Más unidos que nunca

marzo 26, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La pandemia más antigua que recordamos azotó en Honduras fue la ola de tosferina en 1954: tenía 6 años, cuando centenares de personas morían por una tos persistente que afectaba las vías respiratorias. No habían vacunas, por lo menos no en Puerto Cortés, y el único santo remedio que nuestra recordada madre doña María Ángela Arévalo nos aplicaba, era llevarnos a los seis hermanos, en fila india a la playa de la Coca Cola que estaba muy cerca de nuestra casa, a darnos un baño de mar por la mañana, cuando el sol apenas empezaba a salir. Durante varias semanas, cada mañana salíamos a darnos el chapuzón en las famosas playas porteñas para sumergirnos en el agua del mar que con la sal marina nos bastó para que ninguno de nosotros resultáramos contagiados por la temible tosferina, que para entonces era tan temida como hoy es el coronavirus.



Con los años vimos las epidemias más comunes en la costa norte; la varicela, el sarampión y las paperas. El mundo siempre ha tenido epidemias, pero hasta hoy no conocíamos lo que es una pandemia, y de tanto poder contagioso. Junto a lo peligroso que es este virus, el temor que cunde entre las personas se multiplica por la vastedad de mensajes que mandan a las redes sociales muchos médicos, algunos que parecen serios, otros no tan serios y otros que envían mensajes descabellados, que ponen de correr a las personas que les prestan atención a las redes sociales donde casi todo lo que se transmite no tiene credibilidad. Lo recomendable es mantener la atención a los mensajes que proceden del protocolo de la OMS, que es un organismo serio que vela por la salud de la humanidad.

Para los hondureños, que apenas comenzamos a ver la punta del iceberg de la pandemia, resulta obligatorio enfrentar la crisis con el mejor ánimo en el que se debe mantener una nación amenazada. Debemos procurar estar más unidos que nunca, porque esta situación que efectivamente es grave, solo la podremos enfrentar los hondureños dejando a un lado nuestras diferencias, especialmente las de carácter político, porque podría llegar el momento cuando el pico de la pandemia saque toda su cresta, que sintamos la necesidad de darnos un brazo y un apretón de manos para reconciliarnos sin poder hacerlo por las restricciones sanitarias.

Ayer vimos un acto hermoso, lleno de unidad, cuando las autoridades repartían las bolsas de alimentos a los vecinos de la Colonia Los Pinos de Tegucigalpa, quienes efectuaron la entrega fueron soldados del Ejército hondureño, y detrás de ellos iban numerosos representantes de organizaciones de la sociedad civil, de organizaciones sociales y pastores de diferentes iglesias. El gobierno empieza a la entrega de bolsas alimentarias a 800 mil familias de escasos recursos, una labor que requiere de un gigantesco contingente de voluntarios, entre militares y civiles, que permitirá a miles de familias tener alimentos mientras dure la cuarentena y el toque de queda. Ese trabajo de entrega realizado conjuntamente entre miembros del orden militar y el orden civil, resultó profundamente conmovedor, que hace tiempo no se miraba, especialmente desde el 2009, cuando los hondureños sufrimos un lamentable fraccionamiento social por culpa de un desgraciado acontecimiento político.

El comportamiento fraternal que vimos ayer en el inicio de la entrega de las bolsas alimentarias se dio en el momento más deseado, cuando la esperanza es un bálsamo que restaña las heridas sociales más profundas que dejan llagas que perduran por mucho tiempo y que solo pueden ser curadas por acontecimientos como el de ayer, cuando los soldados entregaban los alimentos, mientras los civiles daban fe de la transparencia de la entrega, algo que no puede pasar desapercibido por los hondureños.

El quebrantado sentido de solidaridad de nuestro país, ayer se reconectó cuando se puso de manifiesto la voluntad de dejar a un lado la intriga, la cizaña y la discordia que crecieron en Honduras después del desgraciado incidente político de 2009. Los militares contaron con el apoyo de organismos civiles como el RNP para transportar las bolsas de alimentos y los representantes de las diversas organizaciones civiles se movilizaron por su lado para constatar la entrega correcta de alimentos a quienes los necesitan.

Como no todos podemos acompañar estos desplazamientos, por lo menos debemos estar pendientes de los informes que ofrezcan los testigos que dan fe de la entrega. El rol de las diversas organizaciones sociales, cuya razón de ser es practicar auditorías sociales de toda actividad que realizan los entes gubernamentales, es fundamental para velar por la transparencia de las acciones del gobierno, en los tiempos en que todos en Hondura dudan de todos. Dudar no es malo, exigir transparencia tampoco, lo grave es cuando por encima de la duda aparece la ponzoña política que busca torpedear aun aquellas acciones que a simple vista llevan el beneficio a los necesitados.

Ese egoísmo malsano que la ideología ha llevado a su máxima expresión a través de las redes sociales, hace que estas pierdan toda credibilidad, y que la gente entienda que quienes se ocultan para insultar y zaherir, lo hacen porque no tienen la mínima voluntad de ayudar. Afortunadamente, de las mismas entidades de sociedad civil, donde han aparecido cultivadores de culto personal, ayer vimos a don Carlos Hernández dando fe de la entrega de las bolsas alimentarias.

No tenemos la menor duda que con gestos como el de ayer, los hondureños empezamos a mostrar buenas señales para reconciliarnos, dejando a un lado las individualidades y las acciones personales para mostrarnos más responsables con nuestro país y más solidarios con nuestros hermanos hondureños más necesitados por ser los más golpeados por la cuarentena y el toque de queda.

Si lográramos mantener estas cualidades no está muy lejos el día en que podamos sentirnos más unidos que nunca.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy jueves 26 de marzo de 2020.

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