Recordando los aplausos

diciembre 28, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cuando empezamos a enfrentar los efectos del coronavirus, a la altura de mayo y junio, los médicos y enfermeras despedían con aplausos a los pacientes contagiados que con los tratamientos lograban vencer al coronavirus. Cada paciente recuperado lo consideraban una victoria, y a estas alturas desconocemos si algunas de esas personas que fueron atendidas en los hospitales se han acordado de expresarles de cualquier manera un reconocimiento a sus salvadores. Por referencias especiales supimos que la semana pasada uno de los contagiados regresó al hospital llevándoles un presente modesto al médico y a la enfermera que más empeño pusieron al atenderlo. Y su sorpresa fue grande cuando le informaron que el médico se contagió y estaba en recuperación, mientras que la enfermera había fallecido al resultar contagiada. El ex paciente quedó sumamente impresionado, soltando el llanto al pensar que sus protectores pudieron haber resultado contagiados cuando lo atendían a él y a ocho personas más en la misma sala del hospital. Recordó que el médico y la enfermera salieron a despedirlo el día que le dieron el alta y que sus palabras finales fueron las recomendaciones que ha seguido al pie de la letra para no volver a contagiarse y para que sus familiares no corrieran la misma suerte.



Esta persona que consiguió vencer al coronavirus, como tantas otras, saben que los cuidados de la ciencia médica aplicada por dos profesionales abnegados le salvaron la vida, pero una de ellas no pudo salvarse a sí misma, porque el COVID-19 es un virus con un poder de letalidad relativo según sea el estado inmunológico de la persona afectada. En los pasillos de nuestros hospitales donde se han vivido escenas inenarrables, muchas personas que han transitado como pacientes y luego devueltos sanos a su casa, recuerdan la entrega de médicos y enfermeras en los momentos en que ni los mismos médicos ni las enfermeras se habían adaptado a los regímenes de bioseguridad sanitaria estricta para salvaguardar sus vidas.

Este día de nuevo se han encendido las alarmas, como se temía, como consecuencia del relajamiento de las personas, que es el eufemismo con el que definen el descuido temerario; los hospitales ya no tienen capacidad para alojar a más contagiados y los triajes están a su máxima capacidad de atención. Esto era de esperarse dada la temeridad de una parte de nuestra población que se desplaza sin usar mascarillas, aglomerados en sitios de compra y sin tener consigo el alcohol gel para desinfectarse las manos. Mientras que en los hospitales el personal, además de fatigado por la sobrecarga de trabajo atendiendo a más pacientes de lo que su capacidad humana les permite, está reducido al no haber médicos ni enfermeras que estén dispuestos a asumir las plazas vacantes, prefiriendo el desempleo al riesgo que actualmente implica trabajar en un hospital.

Una enfermera de un hospital público de la capital decía recientemente que estaba triste y que apenas aguantaba el nudo en la garganta después de trabajar un año sumamente complicado, donde había visto escenas desgarradoras, pero a la vez era testigo de momentos felices cuando con sus colegas y los médicos salían a despedir con aplausos y cantos religiosos a los pacientes recuperados, pensando que no sabía cuánto tiempo soportaría este tren de trabajo intenso, viviendo con el alma en un vilo, sabiendo que si se contagiaba con el virus podía dejar huérfanos a dos hijos de corta edad.

¿Cuál es el problema grave que juega contra la seguridad de médicos y enfermeras que trabajan en la primera línea de combate contra el COVID-19? El problema lo hacen todas aquellas personas que rayan en la temeridad al no usar mascarillas y al mezclarse en grupos sin ninguna precaución.

En este puente de Navidad y Año Nuevo es posible que muchos compatriotas pudieron resultar contagiados y es seguro que buscaran el auxilio en los hospitales donde ya no hay cama para atender a tanta gente. En pocos días los hospitales hondureños estarán colapsados, y el personal médico y de enfermería estará aterrado, sin capacidad de espacio en los hospitales ni en ellos mismos. Porque, una vez rebasados los hospitales y sin que haya médicos y enfermeras suficientes, los pacientes serían atendidos de alguna forma en carpas callejeras, igual que está pasando en varias ciudades de EEUU.

Hacia ese momento camina Honduras por la insensatez de centenares de hondureños que apartándose del sentido común, han dado rienda suelta a una temeridad que da miedo, retando al virus al no usar mascarillas ni evitar las aglomeraciones humanas. Ya no hay suficientes médicos ni suficientes enfermeras en los hospitales para tratar a los contagiados con la misma pasión con que se hacía al principio. Porque médicos y enfermeras han visto que la gente no tiene el mínimo de sentido común, cuando sale a las calles casi en busca del virus para dejar contagiarse.

A lo mejor es porque todavía no creen que el virus tiene capacidad de quitarle la vida a las personas. Entonces, si los médicos y enfermeras toman sus precauciones y pierden la pasión de entregarse a cuidar a los contagiados, es porque también tienen derecho a cuidarse para preservar sus vidas. Por la temeridad con que actúan los desalmados que se lanzan desbocados a las calles, ¡los médicos y enfermeras no tienen por qué jugarse la vida! Así que los aplausos que antes se escuchaban en los hospitales serán cosa del recuerdo.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 28 de diciembre de 2020.

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