La democracia amenazada

octubre 9, 2018

Última Línea con Juan Ramón Martínez

 

Honduras



Aunque muchos lo pongan en duda, no hay posibilidad de una democracia firme y consistente, sin demócratas auténticos. Un sistema democrático no es factible al margen de sus líderes que, deben guardar respeto a la ley, consideración a los derechos ajenos y trabajo dedicado por la consolidación de las instituciones. Para no perdernos, hay que entender que la democracia solo es posible con personas libres que, conociendo sus derechos, ejercen su libertad en la dirección de la construcción del bien común. Y que se debilita, en la medida en que se convierte en un simple ejercicio electoral en que los ciudadanos, en vez de continuar en el ejercicio de sus derechos: vigilancia de las personas elegidas, reclamo por rendición de cuentas periódicas por parte de las mismas e independencia frente al gobierno, renuncia  a su propia confianza, subordinándose al poder del régimen interesado en comprar voluntades por medio de favores. Cuando el abandono de estas obligaciones se producen en el interior de una sociedad, la democracia está en peligro. Al fin y al cabo, la democracia no es algo que se recibe, sino que una institucionalidad que se construye y se defiende diariamente.

La democracia hondureña es poco sólida. Sus debilidades no tienen que ver con su juventud y tampoco con las amenazas externas. Si tienen mucho que ver con la falta de una cultura comunitaria global, la falta del orgullo individual y la emergencia de un sentimiento de subordinación hacia el Gobierno, frente al cual hay que portarse bien, para que este, derrame favores y canonjías. Con lo que se inicia, el desarrollo de una cultura de exaltación del caudillo, la mecanización del futuro y la pérdida del sentido de responsabilidad. Una democracia acosada por tales debilidades, tiene sus días contados. Y si sobrevive, pierde color y eficiencia.

Entre nosotros, poco a poco, especialmente desde el 2009, en que los cuentistas políticos y muchos universitarios poco estudiosos de la historia, fueron imponiendo la idea que el modelo democrático no es útil para lograr el desarrollo de la nación y el abatimiento de la pobreza. Con lo que al tiempo que le zafaban el cuerpo al cumplimiento de sus obligaciones, le abran las puertas a alternativas socialista autoritarias que, en América Latina, han sido un completo fracaso, porque logran que las personas se auto descalifiquen, renuncien a su libertad y entreguen sus vidas a la omnipotencia del gobierno que no solo vigila sus sueños, sino que además, da alimentación, salud y seguridad a todos, con tal que la comunidad le entregue sus libertades en forma absoluta. Incluso la libertad para pensar.

Aun cuando estuvimos a punto de irnos a pique entonces, no le hemos prestado atención al problema cultural. Mediante una brega constante, los enemigos de la democracia; los propagandistas de sus debilidades, han continuado su tarea. En tanto que los demócratas, creyendo que el peligro ha terminado – cuando la democracia siempre está amenazada por la tiranía – se han ido a dormir, sus enemigos siguen haciendo trabajo de hormiga, colocando en la mente infantil y en el cerebro de la juventud, la idea que hay que destruir todo lo visible y lo invisible, para que los caudillos escondidos tras los matones y en los verdes jardines, salgan, con sus armas en las manos a construir un paraíso socialista en el que no habrá necesidad de esfuerzo alguno, o de responsabilidad que desempeñar, tan solo rendirse a los pies del caudillo, compitiendo con sus esfuerzos, mediante un sacrificio constante de todo. Un poco emparentado con el mesianismo cristiano, la conciencia revolucionaria construida por el socialismo autoritario y populista, desarrolla un desmesurado complejo de culpa. De manera que, ante los sacrificios del líder, nadie tiene los méritos sino su silencio ante las necesidades insatisfechas, conformándose con lo poco que le dan y celebrando la existencia precaria, dentro de un orden en que se niega la individualidad y se celebra, como un nuevo Dios, el Estado superior y la nación que amenazada desde el exterior, la que hay que defender.

No cabe duda que, nuestra democracia  está amenazada. Que solo culturalmente podemos defenderla, transformando el discurso nacional y modificando el sentimiento que, todo lo que tiene el país es fruto exclusivo, del trabajo, la disciplina y la dedicación de sus habitantes. Y que el gobierno es gerente del bien común.

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