El sacerdote que no hablaba español y sanó niñas hondureñas

mayo 30, 2017

Tras esa primera visita, Reece solicitó una beca Fulbright para poder pasar un año enseñando poesía a las niñas.

 

Estados Unidos



Spencer Reece había estado en Honduras antes, para aprender español tras una crisis laboral.

Reece, un aclamado poeta que más tarde se convirtió en sacerdote episcopal, en 2009 trabajaba como capellán en Hospital Hartford, en Connecticut, cuando un adolescente fue admitido en la sala de emergencia a altas horas de la noche.

Apuñalado 25 veces, el chico murió a las 6 de la mañana del día siguiente, otra víctima de la guerra entre pandillas. Reece hizo lo que pudo para consolar a la madre, pero ella sólo hablaba español. Él, un estadounidense del centro de país que de joven vendía trajes en la tienda Brooks Brothers, hablaba solamente inglés.

Reece llamó a Leo Frade, el obispo episcopal de Miami, cuya diócesis lo patrocinaba a él en la Yale Divinity School. ¿Qué podía hacer para hablar fluidamente el español?, le preguntó.

Y Frade le dijo inmediatamente: «Tengo el lugar para ti», recordó Reece.

El sacerdote que salvo niñas hondureñas
Una niña del hogar «Nuestras pequeñas rosas»

El obispo había llegado a Miami en el año 2000 tras servir 17 años como obispo de Honduras. Le contó sobre Nuestras Pequeñas Rosas, un hogar escuela para niñas maltratadas y abandonadas en San Pedro Sula, una ciudad donde los niños se bañan en las aguas fétidas del río y buscan comida en la basura.

Reece pasó el verano de 2010 en un programa de inmersión en español en el hogar.

Su contacto con las chicas era escaso, hasta que en la víspera de su partida se encontró a una de pie junto a su puerta.

‘»¿Qué haces aquí?’ le pregunté», dijo Reece.

«Hemos escuchado que te vas mañana», respondió la chica. «Me tomó por sorpresa, ya que yo no sabía que ellas sabían que yo estaba allí. Se volvió hacia mí y me dijo en español: ‘No nos olvides’.»

«Esas tres palabras cambiaron el curso de las cosas», dijo Reece. «Entré en mi habitación, cerré la puerta y lloré».

Reece regresó, y la conmovedora historia de su estancia en el orfanato es el tema de un nuevo documental, Voces más allá del muro: Doce poemas de amor desde la capital mundial del crimen, que se exhibió el 5 de abril en la Universidad George Mason de Fairfax, Virginia, seguido por una presentación de Reece sobre su experiencia. (San Pedro Sula ocupa el segundo lugar en la lista de ciudades con mayor cantidad de asesinatos per capita, después de Caracas).

Tras esa primera visita, Reece solicitó una beca Fulbright para poder pasar un año enseñando poesía a las niñas, usar metros y rimas para ayudarles a excavar las cicatrices emocionales dejadas por el abandono de sus padres.

«[El proyecto] no se veía muy bien por escrito», dijo Reece, quien ahora tiene 53 años. «Yo nunca había enseñado antes, no había sido sacerdote por mucho tiempo aún y apenas hablaba español. Pero yo sabía de poesía», agregó. «Me dio un lugar donde encontrar consuelo, sentir que era amado».

Reece se volcó a la poesía durante la adolescencia, cuando comprendía su homosexualidad, a finales de 1970 y tras el trauma que le causó el suicidio de un amigo cercano, también gay.

Seis años más tarde, cuando Reece tenía 22 años y estaba a punto de graduarse de la Universidad Wesleyan, su tía lo llamó para avisarle que su primo había sido asesinado. Lo habían ahogado en un río al que lo habían arrastrado. Más tarde se supo que pudo haber sido un crimen discriminatorio, anti-gay.

Estos acontecimientos tuvieron un impacto profundo en Reece, quien intentó suicidarse dos veces y se volvió alcohólico.

