La lección de Guayaquil

julio 3, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

A comienzos de abril, cuando la pandemia ponía de rodillas a italianos y españoles, la primera ciudad latinoamericana que empezaba a convulsionar por los efectos letales del coronavirus fue Guayaquil en Ecuador. En esa pequeña ciudad portuaria la muerte se desató ante la incapacidad del sistema de salud, las personas morían en las calles y en sus casas, el contagio desbordó los hospitales y el gobierno de Lenín Moreno exhibió su total incapacidad debido a que nunca anticipó que una pandemia que estaba desbocada en Europa vendría con tanta celeridad a esa tierra tan distante; primero cuando el presidente Moreno negaba que tales muertes fueran a causa de la pandemia y hasta que vieron la tendalada de muertos en los lugares públicos aceptaron la realidad, que no sabían cómo gestionarla, llegando a ofrecer barbaridades como el de enterrar a los muertos en fosas colectivas lo que provocó el repudio de los ecuatorianos.



Lo que ocurrió en Guayaquil se vio en muchos países como el resultado de no atender las restricciones sanitarias para frenar a la pandemia, y de pronto en muchas ciudades suramericanas se puso a Guayaquil como el espejo en el que no había que verse. Sin embargo, los ecuatorianos reaccionaron, no solo las autoridades, sino también los políticos y todos los sectores de la sociedad de Guayaquil, que al final terminaron uniendo esfuerzos cuando se dieron cuenta que estaban siendo atacados por un enemigo invisible que podría hacer más estragos en una nación dividida, porque al principio, igual que en Honduras, los políticos de la oposición empezaron a cañonear al gobierno por no haberse preparado con tiempo para enfrentar a la pandemia. Con razón o sin ella, con culpa o no culpables, las autoridades asumieron su cuota de responsabilidad y de pronto el país ecuatoriano se levantó con ánimo y energía, mostrando otra actitud que les permitió, primero mantener los niveles del contagio y luego reducirlo.

Sucede que los ecuatorianos se dieron cuenta, desde los gurús de la política de la más diversa ralea hasta la población de la calle, que estaban obligados a hacerse un solo nudo frente a la pandemia. Y poco a poco los ecuatorianos, especialmente los de Guayaquil, cambiaron la cara de la improvisación y la incredulidad por la preocupación y el trabajo a tiempo completo. Lo ocurrido en Guayaquil es una soberbia lección que debemos aprender, aunque la comparación no debe hacerse como copia al papel carbón, porque contrario a las ecuatoriana, las autoridades hondureñas desde un principio encendieron las alarmas, dictaron las medidas sanitarias y establecieron las restricciones, con la consabida reacción de algunos sectores políticos caracterizados por el poco sentimiento nacional que manifiestan en sus actos.

En general, las lecciones que debemos sacar del COVID-19 es que la humanidad y los seres humanos estamos obligados a cambiar en todo tras la crisis sanitaria, económica y social en que nos ha sumergido la pandemia. Las personas no podemos continuar igual que como hemos venido actuando. Particularmente, los hondureños no podemos seguir como lobos feroces entre nosotros mismos y especialmente los políticos no pueden seguir siendo fieramente políticos, porque con esa actitud demuestran que solo sirven para sus propósitos personales y de grupo y no para atender y proteger a la población hondureña.

Por eso recomendamos, especialmente a los políticos, que lean la obra de Albert Camus, “La Peste”, donde hay mucho que aprender para comprender el escenario que surge en una sociedad que se sumerge en una epidemia como la que estamos enfrentando. En el mundo entero, la pandemia está registrando avances extraordinarios en el campo científico y médico, la competencia de laboratorios y firmas farmacéuticas por llevarse la primicia en la elaboración de la vacuna contra el COVID-19 tiene a EEUU, China, Alemania y Francia, metidos en una carrera espectacular por llevarse los laureles de quién es el primero en sacar la vacuna debidamente aprobada.

En este campo hay varios científicos e investigadores hondureños fuera del país haciendo lo suyo, plenamente identificados como hondureños en sus respectivos laboratorios. Entonces, no es posible que los hondureñitos que vivimos en la patria sigamos en lo político y lo social siendo fieramente humanos, destrozándonos los unos contra los otros porque aún en medio de la pandemia, especialmente los políticos que están incrustados no solo en los partidos sino que camuflados en organizaciones de sociedad civil, se olvidan de la fragilidad de la nación hondureña, demostrando que, lo que les interesa es llegar al poder a como la oportunidad les ofrezca la mejor posibilidad de lograrlo.

Fíjense en la prepotencia con la que actúan algunos líderes de oposición que mantienen un solo discurso: el señalamiento de los culpables de las consecuencias de la pandemia. Ni una sola voz de ellos hemos oído como tampoco los hemos visto realizando alguna acción de ayuda a los necesitados. Casi todos se han escondido, pero desde sus madrigueras mantienen el argumento simplón de atribuir el desastre de la pandemia a las autoridades. Y estas, tienen cuotas de ineficacia, pero lo que nadie les puede negar es que en ningún momento han bajado los brazos para dejar de actuar. Lo que se requiere en este momento dramático es actuar, tomar decisiones, porque los gobernantes ni de ayer ni de hoy se graduaron en enfrentar pandemias, igual que ha pasado en los países desarrollados. Entonces lo que procede es aprender a no desechar la oportunidad de hacer a los hondureños más conscientes de nuestra vulnerabilidad, para lo que, el primer paso para ganar esta batalla, es unificar nuestros esfuerzos para enfrentar a la pandemia para vencerla.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 3 de julio de 2020.

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