Límites de la soberanía popular

mayo 10, 2021

Juan Ramón Martínez

La crisis del “barrandero” de su país, como se auto titula el presidente de El Salvador Nayib Bukele, al destituir al Fiscal General –sin razones y sin que hubiera terminado su período legal— a los miembros de la Corte Constitucional, su conducta entraña, además de lo anecdótico, lo folclórico y la calidad teórica justificativa de los políticos de América Latina, supone la falla profunda casi oceánica que daña la democracia en estos lares: el concepto que niega los límites de la soberanía popular. La democracia entre nosotros ha sido poco estudiada. Especialmente porque se cree, equivocadamente, que es algo natural, que nace con nosotros y que, en consecuencia, forma parte de la conducta normal, incluso de los más duros de entender sus conceptos básicos. El pensamiento de Bukele es muy simple: “el ganador se lleva todo”; y puede hacer con la ganancia, lo que le dé la gana. Detrás de esta frase simplona, hay una concepción alterada: el poder es un premio del ganador que no entraña ningún compromiso con el bien común. Y que, además, no tiene el ejercicio de sus atributos, ninguna limitación. Detrás de esta conducta, que alimenta el caudillismo latinoamericano, fruto del encuentro de la cultura morisca y del medioevo español que llegó al continente en la punta de la espada de los conquistadores que, además se consideraban soldados de fortuna, empresarios de la guerra y por ello, dueños de los botines conquistados, es la opción en favor de las tesis de Maquiavelo en “El Príncipe”, frente a las ideas del poder al servicio del bien común de Tomas de Aquino.



Como falla final de esta concepción, que es la base del continuismo presidencial, hay la idea –visible en los desplantes de Bukele– que la soberanía popular no tiene límites. De forma que quien tiene mayoría puede hacer lo que le dé la gana, incluso violar la ley. Y es que, la soberanía popular y sus resultados expresados en votos y en diputados, no es ilimitada. Está sometida a la ley. La afirmación que el poder legislativo original, lo puede todo, sólo es parcialmente cierto, hasta que emite las reglas constitucionales. Desde ese momento, la soberanía popular, el poder legislativo, está sometido al imperio de la ley. Porque de lo contrario, incurre en arbitrariedad, cae en el autoritarismo y finaliza en la dictadura. En la república romana había una excepción: la dictadura, era una suspensión temporal del cumplimiento de la ley, frente a una emergencia que amenazaba la existencia de Roma. Tan lógica era esta visión que, desaparecida la emergencia, la dictadura, daba paso de nuevo a la democracia.

La ilimitación de la soberanía popular y sus expresiones institucionales, sería un contrasentido que, terminaría por comerse la cola y destruirse así mismo, porque inevitablemente terminaría en la dictadura. Esta reflexión, que, aparentemente no forma parte del imaginario de los políticos latinoamericanos, poco formados por familias disfuncionales, universidades poco interesadas en la política como ciencia y por una sociedad que, irracionalmente, celebra la fuerza y favorece la dependencia de los caudillos dispensadores de favores, es contradictoria con conceptos de física teórica, matemáticas elevadas y lingüística fundamentales. Einstein estableció que la velocidad de la luz tiene límite. Más allá de ella destruye y cambia a la materia. Porque más allá de ese límite, la materia dejaba de ser tal y se transformaba en energía. Su conocida fórmula lo confirma en diversos experimentos. Godel, el famoso matemático, determinó con suficientes pruebas, que el lenguaje matemático llegaba un momento que era incapaz de describir la realidad. Y Watengentein por su parte, confirmó que las palabras, en cierto momento, eran igualmente incapaces de describir las diversas expresiones de la realidad, sin hacerse daño a sí misma y volverse babilónica, en el sentido bíblico.

Con la democracia ocurre otro tanto. La soberanía popular que la sostiene y le da origen, tiene un límite: la ley. Cuando se usa para justificar la transgresión del marco que la limita, como ir más allá de la velocidad de la luz, la destruye. Esto no lo sabe Bukele. Es muy sutil, joven, inexperto y sin formación política. Cree que, con la mayoría puede hacer lo que quiera. Hasta que llegue un momento que, al transgredir la ley, destruya la democracia y en ese caso, se destruya a sí mismo. Porque justifica la revuelta popular, el alzamiento militar y la intervención externa imperial. Muchos que no lo saben, lo han aprendido cuando, esposados, son expulsados en madrugadas frías de sus países en donde si hubieran sido más humildes, habrían terminado sus periodos. Y después de servir dentro de la ley, ser objeto del respeto y la admiración de sus pueblos.

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