Las urnas, embestidas desde la calle

noviembre 26, 2019

Honduras

El 2019, es posible que sea conocido como el año terrible para la estabilidad, basada en la operación del sistema democrático. En los últimos cuatro años, una oleada de miedo ha envuelto a los políticos, incluidos los de los grandes países. La inmigración, los nacionalismos, el aislacionismo, el racismo y la protesta incontrolada de la calle en contra de las acciones gubernamentales han producido miedo en algunas sociedades, disgusto y enojo en las poblaciones más dispares, tanto por su desarrollo económico, ideología política, como sistema político vigente. Irán, Irak, España, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Nicaragua, China, Honduras, Chile, Bolivia y ahora Colombia. El análisis de las causas es diverso y de difícil aplicación general para entender y sacar conclusiones por la diversidad de las circunstancias. Sin embargo, hay algunas cosas que se pueden extraer de estas situaciones irregulares. La primera es que, son motivadas por un hecho específico, tomado o por tomar por los gobiernos que, ha disparado las contenidas emociones o miedos de las masas que se han lanzado a la calle. Este ha sido el caso de Nicaragua, Chile. En Honduras, el motivo es un desacuerdo de las fuerzas políticas por la reelección de JOH. Parecido a Bolivia. Pero en el caso de Estados Unidos, cuya manifestación extrema es la elección de Trump y el aislacionismo económico y político y una política anti inmigratoria, – caso de Hungría y Bulgaria–, la que ha disparado la incomodidad de la calle, y de los partidos políticos – aquí esta otro hecho relevante – han perdido el control de la protesta callejera que, se legitima por ella misma. El fin, defenderse de una amenaza que proviene de los gobiernos, una parte de la población autoriza a salir a la calle a protestar. Los gobiernos, reprimen las protestas con dureza, de diferentes grados, lo que provoca numerosas víctimas, lo que a su vez, aumenta el encono y el disgusto en contra de los gobiernos y los partidos políticos que se han dividido otra vez, en izquierdas y derechas. Las fronteras, que diferenciaban a unos de otros, se han remarcado mucho más allá de lo que hasta hace poco era el coto de unos y de otros, incluso llevando a situaciones en que las negociaciones se han tornado difíciles y muy complicadas, como es el caso de España. En los casos de partido único, como en China, enfrentada al problema de los jóvenes en Hong Kong, se demuestra que los partidos ya no dominan la protesta en la calle, porque han perdido influencia. Y en términos prácticos, las protestas son más exitosas – o por lo menos más duraderas – cuando no aparece una fuerza política que dirija a las masas. Los casos de China y Chile, son muy buenos ejemplos. Las protestas, entonces son más difíciles de manejar, porque no hay con quien dialogar. La masa solo existe en la medida en que se enfrenta a un objetivo hacia el cual dirigen su cólera. El caso de la Cataluña es más que ejemplar: las protestas estaban focalizadas en la calle Laiteana, porque allí están las oficinas de la Policía, aunque el discurso que las sostienen sea la libertad de los que llaman presos políticos, que el sistema judicial español no considera tales. Y en Hong Kong, la protesta se alimenta en la acción de la Policía que quiere mantener limpias las vías y a los estudiantes universitarios, quietos y tranquilos en sus casas y en sus aulas. Aquí, sin embargo, las masas de las calles, creen en las elecciones.



Creo que los ejemplos mencionados, nos permiten adelantar algunas conclusiones. La primera de ellas es que la clase política esta desconcertada y medrosa por hechos de difícil manejo como la emigración irregular – casos de Europa y de Estados Unidos, con sus efectos sobre el triángulo norte de Centroamérica – ante la cual, los actos represivos no tienen efecto positivo, porque entre más obstáculos, mayor es la fuerza de los que se aventuran  en el Mediterráneo o en las selvas y desiertos de México, para llegar a Italia, España, Francia, Hungría, Bulgaria y Estados Unidos . Ahora mismo, mientras escribo, varios barcos no consiguen puerto en donde atracar porque están cargados de norafricanos que han huido de la pobreza de sus países para buscar en los que los rechazan, un mejor futuro. Pero en el caso de Chile, Nicaragua y Bolivia es el hartazgo que experimenta la población ante gobiernos y sistemas de partidos que han perdido la fuerza arrolladora de otros tiempos, está al límite. Y, finalmente lo más grave. Ahora la vía es la desobediencia violenta de las masas que, como los caudillos latinoamericanos de los dos siglos pasados, rechazan la legitimidad de las urnas. En Honduras y Bolivia, el tema electoral disparó las tensiones. Pero en el caso de Hong Kong y Colombia, más que el disgusto es el miedo que los gobiernos no garanticen el nivel de desarrollo alcanzado hasta ahora, porque proyectan una imagen de insuficiencia. Visible desde largo.

De allí que, se pueda concluir que para resolver los problemas, los políticos tienen que reinventar procedimientos para lograr acuerdos. En España lo han entendido. La izquierda es probable que logre aglutinarse y garantizar la gobernabilidad. Aunque el problema de Cataluña seguirá gravitando peligrosamente en la estabilidad española, en donde históricamente han terminados agarrados de los greñas. Pero lo más grave, es regresar de nuevo a que las masas crean en las soluciones negociadas, en la operación democrática y en la superioridad de las urnas. Su comportamiento errático – caso de Chile y China, Irán e Irak – ilustra que este es un problema generacional, de índole cultural. De modo que no se puede arreglar de la noche a la mañana.

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