Más allá de la línea roja

septiembre 10, 2019

Honduras

Estados Unidos ha logrado lo suyo. Ha conseguido parar la migración centroamericana y mejicana, torciéndoles el brazo a los gobiernos; pero ha traspasado la línea roja del respeto de los derechos humanos de quienes, por diversas razones, dejan sus países de origen y buscan en los Estados Unidos, el sueño de la prosperidad. La señora Bachelet, presidenta de la Comisión de los Derechos humanos de la ONU, ha levantado la voz, criticando dos conductas que le parecen reprochables: la separación de las familias y la exposición de los niños a la violación de sus derechos. Y todo esto, es el fruto de obligar a México, a asumir un papel contradictorio con su pasado, así como conseguir que Guatemala asuma la condición de “tercer país seguro” y que Honduras, incapaz de enfrentar la presión y el poder que tiene sobre el gobierno hondureño, transforme al país centroamericano en otro muro humano, que trate irrespetuosamente a los inmigrantes que viajen desde el sur, hacia las fronteras estadounidenses.



Tanto México, Guatemala, como Honduras, no tienen capacidad para decirle que no a los Estados Unidos. La política de Trump con los países de algún tipo de poder, está basada en la provocación, como paso previo a la negociación. Con países débiles, como el caso de México, Guatemala y Honduras, la presión es la fórmula. México, por medio de su Canciller, niega que asuma el papel de muro humano para detener la inmigración de Centroamérica y de sus propios ciudadanos. Sin embargo, todos conocimos como Trump amenazó a México con imponer aranceles  a sus exportaciones y grabarle las remesas. Y este país, ante el dilema de su defensa ante la agresión, optó por cumplir el papel de “tercer país seguro”, reteniendo y expulsando ciudadanos centroamericanos a los cuales no tiene en el primer caso, capacidad de sostener siquiera. Y para disimular el asunto, creó un plan económico que no ha sido capaz de iniciar, pues no ha podido desembolsar en el caso de Honduras específicamente; ni siquiera un dólar.

Pero ante el peso avasallador de la fuerza de Estados Unidos, que ha traspasado la línea roja del respeto de los derechos humanos de los emigrantes, especialmente en lo referido a la unidad de las familias y del respeto a los derechos de los niños de sus necesidades básicas, la voz de las Naciones Unidas ha modificado el escenario. La potencia de Estados Unidos, que se ha impuesto sobre gobiernos débiles situados al sur de sus fronteras, se ve ahora contrapuesta a la fuerza de las Naciones Unidas y al prestigio de la señora Bachelet que ha levantado su voz, en un memorable discurso en Ginebra, criticando la conducta de Washington y además, contrastando fuertemente la calidad de los Estados Unidos  como nación de inmigrantes, que incluso colocó a la estatua de la libertad como símbolo de esperanza para que todos los pobres de la tierra tuvieran una oportunidad de rehacer sus vidas. Esta crítica de la ONU, tiene que modificar el balance de fuerzas. Los gobiernos afectados por las presiones de Estados Unidos, tienen una oportunidad de negociar en mejores términos, los mecanismos para retener a sus ciudadanos en sus territorios nativos y a cambio, exigir que, los que atraídos por el sueño americano, lleguen a los Estados Unidos, sean tratados como corresponde a personas a las cuales se les deben respetar sus derechos humanos correspondientes. Hay que esperar que los Estados Unidos escuche la voz de la señora Bachelet y sus dirigentes, modifiquen el tratamiento dispensado a los inmigrantes y modifiquen el manejo del fenómeno que produce su extraordinario desarrollo entre poblaciones que, frente a la pobreza de sus localidades, han perdido la esperanza. Y creen encontrarlas en los Estados Unidos.