Retroceso peligroso como inevitable

junio 22, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Que el contagio del virus aumentara una vez que comenzara a reabrirse la economía era algo anticipado, pero como riesgo era inevitable correrlo aun cuando se hiciera con la precaución de ir avanzando gradualmente como se acordó. Esto es así porque, como en Honduras no sabemos hasta hoy de que tamaño es el volumen del contagio, llamado técnicamente «pico de la pandemia», en el momento en que los comercios abren sus puertas salta hacia ellos un conglomerado humano que está necesitado de satisfacer pequeñas, medianas o grandes compras de diversos artículos con los cuales realizan sus trabajos en sus empresas o en sus casas.



El comercio es una especie de panal, sus artículos son la miel y los compradores o clientes son las abejas o avispas que acuden a satisfacer sus demandas, y aunque haya limitantes como el de la numeración por persona, la gente siempre encuentra alguna forma de evadirla para llegar a los comercios a través de parientes o amigos que le prestan el servicio de efectuar la compra. No hay forma de parar la expansión del virus si no es por el confinamiento por el tiempo determinado en que las autoridades de salud consideren que se puede contener la propagación. Excepto para hacer las compras de comida, combustibles o medicinas, aunque nos resulte muy duro a todos los ciudadanos, el confinamiento severo es la única manera de frenar la propagación por un tiempo, aunque esta medida la hayan puesto en duda varios pensadores europeos.

A los hondureños no nos gusta hacer autocrítica, desde las autoridades hasta los ciudadanos, a todos nos disgusta la autocrítica, y la autocrítica es lo que hace que las personas puedan entender mejor los problemas, tener una visión más amplia para buscar salidas y en consecuencia, tener mejor opciones para ganarle la partida a los problemas y a las situaciones difíciles. Los que nos quedamos en casa con ciertas comodidades no debemos condenar la necedad de los locatarios de los mercados de Comayagüela que se resisten a que se les impida atender sus puestos de venta, aunque la verdad es que no son estos pequeños y medianos comerciantes de mercados los que más sufren con la medida, los verdaderos sufridos son los compradores que viven en los entornos de los mercados, aquellas personas que viven del jornal que reciben por el trabajo que hacen al día, del que obtienen pequeñas remuneraciones con las que jamás podrían comprar la comida diaria en un supermercado. Un obrero, un mecapalero o cargador de bultos, un zapatero remendón, un carretero, o cualquier otra persona que viva del desempeño de un trabajo pobremente remunerado, con 50 o 40 lempiras no puede comprar una provisión en un supermercado donde los precios son inalcanzables para ellos. Con 30, 40 o 50 lempiras, estos compatriotas compran los alimentos de cada día en los mercados de Comayagüela.

A eso se debe el hormigueo humano en esos centros apenas despunta el alba, conocer el intríngulis de lo que pasa en este segmento de la población es algo que pasa desapercibido en aquellos sectores que devengan cuando menos un salario mínimo y otros que ganan mucho más, para los que abastecerse en un supermercado es una incursión de la que pueden darse el lujo cuando menos dos veces al mes. Tener la capacidad para ver las cosas como son es la consagración de lo bueno y lo malo, porque estos hondureños que a veces actúan como si fueran un conglomerado de necios, que parecieran no haber oído ni visto que el grueso de los contagiados por el coronavirus procede de las zonas de los mercados, no cederán su derecho de ir a los mercados de Comayagüela por la pequeña provisión de verduras y carnes que se pueden comprar con los escasos lempiras que han ganado el día anterior. Esta es la triste realidad de estos compatriotas. Por lo tanto, el gobierno está en la obligación de ir a las casas de todas estas personas y dotarlas semanalmente de una bolsa alimentaria para compensarlas por el hecho de no tener acceso a los mercados, el único sitio donde 30, 40 o 50 lempiras les ajusta para llevar la comida diaria a su casa.

Sabemos que el gobierno ha hecho esfuerzos intensos por llevar alimentos a este segmento poblacional en otros lugares de la nación, incluso en aldeas muy alejadas de los núcleos urbanos, ahora debe hacerlo con los vecinos que viven en los entornos de los mercados que en su mayoría constituyen la clientela que atiende los locatarios de los mercados, en cambio, estos que son pequeños comerciantes, algunos más bien son pequeños potentados, tienen capacidad de resistir las dos o tres semanas que es el tiempo que se requiere para que el cordón sanitario sea efectivo y logre frenar la propagación del virus.

Toda esta acción, tanto de las autoridades como de los locatarios y los compradores de los mercados debe hacerse por el bien común de los hondureños, porque no de otra manera sino es creando una situación de empatía entre todos, que nos haga comprender la grave situación que ha creado la pandemia, que podremos enfrentar la crisis que apenas empezamos a experimentar. Porque estos no son momentos de buscar argumentos para propagar especulaciones y descalificaciones para abonar los intereses políticos sectarios. El coronavirus se ha llevado ya centenares de vidas de compatriotas. Mientras que hay un sector político que está viviendo solo para atacar y desestabilizar. Si fueran realmente hondureños honestos deberían hacerse autocrítica, tal vez todavía tienen un pequeño depósito en ellos para dar cabida a un par de palabras que en estos tiempos de crisis tienen un enorme valor: perdón y esperanza.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 22 de junio de 2020.

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