La inestabilidad de Haití y el asesinato de su gobernante

julio 12, 2021

Juan Ramón Martínez

La muerte de un ser humano, cualquiera que sea, impresiona. Especialmente por los que le tenemos respeto a la vida y creemos que solo Dios, a la que le pertenece, puede disponer de ella. Pero si cualquier muerte, de un mendigo o de un millonario, nos estremece, mucho más cuando el fallecido es el gobernante de un país en crisis que muere acribillado a balazos, en el interior de su propia residencia, en donde duerme con su familia.



La muerte del Presidente de Haití, Jovenal Moises, se da en un proceso de inestabilidad en que las castas políticas y las diferencias raciales, han hecho imposible el desarrollo de instituciones respetables y en que la ciudadanía, opere bajo el concepto que la convivencia sólo es posible en un marco de irrestricto respeto a la ley. Tanto Haití, como Nicaragua y Honduras, los tres países menos desarrollados del continente, tienen en común la fragilidad de sus instituciones, la falta de una sociedad democrática y la ausencia de un liderazgo político, social y económico, obediente de la ley. Resulta tragicómico que, incluso en Haití, que está en último lugar en estabilidad democrática, haya tenido menos presidentes que Honduras y que Nicaragua, lo que hace pensar que, en términos comparativos, ha tenido mayores períodos institucionales, dirigidos por un dictador que se ha prolongado en el poder.

En la muerte del gobernante haitiano, es obligatorio prestarles atención a dos consideraciones. La primera de ellas es que, se produce, en unas circunstancias de impunidad en la que el gobernante carecía de la protección suficiente para él y su familia. El que su Guardia de Honor, no haya podido proteger su vida, demuestra la fragilidad de un sistema de seguridad, en donde nadie tiene garantizada la protección de su vida y de sus bienes. Por ello, suenan los mercenarios colombianos. La segunda es que, los países pequeños y en eternas dificultades, azotados por las tormentas y afectados por la inestabilidad política, no tienen oportunidad alguna de salir adelante. Incluso habiendo pasado intervenciones de grandes potencias, desgracia que Haití comparte con Nicaragua, no ha podido crear una institucionalidad democrática, sino que más bien se han consolidado los virus de la dictadura y el apego al poder, como un simple capricho personal o familiar. Y es que tanto Haití como Nicaragua, han sido víctimas de la ocupación de los Estados Unidos. En los dos países, Estados Unidos,  creó una guardia nacional, en la que sus jefes, en vez de garantizar la institucionalidad, encontraron la fuerza para justificar su propio aprovechamiento para asaltar el poder. La única diferencia y esto puede parecer paradójico e inexplicable incluso: en Nicaragua aprendieron a jugar béisbol y en Haití, nunca dejaron el fútbol.

Puede resultar paradójico; pero en el fondo, el problema es de carácter cultural. El aprendizaje o no, de un determinado deporte, tiene que verse desde esta perspectiva. La democracia en la India y en Paquistán, fue acompañada de la afición por el cricket. En ambos países, se aceptaron los valores occidentales, en la medida en que admitieron el inglés, como idioma. Cosa que ocurrió en Haití, ni en Nicaragua en donde el francés y el español, resistieron la prueba Es decir que no hay modernización, sino hay un cambio cultural profundo. Pero hay que tener cuidado con esto. Durante un tiempo, se ha llegado a creer que la adopción de unos valores culturales significativos, están vinculados con la creación o sustitución de simples instituciones burocráticas. Los estadounidenses creyeron que solo había que crear una Guardia Nacional y la democracia no fue posible. Los ticos convencieron a los haitianos que, para lograr su estabilidad debían suprimir el ejército. Cosa que hicieron. Su fuerza armada está constituida por 500 hombres y la seguridad está confiada a 15.000 policías que, en este momento crítico que analizamos, fue incapaz de evitar el magnicidio que tiene al borde del abismo a la nación que, con República Dominicana – que ha dado el paso hacia el cambio cultural– forman parte de la Isla de la Española.

En conclusión, se puede decir que no es cosa de poner y quitar esto o lo otro. Es necesario un cambio cultural profundo que, en algunos momentos, varios países no pueden lograrlo, Haití parece que ésta en situación, desafortunadamente. Nicaragua y Honduras, también.

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