sus mujeres presas.

 

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