Roberto Orellana: el apóstol que se enamoró de Honduras

junio 9, 2017

El trabajo misionero que Orellana desarrolla en Honduras lleva unos 16 años y ha beneficiado a miles de personas

Tegucigalpa, Honduras

La estrella continental de la música de alabanza, Roberto Orellana, visitó nuevamente Honduras, para ejercer lo que más le apasiona: el apostolado en favor del prójimo más necesitado.



Por varios días, Orellana se instaló en lo más profundo del bosque húmedo de la comunidad de Lepaterique, entre ríos y largos caminos arcillosos, lavados por las fuertes lluvias. En esa zona, los nombres son tan bonitos como su gente, imposibles de olvidar.

En Lepaterique, el sonido de la quebrada avisa si habrá clases mañana, mientras que el placer de llegar al hogar se sufre entre el sudor y el cansancio de las piernas, cuando se logra alcanzar la cima. Este lugar, bello pero olvidado como muchos otros, está ubicado a 10 kilómetros de la civilización y lleva por nombre Turturupe.

Hasta esa comunidad recóndita llegó Roberto Orellana -nominado a los Latin’s Grammy Awards y ganador del premio bajo la categoría Gospel en los premios ‘Tu Música’- pastor chileno nacido en Talcahuano y actualmente radicado en Miami, desde donde dirige, junto a su esposa Waleska Orellana, un gran ministerio de proyección internacional.

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Orellana, quien lleva una vida escribiendo y cantándole a Dios, ha escuchado una infinidad de veces el llamado desde el cielo, pero también el de la comunidad lenca que por más de 16 años ha celebrado su llegada.

Orellana viene a Honduras con algo más que ropa, medicina y comida. También trae el principal alimento para alma de los habitantes de Turturupe: las palabras de esperanza de un Dios que puede llegar hasta el fin del mundo.

Orellana llegó acompañado esta vez con más de 40 voluntarios de diferentes nacionalidades, quienes atendían distintas necesidades, principalmente médicas. Las filas para pedir ayuda eran largas, a pesar de la distancia y la poca comunicación que existe en esa zona donde la electricidad sigue siendo una utopía. La mayoría de los pobladores presentes eran niños eufóricos, que con ojos llenos de ilusión, admiraban al apóstol que ha llegado puntual con sus juguetes.

Los cantos de adoración a Dios y en honor a Roberto no faltaron en esta visita. Las octogenarias y líderes de la región lo saludaban como a un hijo lejano, que trae satisfacción, y no es para menos: este hombre, próspero en bondad, ha construido y se ha comprometido a sostener 12 comedores en diferentes puntos de la comunidad lenca, con la intensión de que, por lo menos una vez al día, los niños disfruten de un alimento que muchas veces no pueden darles sus padres.

Los menús son sencillos, pero son un completo manjar para los corazones agradecidos. El pastor Orellana ha construido, además de un templo, unas peceras, donde se cultivará tilapia para que dentro de la dieta establecida en sus comedores para los niños, también se incluyan los mariscos.

A pesar de que es bien sabido que en algunas regiones de Chile se lucha fuerte contra la pobreza extrema, a los hondureños se les debe inflar el corazón el saber que existe un chileno con alma de catracho, que ha escogido esta tierra para hacer crecer su legado espiritual, un apostolado al que fue invitado por un niño de 8 años que vendía agua de coco en una de las costas del país y que hasta el día de hoy sus palabras hacen eco en su corazón y en el corazón de todas las personas que colaboran en esta noble causa.

Aquel clamor fue, para Orellana, algo más que una solicitud de otro prójimo que necesita ayuda… “¡Primo!… ¿Vas a venir mañana?”. Así fue como el apóstol, después figura continental de la música cristiana, adoptó a nuestro país como su segundo hogar, un hogar al que le ha dado todo su amor desde hace 16 años.

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