La enseñanza de un dictador

julio 1, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Puede que el mensaje de un dictador suene chocante, por el lenguaje imperativo que acostumbran los gobernantes que se han adueñado del poder por tanto años, y que duran al frente de un país hasta que se mueren, como Fidel Castro, Hugo Chávez y tantos otros. Sin embargo, los mensajes de los dictadores alguna vez tienen conceptos que son aplaudidos no solo por sus seguidores ideológicos sino por muchas otras personas, así, los comunistas hacían una biblia de aquellos larguísimos discursos de Fidel Castro, y los fanáticos de Hugo Chávez no perdían un minuto para celebrar sus barbaridades, como la vez en que ordenó a sus policías que bañaran con el gas más penetrante a sus opositores. Y sin embargo, hay discursos de los dictadores que, en un momento dado y por la circunstancia que se vive, resultan aplicables por el concepto que expresan para gestionar una determinada situación.



El dictador de Uganda, Yoweri Kaguta Museveni, pronunció un discurso a sus gobernados con el impacto necesario para calar en la mente del más desubicado de los ciudadanos, porque en aquel lejano país del continente africano, pareciera que, igual que aquí, hay personas que se declaran en una especie de rebeldía a las normas sanitarias, como si desobedecer las advertencias que mandan tener el mayor cuidado posible para evitar el contagio, corriera en favor de la salud y la vida.

Resulta que lo que dijo el ugandés Kaguta Museveni se apega a la razón y a la verdad. En momentos que la humanidad está sumida en una guerra real contra un enemigo invisible por lo microscópico de su tamaño, las personas no elegimos al adversario, ni estar o no estar en esta guerra; el coronavirus, que es un enemigo peligroso, llegó y amenaza con quedarse por mucho tiempo si las personas no entendemos que para ganarle la guerra solamente hay una forma y esta es evitando el contagio para impedir que el virus sobreviva propagándose de persona en persona.

Aunque no nos guste, es casi obligatorio permanecer confinado, porque la peste está regada en las calles, esperando a los descuidados para que le ayuden a penetrar en sus organismos. En la película “Los Diez mandamientos”, cuando Moisés preparaba el escape del pueblo judío de los dominios del faraón egipcio Ramsés Segundo, DIOS envió la peste para debilitar las fuerzas del faraón, comenzando por infectar al hijo varón de Ramsés Segundo, mientras Moisés corrió la voz entre los judíos que permanecían trabajando como esclavos del faraón, para que durante una semana se ocultaran en sus casas hasta tanto cesara la peste y poder escapar.

Cuando el mundo entero afronta una guerra viral nadie pierde su libertad porque la necesidad de defenderse del virus obligue a un confinamiento preventivo, es porque las personas en forma voluntaria tenemos que recluirnos por el instinto de sobrevivencia, y mientras la peste corra por barrios, colonias y todos los lugares del país, lo que toca es aislarse, rezar y cuidarse. Cierto es que hay muchas diferencias entre los distintos sectores para enfrentar el momento difícil, hay quienes tienen más posibilidades que otros de surtirse de alimentos para el sostenimiento, una situación que no es exclusiva de Honduras y que pasa en todos los países, sean democráticos o totalitarios. Siempre hay personas que por su nivel de vida pasan el momento con mayores comodidades que otras.

El mensaje del ugandés Kaguta Museveni describe una realidad que vivimos: el mundo se encuentra inmerso en una guerra donde el enemigo no nos ataca con soldados ni con armas ni con balas, y no hay propiamente zonas de guerra, no estallan morteros ni cañonazos, pero estamos enfrentando a un enemigo implacable que no discrimina ni respeta tanto a ancianos como a niños, ataca por igual a mujeres que a hombres, es un enemigo que no quiere robarnos las riquezas ni quedarse con el poder los gobernantes, y sin embargo, por lo invisible es de lo más peligroso y despiadado.

En pocas palabras, aunque parezca increíble, nadie como el dictador ugandés Kaguta Museveni pudo describir con un lenguaje tan apropiado al virus del COVID-19, que está demostrando una efectividad para cumplir su propósito de inmovilizar al mundo entero, y mientras en algunos países la gente se insubordina por la desesperación, el virus se revitaliza y resurge con nuevos brotes y nuevos bríos para seguir infectando a las personas y hacer que los insubordinados a las reglas sanitarias se infecten y obligue a que las autoridades a imponer cuarentenas más extensas.

El coronavirus no tiene ideologías, no es comunista como tampoco sabe que es la democracia, es considerado un «semi ser» que vive en el organismo humano que por descuido le facilita hospedaje, y hacer lo que sabe hacer, que es el daño. Pero como dice el mensaje del dictador Kaguta Museveni, el coronavirus tiene una debilidad que hay que conocer para derrotarlo. Requiere paciencia, disciplina y acción colectiva. El coronavirus se debilita en la mascarilla, el virus no puede prosperar al no poder propagarse. El virus se rinde ante la buena higiene personal, y se vuelve impotente cuando mantenemos desinfectadas nuestras manos con la mayor frecuencia posible.

Tiene razón este dictador ugandés cuando dice que este no es momento para llorar, lo que hay que hacer es seguir al pie de la letra las recomendaciones sanitarias de las autoridades, hasta lograr aplanar la curva del COVID-19. Y en poco tiempo recobraremos la libertad de desplazamiento y la amplitud de acción para que las empresas puedan reactivarse a plenitud y la economía vuelva a sonreír por el bien de todos los hondureños. Aunque provengan de un dictador africano, estos conceptos tienen una enseñanza valiosa que vale la pena practicar.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 1 de julio de 2020.

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