La necesidad de éxitos

octubre 20, 2020

Juan Ramón Martínez

Un gol de un jugador hondureño, el triunfo de un boxeador hijo de compatriotas originarios de San Pedro Sula, confirma la necesidad que tiene la población hondureña, de salir del relato de fracaso, burla y menosprecio que se origina en el interior del país y desde la comunidad internacional. El relato hondureño, incompleto y desigual, incluso poco compartido de manera consciente, está dominado por el pesimismo ante el futuro y por una memoria en la que el pasado, está lleno de fracasos, fangos e inmundicias. “Aquí nadie puede”, porque no creemos en nosotros mismos, sirve para exaltar el valor de los inmigrantes y asegurar la esencia de los valores de la conquista. Por ello, no hemos podido desarrollar una visión del hondureño como triunfador. Más bien pareciera que el destino nos hubiera negado cualquier expresión de éxito. Y que, por ello, en vez de buscar las causas de nuestra escasa consideración desde el exterior, en la descalificación que con facilidad ejercemos en conversaciones, discursos y escritos, más bien hemos terminado por dejarnos dominar de la duda, sobre las virtudes potenciales de los que logran remontar la pared resbaladiza del fracaso. Por ello aquí – y me lo hicieron llegar de Olanchito – hasta el éxito del boxeador y el futbolista, se desmerecen cuando se agregan figuras delictivas, detenidas por narcotráfico en los Estados Unidos. Es decir que, el éxito no se aprovecha para desarrollar una pedagogía que anime a los más jóvenes, sobre las posibilidades que tiene el hondureño cuando se emplea fondo, sino como arma arrojadiza, para ratificar que entre nosotros no hay nada bueno. Y que los éxitos de los compatriotas deportistas, no valen nada si los comparamos, con la fama de los que guardan prisión en los Estados Unidos, acusados por acciones de apoyo o participación directa, en el narcotráfico internacional. Nadie repara en la dedicación hermosa y ejemplar de Sor María Rosa a la niñez desamparada, a las mujeres solas y maltratadas. Tampoco en la fama y el prestigio del cardenal Rodríguez que preside una comisión de colegas suyos, de todos los continentes, y que asesora al Papa que vive en Roma. Tampoco hay motivo de orgullo para celebrar ese espíritu hondureño que en la crisis actual, le ha dado al país, el mayor apoyo – que el de la OMS, de la cooperación de la banca internacional, de la ONU y de los países amigos de Honduras—que nos brindan los hondureños que envían sus remesas del exterior.



Esta visión negativa, que se resiste a aceptar que el hondureño tiene valores, fuerza y carácter inéditos, con los cuales lograr grandes metas que lo distingan porque llega hasta donde solo suben los triunfadores, tiene de repente algunas explicaciones. La primera de ellas es el miedo al éxito, porque exige responsabilidad, suprime la dependencia y obliga a la autonomía personal o colectiva. La segunda es, la comodidad que da la dependencia, en donde “el indio agazapado, ofendido durante la colonia”, convertido en víctima por sus descendientes, permite hacer sentir a los demás culpables y por ello, remotamente responsables por las desgracias que atravesamos. Lo que nos justifica para pedir, clamar o exigir. Y, la tercera, es una visión estática del mundo y de nuestra edad mental, en que nada cambia y las cosas, son como al principio y por ello, sin lugar para la esperanza, el cambio y la liberación personal.

Nuestro padre, cuya escolaridad no llegó a lo elemental, nos dijo una vez que, “estábamos pobres; pero que, no éramos pobres”. Es decir que, la pobreza es algo circunstancial que, con sacrificio, disciplina, trabajo y diferenciación del hoy de lo que podemos lograr en el mañana, puede ser remontada. Toda vez que nos formáramos, nos vinculáramos y nos aliáramos en los esfuerzos generales para salir de la ingrata situación de llegar con ansiedad al fin del mes, con la duda si se tendría lo suficiente para satisfacer las necesidades vitales. Afortunadamente, fuimos a la escuela y al colegio en donde – de repente en forma desproporcionada – se celebraba el talento y el éxito intelectual, al tiempo que se hacía burla de los que tenían capacidad para invertir, producir riqueza y lograr por ese medio, éxito legítimo. Por ello, nuestra ciudad ha sido más cuna de intelectuales que de empresarios exitosos. Y solo ha empezado a cambiar, cuando la inmigración ha fortalecido las acciones de inversión económica, la creación de empleo y cambiado el relato de rechazo a los ganaderos, que hasta hace muy poco, controlaban incluso los escenarios de la vida política local.

No cabe duda que, hay que producir un nuevo relato nacional, en el que los hondureños, como cualquier otro ciudadano del mundo, puede – con disciplina, objetivos claros, dedicación, carácter y fuerza –, lograr el éxito que nuestra sociedad está necesitando. Porque el éxito de estos compatriotas, confirma que los hondureños podemos salir de la indolencia que ha producido la dependencia. Y dejando a un lado las descalificaciones de las que somos tan amigos, podemos ponernos de pie y recibir los aplausos del mundo. Pero claro, hay que cambiar la estructuras que alimentan el relato de los perdedores, para construir uno en el que nos veamos iguales a todos y llamado a lograr los éxitos que nos proponemos. Los deportistas nos lo están demostrando.

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