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Si la libertad de prensa no existiese, habría que inventarla

Tegucigalpa, Honduras

Durante todos estos días el gremio periodístico ha estado montando guardia para que  el Congreso Nacional  proceda a revertir el texto de un artículo del código Penal que castiga la apología de los actos terroristas por parte de los medios de comunicación,  en un intento de la Cámara Legislativa por cerrarle los espacios a los hechos delictivos cometidos por organizaciones del crimen organizado que llegan a alcanzar la connotación de terrorismo, por la manera en que son cometidos, en que se busca sembrar la intimidación colectiva.

Excepto por ciertos medios que nacieron con una vocación para teñirse de rojo en sus contenidos, el periodismo hondureño en su generalidad no vive para ensalzar ni enaltecer las acciones terroristas, porque si uno busca en el diccionario de la Real Academia Española, apología es la acción de alabar o ensalzar algo o a alguien.

Nadie en su sano juicio debe estar dispuesto a ensalzar o enaltecer cualquier acción que conlleve la intimidación de las personas, el solo pensar que haya alguien que manifieste su predilección o admiración por destacar las acciones delictivas de tipo terrorista es para pensar que estamos frente a un descentrado emocional. Pero como de todo hay en la viña del Señor, también entre los medios hay uno que otro desequilibrado mental que goza al encontrarse muertos a su paso, y si no los encuentra, se dedica  a buscarlos para retratarse con ellos, porque su dicha interna estará en figurar junto a los cadáveres.

Sin embargo ese no es el patrón de comportamiento de la generalidad de los periodistas, que manifestamos nuestra admiración por la vida y por los vivos, de manera que si nos toca ensalzar, honrar o simplemente hablar de algo o de alguien, es por los méritos que ha logrado acumular, poniéndolo como ejemplo. Los periodistas somos por excelencia cronistas, porque contamos lo que sucede, damos todas las aristas de una noticia, podemos emitir nuestra opinión sobre un hecho, pero en este  mundo moderno sabemos que  nuestro  oficio es de doble itinerario, y al final el público decide conque parte de la información se queda y cual  termina rechazando.

Un periodismo innoble que brilla por la cantidad de sangre que retrata en sus página o refleja en la pantalla, puede ser que guste a cierta gente por un tiempo, más no por todo el tiempo, porque el abuso de la sangre en la pantalla o en las páginas termina por enfadar al público que no considera justo que se le quiera disparar sangre o se le trate como a los vampiros de las viejas  películas que se alimentaban chupando sangre.

No es una acción noble ensalzar los actos de violencia que acaban con vidas humanas, sobre todo si se trata de acciones terroristas, que nadie puede discutir que es un delito merecedor de figurar en el Código Penal. Hasta ahí, estamos de acuerdo. El problema empieza en si el delito incluye, junto a los perpetradores o autores, a quienes lo tratan o lo comentan de cualquier manera en un medio informativo,  como el caso de ciertos elementos de medios que llegan hasta a retratarse con los cadáveres de las víctimas de los terroristas y abusan mostrando las escenas, algunas de ellas dantescas, con el deliberado propósito de capturar la atención de aquella audiencia morbosa que disfruta de manera exultante de la sangre de las víctimas, algo que es condenable pero que no por ello deja de ser un nicho que apetece a ciertas personas de medios que se han convertido en expertos en buscar la sangre, muy  parecidos al  “chupacabras”.

Nosotros no practicamos ese tipo de periodismo, que es condenado por la sociedad, pero no por ello podemos estar de acuerdo que una legislación garante como es el Código Penal contenga como disposición general la penalización a la apología del terrorismo, porque ni siquiera los expertos jurídicos se ponen de acuerdo, sosteniendo que tal acción nunca debió haber llegado al Código Penal,  y si ni entre ellos no  hay uniformidad de criterios, valorar lo que es ensalzar o enaltecer una acción terrorista incurre en el enorme riesgo de que el criterio de un juez pueda caer en la subjetividad de favorecer a los verdugos en lugar de hacerle justicia a las víctimas.

Si hacer apología del terrorismo es enaltecer o ensalzar un hecho terrorista a través de un medio informativo, no hay duda entonces de que si quien ensalza un hecho terrorista, no ejerce el derecho a la libertad de expresión, sino a una aberración como es el odio refinado. Pero eso no justifica que se lleve al Código Penal el castigo en término general, porque implica una abierta violación  a la libertad de expresión, que es tan grave como la misma aberración de exultar un hecho terrorista. Lo que alarma  es que, si quien califica el hecho trasciende a interpretar que el derecho a informar es un acto de enaltecer o ensalzar algo, la ley serviría para cometer injusticias en contra del sagrado derecho a informar.

El legislador debe guardar la ecuanimidad pensando en aquel extraordinario pensamiento de un gran patriota norteamericano cuando expresó que “si la libertad de prensa no existiese, habría que inventarla.” Así son las cosas y así se las hemos contado hoy jueves 20 de abril de 2017.