Pacto de paz

noviembre 1, 2021

Juan Ramón Martínez

Nunca antes se habían usado palabras tan bruscas y duras como “tratado de paz” en un proceso electoral. Porque ello, sin que lo quieren los que lo promueven, nos están diciendo que son guerreros, que están librando una lucha sangrienta en contra de sus enemigos; pero que con todo y los rencores acumulados y los nuevos que se agregan diariamente, se puede firmar un pacto de paz. Vaya hombre. Nos muestran la gravedad del tiempo que vivimos; pero nos dan una salida: un “acuerdo de paz” entre los contendientes.



Cualquier acuerdo es un ejercicio de la autonomía de la voluntad de las partes que, además, comprometen su nombre en el sentido que cumplirán los términos pactados. Si no hay buena voluntad y nobles intenciones entre los firmantes, así como voluntad de cumplir, los tratados de paz, son engaños a la población, a las naciones cuando se hace entre ellas. Y, en el caso nuestro, un juego de distracción para el electorado al que, aunque lo disimulan muy bien, irrespetan los líderes políticos. Porque para ellos, los electores no son ciudadanos; menos la única fuente de la soberanía, sino que simples valedores, ratificadores, árbitros inconscientes que usan para medir fuerza y determinar quién se queda con la pierna del león. Pero como es un árbitro colectivo, le han ido perdiendo el respeto, en la medida en que se repiten las elecciones.

Con todo, lo importante del probable Tratado de Paz, que no tiene posibilidad de firmarse, es la falta de voluntad de cumplirlo. Porque en el fondo, el problema no es que se ofendan entre sí los contendientes, que se saquen los trapos al sol; y que los ciudadanos conozcamos de qué materia están construidos quienes nos quieren gobernar, colocando sus limitados conocimientos y virtudes frente a unos objetivos nacionales poco determinados, sino que la capacidad para respetar los resultados electorales. Carias Andino decía que “la presidencia de la república no valía una sola gota de un solo hondureño”, aunque antes y después, había derramados varios barriles de sangre de sus compatriotas en los desconocidos caminos de Honduras y en las cárceles. Formalmente la frase es cierta. Y es, más obvia, ahora. Ninguna elección, dentro del sistema democrático, debe ser motivo para la guerra, para la revuelta o para el motín callejero, que ponga en precario la paz, la tranquilidad y el bienestar de los hondureños.

El problema es que los mismos que nos ofrecen que firmaran un Pacto de Paz, son los que la amenazan, al fomentar el odio, incitar el rencor y prepararse para la violencia. Por ello, antes que proponer firmar pactos de paz, debieron asumir su responsabilidad haciendo una campaña en la que, prive el respeto y las conductas correctas. Es decir, desempeñando la función magisterial que la democracia le impone a los candidatos que no tiene como fin destruir al adversario, encarcelarlos o demostrar su moralidad, sino demostrar que sus propuestas son mejores que las de sus contendientes.

De forma que, si hablamos honradamente, la propuesta de un Tratado de Paz –al margen de su cumplimiento o no– es una propuesta hipócrita de los malvados que han dominado la vida política nacional; o de los asustados que ahora que han empezado encender los pastos secos de la inconformidad social, tienen pánico que el incendio de pasiones que han provocado, les queme las posaderas, comprometa sus hogares y destruya sus propiedades. Y aunque asustados por lo que han hecho, todavía en vez de rectificar nos quieren seguir engañando con pactos de paz que, lo que menos tienen es, interés de cumplirlos.

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