La literatura fue su salvavidas. The Bluest Eye, de Toni Morrison. El cazador oculto, de J.D. Salinger. Lady Lázaro, de Sylvia Plath.

Reece leía y escribía.

Su poema «The Clerk’s Tale», que detalla sus días en Brooks Brothers—»Tengo 33 años y trabajo en una tienda cara, vendo trajes a hombres a los que llamo ‘señor'»— fue publicado en la revista The New Yorker, en el número del 16 de junio de 2003. Al año siguiente el poema premiado dio título a su primera colección de poesía, seguida por un segundo volumen The Road To Emmaus, en 2014.

Reece fue seleccionado como becario Fulbright y regresó a Honduras en 2012 con un equipo de filmación. Aunque planeaba publicar los poemas de las chicas —Contando las horas como quien cuenta estrellas, una antología de 24 poemas que saldrá a la venta en octubre— él sabía que la poesía sola no contaría las historias de las muchachas.

La película, que fue dirigida por Brad Coley y tiene a James Franco como uno de sus productores ejecutivos, sigue a Reece en sus esfuerzos por abrirles a las chicas el mundo de la poesía.

«La poesía nos hace detenernos, nos hace reflexionar, nos hace tomar decisiones», dice Richard Blanco, un reconocido poeta estadounidense que fue a Honduras por una semana a dar clase a las niñas a pedido de Reece.

Es también el poder de Nuestras Pequeñas Rosas, fundado hace casi 30 años por Diana Frade, una nativa de Kansas que era propietaria de una tienda de ropa en Honduras. Mientras vivía en Tegucigalpa, la capital hondureña, descubrió un hogar-escuela para muchachos manejada por cinco iglesias episcopales locales. «¿Por qué nadie hace nada por las niñas?», se preguntó.

Desde 1988, Frade —quien más tarde se casó con el obispo de Miami— y su equipo han guiado a cientos de niñas en Nuestras Pequeñas Rosas. El hogar hospeda en promedio a 76 niñas, desde bebés hasta adolescentes en edad universitaria.

El proyecto de Frade comenzó como una escuela bilingüe con un salón de clases preescolar. Hoy, la Escuela Bilingüe de la Sagrada Familia tiene cerca de 250 estudiantes.

Por medio de una red de iglesias episcopales de Estados Unidos, las niñas tienen mentores, reciben financiamiento y se las alienta a creer que todo es posible.

Jensy, quien llegó al hogar a los 9 años después de que su madre contrajo sida, es hoy día una dentista con un consultorio en el lado elegante de la ciudad. Jessica se graduó de la facultad de derecho hace unos años, la primera abogada del programa. Heather, quien obtuvo un título universitario en ingeniería eléctrica, está estudiando una maestría en Gales. Y hay decenas de profesores, empresarias y empresarias que han roto el ciclo de la violencia y la pobreza.

Reece ha sido testigo de estas transformaciones. El documental detalla el impacto que él ha tenido en ellas: «Para el Señor, con amor», al estilo hondureño. Quizás más revelador, sin embargo, es el impacto que las chicas han tenido sobre él.

Unos días antes de marcharse, Reece conversó con Tania, una de las muchachas que aparecen en la película. Tania vino a «Nuestras Pequeñas Rosas» a los cuatro años tras sufrir maltratos.

«Ahí estaba la niña con una historia inenarrable, a quien encontraron en un pozo con una roca [atada a una soga] alrededor del cuello, a quien conocí hacia el final de mi estadía allí «, dice Reece. «No importaba que yo fuera un poeta poco convencional, gay, que había estado internado en un hospital psiquiátrico, alejado de sus padres desde hacía 10 años, que había experimentado los estragos del alcoholismo».

Tras oír todo esto, la niña dijo: «Ahora entiendo por qué Dios te trajo aquí. Porque nos entiendes».

Reece hizo una pausa en esta parte de su relato. «Ese fue un momento crucial en mi propia vida», dijo. «Me sentí ordenado, ungido, y Tania fue mi sacerdote». Tomado de The Wahington Post»

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