La muerte de una magistrada y la campaña electoral

septiembre 21, 2020

Por Juan Ramón Martínez

Estados Unidos es una gran escuela para todos. Especialmente para los hondureños que nos quejamos de la falta de independencia del Poder Judicial y que, incluso cuestionamos, desde diferentes posiciones político partidarias, la forma como se eligen los magistrados y criticamos abiertamente la intervención de los políticos en sus nombramientos y desempeño. En Honduras hemos tenido un par de oportunidades en las que hemos elegido a los magistrados de la Corte Suprema, por medio del voto popular. En la mayoría del tiempo, sus nombramientos han sido decisión solitaria del presidente de la República. En los últimos años, hemos introducido algunos cambios. El primero de ellos es la intervención de una Junta Nominadora, que escoge un determinado número de personalidades, de entre los cuales, los partidos representados en el Congreso eligen a los magistrados, los que, una vez ocurrida su elección, siguiendo órdenes presidenciales, eligen al presidente del más alto tribunal de justicia del país. Además, se ha establecido un periodo de 7 años en el cargo, con el fin que el gobernante solo tenga una oportunidad de intervenir. Cosa que se ha alterado por la reelección ilegal efectuada en el 2017.



En el ánimo de hacer comparaciones – que en este caso no pueden ser consideradas odiosas – hay que decir que en Estados Unidos, el cargo de magistrado de la Suprema Corte es, de por vida. Y que es el presidente, en forma directa, el que propone al Senado  – es decir la cámara alta que representa a los estados que forman la unión – la persona que sustituya a una que haya fallecido, como acaba de ocurrir con la muerte de la magistrada Ruth Bader Ginsburg, ocurrida la semana pasada, provocando un sentimiento de pérdida popular pocas veces vista cuando ocurre el óbito de un magistrado de la Suprema Corte. El presidente Trump, a pocos días de someterse a las elecciones del 3 de noviembre próximo, ha anunciado que presentará una candidata para sustituir a la popular magistrada fallecida. Con lo cual, volverá mucho más conservadora la Suprema Corte de los Estados Unidos. Los temas que mas preocupan, tienen que ver con el aborto y la protección de los derechos sexuales especialmente. Pero ahora, cuando se estima que los resultados electorales  pueden ser muy apretados entre republicanos y demócratas, un nuevo voto en favor de los republicanos les puede garantizar que la decisión, favorezca a Trump y sus seguidores. Es decir que en Estados Unidos no está, como algunos creen, curado de espantos. Y que allá, no se cuezan habas, como aquí.

La diferencia entre ellos y nosotros, no es tanto de procedimientos, sino que de credibilidad de los magistrados propuestos. Aquí como en Honduras, en los Estados Unidos, los políticos eligen a los jueces. La diferencia es que, escogen entre los más destacados y que han tenido una limpia y exitosa carrera en el poder judicial y una intachable conducta moral. No se impone el amiguismo, como entre nosotros. Pero en ambos casos, se imponen las consideraciones políticas. Por ejemplo, a Obama no le permitió el Senado –dominado por los republicanos – presentar un candidato bajo el argumento que se estaba en año electoral. Pero ahora a un poco más de 45 días de las elecciones, los republicanos, haciéndose los suecos, no perderán la oportunidad para dominar por lo menos a la próxima generación, a la Suprema Corte de los Estados Unidos.

En fin, la diferencia es que en Estados Unidos los magistrados pueden decirle que no al presidente. Aquí no. Por lo menos, en los últimos años, han lucido más dóciles y obedientes. Y los que han dicho que no, sin pudor, han sido destituidos. Lo que nos indica que, más que el procedimiento, la cuestión es la calidad de la persona que en forma profesional ha escogido el camino de la judicatura. Y el respeto desde el ejecutivo a la Suprema Corte y a los magistrados que no son empleados del inquilino de la Casa Blanca. Parece poco, pero en el fondo es un océano de diferencia que, no es fácil remontar, con las frágiles canoas morales sobre la que está asentada la cultura nacional hondureña.

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