Prisiones confortables

mayo 17, 2017

Tegucigalpa, Honduras

En uno de los programas de la gustada serie radial, La tremenda corte, Tres Patines, haciendo el papel de publicista, le dice al tremendo juez que tiene gran éxito como productor de jingles comerciales. Y que, uno de los que más le ha gustado al público es un jingle que le ha encargado del director de la prisión de la Habana, llamada “el castillo del príncipe”, que peligra por tener pocos reclusos en las celdas.



El anuncio promocional de Tres Patines, que resulta ser toda una delicia cómica, pondera en la forma más extravagante a la prisión de La Habana, como el lugar ideal para que las personas puedan disfrutar una feliz temporada de seis meses o tres años, en la forma más confortable que en ningún otro lugar podrá disfrutar. El mismo Tres Patines, que es el locutor del anuncio, pide a las personas que cometan cualquier delito para que se ganen una temporada en la prisión “el castillo del príncipe”. Y manda a la gente a robar, a atracar, a estafar y mucho más. El anuncio resulta tan convincente que el primero en entusiasmarse es el tremendo juez, que le pide al secretario que le ponga un año de cárcel para disfrutarlo en la mencionada prisión.

Traemos a colación este episodio cómico radial, porque después de ver los interiores de la Penitenciaría Nacional de Támara, “el castillo del príncipe”, que así se llamaba la prisión de la Habana, Cuba, se queda pequeñito, frente al conjunto de modernidades que pudimos ver en varias celdas, donde el lujo y la extravagancia que fueron introducidas a las celdas, indudablemente con la complicidad de los directores de la prisión, desdicen las normas de rigurosidad que deben prevalecer en cualquier reclusorio. Desde modernos aparatos para ver la televisión en la forma más esplendorosamente posible, cocinas y hornos para elaborar las comidas a su gusto, paredes y techos elaboradas y pintadas con un decoro que denota el gusto de los inquilinos y nos imaginamos que baños y servicios a la altura de los huéspedes más exigentes que acuden a los hoteles refinados de la ciudad.

De lejos se puede apreciar que los reclusos de la PN de Támara, lo que menos podían experimentar era la incomodidad y la dureza de una prisión, porque viviendo con tanto confort y comodidad en esas celdas acomodadas con materiales y utensilios de lujo, como si fueran un hotel cuatro o cinco estrellas, cualquier condena resultaba un premio para ellos. De manera que no tenían que preocuparse por el número de años de purga, porque entre más tiempo tuvieran que pagar, realizando las actividades más rentables como se han convertido las acciones delictivas, estar en la PN de Támara en esas condiciones era además de un placer un excelente negocio.

La conclusión es que no hemos tenido un régimen carcelario en Honduras, lo que ha habido es un sistema de sitios privilegiados donde se envía a los delincuentes a terminar de perfeccionarse en las actividades criminales, viviendo en un ambiente de excelsa comodidad y lujo, nada parecido a una prisión. Así que la movilización de casi 2 mil elementos delictivos de la penitenciaría sampedrana y la PN de Támara a las cárceles El Pozo y la Tolva, es un gran paso histórico que nos permite decir que hoy sí tenemos un verdadero régimen penitenciario, con prisiones que son verdaderos establecimientos donde las personas que han cometido delitos, sientan que están pagando sus penas privados de libertad por las faltas y los daños cometidos en contra de la sociedad.

Un régimen carcelario que ofrece al reo todas las comodidades posibles no cumple la función privativa de libertad que establecen las leyes contra aquellos individuos que han cometido los delitos más graves, y nuestras cárceles han venido funcionando como el tipo de prisiones atenuadas a favor del reo, donde este disfruta de una vida inmejorable, transcurriendo los días con toda clase de lujos y comodidad, mientras se les permite operar con sus organizaciones delictivas.

Controlar las cárceles es una obligación del Estado que hasta ahora se está logrando, porque la indiferencia que mantuvieron los gobernantes concatenaba con el pensamiento hipócrita de que mientras haya tantas necesidades que atender en el país, las cárceles no eran una prioridad. Por este pensamiento refocilado de que atender las prisiones era un asunto nada importante, es que las penitenciarías se convirtieron en escuelas del crimen.

Que el Estado se ocupe de controlar las prisiones es un gran paso histórico, que ubica a nuestro país como un Estado organizado, porque el principio del orden de una nación comienza por establecer la tranquilidad social. Y reducir los indicadores criminales permite que el país avance mientras los sectores productivos puedan dedicarse a trabajar en paz. Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 17 de mayo de 2017.

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