Niños migrantes ven truncada su educación en su travesía a Estados Unidos

octubre 1, 2019

La migración aumentó en México desde octubre de 2018, cuando caravanas con miles de migrantes, en su mayoría centroamericanos, comenzaron a atravesar el país para llegar a Estados Unidos.

Estados Unidos

José Elías Canis es uno de los miles de menores de edad que atraviesan México desde Centroamérica en busca del sueño americano en Estados Unidos, aunque ello signifique truncar su educación por un periodo indeterminado.



José, quien vive desde hace más de dos meses en la Casa del Migrante de Matamoros, ciudad fronteriza del nororiental estado de Tamaulipas, cuenta a Efe que le gustaba su escuela y el dibujo cuando su madre, María Canis, decidió reencontrarse con su esposo en Estados Unidos, sin saber qué pasaría con la educación de su hijo.

La migración aumentó en México desde octubre de 2018, cuando caravanas con miles de migrantes, en su mayoría centroamericanos, comenzaron a atravesar el país para llegar a Estados Unidos.

Muchísimos son menores de edad. El Instituto Nacional de Migración (INM) reporta que, desde enero al 5 de septiembre de este año, se han presentado ante las autoridades migratorias a 138.491, de los que 43.598 -el 31,5 %- son «niñas, niños y adolescentes».

De estos, 10.318 no estaban acompañados por algún adulto.

Ante esta situación, el secretario de Educación de Matamoros, Alejandro Villafañez Zamudio, intentó implementar un programa para atender a niños y adolescentes, pero argumenta que los padres se mostraron indiferentes por estar, ante todo, preocupados por la cita con las autoridades estadounidenses para obtener el asilo político.

«Nos encontramos que hay niños de primaria, niños que no han estudiado en años, niños que no saben leer. Lo que tratamos de hacer es ayudar con ciertas actividades lúdicas y también educativas en lo que se permite, pero esto no ha podido consolidarse debido a la resistencia por parte de los padres de familia», indica Villafañez.

Otros migrantes explican que sacaron desde hace tiempo a sus hijos de la escuela por falta de recursos.

Como Félix Pérez, quien puso a trabajar a sus dos hijos desde que estaban en su natal San Pedro Sula, Honduras, porque la educación es «demasiado cara».

«A mis hijos, después del séptimo grado, me tocó sacarlos porque yo no tenía esa capacidad, siendo una persona pobre, de sostener la presión de la escuela», admite a Efe.

La suerte ha sido diferente para Elisa Cloter, quien relata a Efe que llegó con sus dos niños y una niña a la norteña ciudad de Monterrey después de tres meses de dejar La Ceiba, en el Caribe hondureño, por las protestas violentas contra el presidente Juan Orlando Hernández, que incluso afectaron a las escuelas.

Sus hijos, Heiker, de 6 años, y Ayksa y Josúe, de 7, se muestran emocionados por la oportunidad que ofrece la Casa INDI, un albergue que acoge a indigentes y migrantes.

Y donde además de comida y refugio hay clases de inglés y español, así como un programa para reincorporar a los menores de edad a la escuela.

«Vino una muchacha y les empezó a enseñar las vocales y todo eso. Aquí en ese aspecto me están ayudando, gracias a Dios. Eso es también importante, no solo la comida. Ellos también enseñan. Nos ayudan en lo que ellos pueden», comenta Cloter.

La hondureña, quien se plantea permanecer en Monterrey para trabajar, pide a las autoridades mexicanas facilidades para inscribir a los niños en la escuela y está preocupada por el rechazo y racismo, sobre todo porque son negros.

 Por EFE

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