La crisis desde la «izquierda» a la «derecha»

noviembre 19, 2019

Honduras

La rebelión popular de Chile, fue vista inicialmente como una crisis de la derecha, especialmente porque ocurrió unos pocos días después del regreso del peronismo  edulcorado al poder en la vecina Argentina. Pero pasado algunos días, nos damos cuenta que lo de Chile es una crisis del capitalismo exitoso y del miedo de su clase media, para regresar a la pobreza, por el hecho que los políticos chilenos – que escuchan  poco a sus ciudadanos – creen que las privatizaciones no tienen limite. Y que la resistencia para vencer el miedo a no poder terminar el mes, es de carácter infinito. Ante la indiferencia política frente a la disminución de la capacidad de compra de los estacionados salarios mínimos. De repente, en un espacio poco explorado, hemos pasado por alto – en este caso y de repente en otros más – que democracia y capitalismo no siempre son coincidentes. El capitalismo opera tanto en Estados Unidos como en China. Es decir que, la democracia, el sistema liberal no producen mecánicamente un sistema económico libre, humano y bajo control. Ni tampoco el capitalismo requiere de la democracia para operar. Aceptar lo contrario, solo se entiende cuando se ha hecho artículo de fe, la creencia que los mercados se auto limitan a sí mismos, sin la intervención de la sociedad y el gobierno. Claro, es necesario repensar el liberalismo – defenderlo de sí mismo con dicen algunos – es más difícil. Por ello, se recurre cómodamente a las expresiones corrientes e incluso a las conspiraciones para explicar los estados de convulsión que se ven en Francia, la ansiedad dispersora en el Reino Unido, la inquietud creciente en México, la inestabilidad de Honduras y Nicaragua, la polarización estacionaria de Venezuela, la derrota de “uribismo” en Colombia, la revuelta boliviana, la rebelión en Hong Kong y, especialmente la polarización visible en Brasil, producto de la libertad de Lula, que regresa de la prisión, con más fuerza para cuestionar al modelo de Bolsonaro, basado en dos consideraciones suicidas: el ejemplo “exitoso” de Chile y el manejo, como una ideología renovadora, del pensamiento de los evangélicos, empujando y arrinconando a los católicos, los más pobres entre los más pobres.



Bolsonaro es víctima de su formación militar – incompleta y típica de oficial subordinado– y de una creencia a ultranza, en las virtudes de un modelo brusco de privatizaciones. En lo primero, tiene confianza que el modelo de regreso de los militares al poder, como ocurriera en la década de los sesenta del siglo XX, es posible en esta primera parte del siglo XXI. Y en lo segundo, cree que el capitalismo, por el mismo y sin freno y control, puede darle  soluciones económicas. Y es probable que sí. Pero también, provocará que los pobres a los que Lula ayudó a dejar la pobreza, que no querrán volver a la misma y si la polarización se inclina en favor del Partido de los Trabajadores,  pueden desalojarlo del poder, en las próximas elecciones. Y para evitarlo, no contará con las Fuerzas Armadas de Brasil, porque estas – igual que las venezolanas, nicaragüenses, hondureñas y bolivianas – no están interesadas en el ejercicio del gobierno, sino en la garantía de su existencia. Aunque puede parecer paradójico, es la misma motivación que anima a los mandos militares de Bolivia y Venezuela. Por ello es la lógica que tiene, la protección de sus actos hacia los primeros, cuando se trata de imponer el orden y reprimir a los violentos que desde la calle, quieren derribar a  los gobiernos, sin pasar por las urnas. Como es el caso de Bolivia que, por momentos recuerda el caso de Honduras en el 2009, aunque entonces los “progresistas” controlaban más la OEA que ahora.

Por todo lo anterior, nos parece que ya no son útiles los parámetros izquierda y derecha que hemos venido usando para explicarnos la inestabilidad que observamos. Y mucho menos, ayuda a la tranquilidad que requieren los análisis completos, la paranoia de querer ver en cada acción de disgusto de la población en contra de los gobiernos, una conspiración de los contrarios. Más bien hay que analizar porque los partidos democráticos e incluso los no democráticos, para que no nos quede por fuera China o Venezuela, no dominan la calle y tampoco ejercen control de sus bases y porque también, la izquierda aunque respalda las movilizaciones, al final de cuentas no puede dominarlas, encaminarlas. O siquiera dirigirlas. De allí que un análisis a fondo de los partidos políticos – en donde puede hacerse, por ejemplo en México, Honduras, Chile y Bolivia – ayudara mucho a que entendamos el interior de la crisis. Y utilizando nuevos instrumentos de análisis, podamos reconstruir la relación ciudadanos y partidos políticos – más allá de la manipulación del factor evangélico en la acción partidaria – y la democratización de estos, especialmente los poco democráticos pero formalmente llamados así, para que entiendan que el capitalismo no siempre es el mejor aliado suyo para el ejercicio del poder. Porque este, opera muy bien en el calor imperial del autoritarismo chino y en la fresca primavera estadounidense. Sin que le tiemblen los labios en invierno, tan siquiera.

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