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Omoa: La ciudad que se resiste a ser fantasma

Por Luisa Agüero

 San Predo Sula, Honduras 

Cada invierno, el río Motagua arrastra toneladas de basura desde Guatemala hacia las costas del mar caribe en Honduras. Fueron 3,000 toneladas entre 2015 y 2016, que frenan el turismo, la economía y provocan contaminación y enfermedades. Un viaje que inicia en el centro de Guatemala y termina en una ciudad con apariencia de pueblo en decadencia.

Omoa es una ciudad pequeña en la costa del Caribe centroamericano, al norte de Honduras y a poco más de 300 kilómetros al oeste de Guatemala. Hasta hace algunos años, Omoa era un típico paraíso caribeño —palmeras de las que colgaban hamacas, barquitos surcando los ríos y aves exóticas por encima de todo— famosa por la Fortaleza de San Fernando —el más grande bastión español de América Central—, los pescadores —unos 600 que sacaban unas dos mil libras de pescado— y la gastronomía —platos típicos como machuca, sopa de caracol, pescado frito—. Ahora, en días de semana se parece más a uno de esos pueblos fantasmagóricos enterrados en la pobreza y el olvido, que al pueblito de encanto que atraía a un millón de turistas hasta principios del año 2000.

Foto de: Denis Yanez

 

 

Es lunes 22 de enero de 2018. Son las 10 de la mañana en la calle principal de Omoa y algunas personas ven pasar las horas, sentadas en banquetas en el parque central, mientras se abanican para alejar la pesadumbre de 40 grados a la sombra. Otras van y vienen con bolsas de mercado. Un deteriorado vehículo con parlantes anuncia descuentos en una ferretería. El viento cálido ondea banderas multicolores sobre los techos de zinc. Son los únicos que le dan vida a la ciudad en días de semana.

A una hora de aquí, a 30 kilómetros en dirección a la frontera con Guatemala, a orillas de uno de los ríos que rodean a Omoa, el Motagua, está el principio de la explicación de su ruina: una extensa alfombra de 3,000 toneladas de basura llega a cubrir la playa cada invierno, puntualmente, y permanece allí por lo menos cuatro meses. Donde alguna vez hubo arena, aún se encuentran jeringas, bolsas de sangre, plasma, frascos con medicinas vencidas, sueros y vendajes, sandalias y recipientes plásticos adheridos a la superficie. Es parte de la podredumbre que ha sumergido a Omoa en la decadencia.

El Motagua arrastra basura desde antes de llevarla a la frontera, antes aún de ser el Motagua: el río Las Vacas recibe todas las aguas servidas de la Ciudad de Guatemala, las desplaza por Chinautla hasta toparse con la presa de la Planta Hidroeléctrica. Luego continúa por municipios de la región metropolitana -Chuarrancho, San Pedro Ayampuc, San Raimundo—, hasta desembocar en el mar Caribe, y en playas como las de Omoa, o las de Roatán.

El año pasado la noticia fue esa: las playas de la isla atestadas de desechos. Los medios del mundo se escandalizaron y la BBC tituló “Ropas, plásticos, animales muertos y hasta cuerpos humanos”. Omoa parece haberse perdido a tal punto en el mapa que ni siquiera todas esas toneladas de basura —con todas sus consecuencias— la volvieron noticia.

Pero la basura es la misma. El trayecto también. Un recorrido por las ciudades y comunidades por las que pasan los efluentes del río Las Vacas, muestra eso que se ve aquí cada septiembre: desechos atestados de moscas que despiden un olor inocultable.

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