Las caravanas, imposibles e inconvenientes

enero 18, 2021

Juan Ramón Martínez

Como ha venido ocurriendo en los últimos tres años, en el mes de enero se organizan, aparentemente de forma espontánea, caravanas de compatriotas que se dirigen por tierra, en autos, buses o en camiones, hacia los Estados Unidos. En forma ilegal y posiblemente ignorando los peligros, jugándose la vida al azar, en el objetivo de ingresar a los Estados Unidos, en donde esperan encontrar soluciones a los graves problemas que enfrentan en Honduras. O, en la cresta de la juventud, convencidos que allá, en donde el presidente que dentro de dos días dejará de serlo, les rechazan y hacen todo lo posible por impedirles ingresar.



El momento en que lo hacen no es el apropiado. El próximo miércoles un nuevo gobernante, menos xenófobo que Trump, asumirá la presidencia de los Estados Unidos. El entramado construido por Trump y sus asesores está intacto. Vigente y operando. Los tres países, especialmente Guatemala – que está en la ruta – tienen un acuerdo de tercer país para detenerlos, como lo acaba de hacer en su frontera. Usando incluso la violencia, en contra de nuestros compatriotas, cuando estos desesperados quieren ingresar desordenadamente a su territorio. Guatemala, es de acuerdo con el C-4, un país de libre ingreso para los hondureños que porten su pasaporte o su tarjeta de identidad. Sin embargo, las autoridades de aquel país, posiblemente en el ejercicio de sus estrategias para honrar sus compromisos con Estados Unidos, les dan la espalda a los hermanos centroamericanos.

Las caravanas, mayoritariamente integradas por hondureños y salvadoreños, pese a lo ilógico e inconveniente, no dejan de tener sentido. Por un lado, son fruto de la desesperación, no de los más frágiles, sino que los más sanos, fuertes y resistentes de nuestros compatriotas que no encuentran esperanza en el horizonte hondureño. Las autoridades y los que nos quedamos atrás, porque no tenemos su valentía y su fuerza inconsciente, para enfrentar los valladares policiales, los riesgos de los coyotes y la dureza de la migra estadounidenses, nos mostramos desconcertados. En mi caso personal, siento simpatía por mis compatriotas y me duele el trato que reciben en el largo camino que, algunas veces, los lleva a la muerte. Además reconozco, con enorme agradecimiento, que gracias a los que han logrado establecerse en Estados Unidos, en Canadá o en Europa, nuestro país no funcionaría, ni siquiera a baja velocidad, casi sobreviviendo con las remesas que envían los inmigrantes. Sin tales generosos envíos, el país, habría entrado en picada y convertido en un territorio intervenido por sus acreedores.

Pero, además de estos sentimientos de los que estoy orgulloso, porque me hace sentir humano y solidario, experimento la preocupación del que sospecha de la manipulación de los que quieren poner en precario al gobierno, comprometer sus relaciones con Guatemala, México y Estados Unidos. Además, el mismo gobierno hondureño, con su pasividad, no deja de parecerme sospechoso también. Especialmente en estos momentos en que, hemos recibido, algunas señales de esperanza que los demócratas revisarán las draconianas medidas; y buscarán alternativas para que el ingreso sea menos caótico, desordenado e ilegítimo. ¿Por qué entonces, me pregunto, hacerlo en este momento?

Y la racionalidad que está obligada a imponerse a los sentimientos, me obliga a ensayar algunas respuestas. La primera de ella es de naturaleza política. En Honduras, se aprovecha de la desesperación de los más afectados por la crisis que vivimos, para crearle dificultades al gobierno. Este se muestra pasivo para no perder votos en las próximas elecciones. Sin embargo, como dicen algunos colegas, en vez de marchar a los Estados Unidos, porque no se organizan para moverse hacia Tegucigalpa que es donde está la raíz de sus problemas. Nadie tiene respuestas.
Y lo único que en este momento se me ocurre es que las caravanas son acciones de distracción, para comprometer a las autoridades fronterizas de los tres países de la ruta de la desesperación, para por los puntos ciegos, movilizar personas, dinero, armas y narcóticos. Mientras las caravanas avanzan, nadie informa de acciones exitosas de lucha decisiva contra el narcotráfico; ni atiende los camiones que cargan dólares desde Estados Unidos o armas que entran por México hacia Centroamérica.

Son dudas las que tengo. Por encima de la pena que experimento cuando se trata violentamente a mis compatriotas, siento la duda si, así como les aprovechamos cuando llegan y envían remesas, no hay otros intereses que, desde las sombras, manipulan la desesperación y congestionan algunas rutas, para dejar paso libre a otras, en las que ni siquiera los periodistas más acuciosos se interesan. No lo sé. Apenas, siento dudas y desarrollo intuiciones iniciales, sobre el peligro de la manipulación y la instrumentalización de la que siempre hemos sido víctimas los hondureños. Por los buenos y por los malos. Por los gobiernos de afuera y por el nuestro. De forma que al final, no sabemos quiénes son los amigos; y quiénes los enemigos.

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