La alimentación no es un milagro

mayo 29, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cuando la mayoría de los hondureños estamos confinados por una cuarentena que nos obliga a quedarnos en casa son muy pocos los que se detienen a reflexionar de dónde provienen los alimentos que compramos para llevar a casa, porque no todo es importado, hay una cantidad de artículos de la cadena alimentaria que son producidos en territorio nacional y decenas de ellos proceden de la campiña hondureña, donde agricultores y ganaderos han continuado trabajando, arrancándole al suelo todo lo que le siembran. Nuestro reportero Nery Rivera que se mantiene viajando por el campo nos ha mostrado imágenes elocuentes del trabajo fecundo que realizan los agricultores bajo el sol abrasador, y también bajo la llovizna pertinaz, igual que los ganaderos en las haciendas y las fincas procesan los productos lácteos.



La alimentación no se suple de milagro, hay manos y frentes sudorosas trabajando la tierra de sol a sol, para que los que vivimos en las ciudades tengamos que comprar para llevar a la mesa. Los agricultores como los ganaderos son héroes, no solo de esta época sino de toda la vida, son las personas que nos garantizan los alimentos esenciales, desde los granos básicos, las verduras y las legumbres, y las frutas, mientras que los ganaderos nos surten de leche, el queso, la mantequilla y demás derivados.

¿No deberíamos estar agradecidos todos los hondureños con este contingente obrero tan especial que nos hace posible que tengamos los productos para alimentarnos? Porque los alimentos no caen del cielo, como creía el autor dominicano Juan Luis Guerra, cuando compuso la pieza musical «ojalá que llueva café en el campo». Es gracias a nuestros agricultores y ganaderos que los hondureños no estamos pasando hambre en estos tiempos de pandemia, porque son ellos los que siguen llevando el producto fresco a los mercados y supermercados, y las grandes fábricas que procesan la leche la siguen recibiendo para envasarla y trasladarla en sus marcas al consumidor, en los estantes de los supermercados se encuentran las verduras recién traídas de los campos, igual que las legumbres y las frutas.

Hay que reconocer que uno de los primeros pasos que dio el gobierno cuando iniciaba la pandemia fue poner recursos al alcance del productor, un acierto que responde a la visión que está relacionada con la atención a las necesidades de la población que puede prescindir o postergar cualquier cosa, menos de alimentarse. De momento no se detectan focos de hambruna en el territorio hondureño, aún en aquellas localidades donde por falta de lluvias las siembras son de escasos resultados. Sin embargo, no se puede decir que los alimentos sobran en Honduras, porque hay muchos hogares donde al haber dejado de trabajar los jefes de familia, están dependiendo de la entrega de la bolsa alimentaria que las autoridades han estado entregando en casi todo el país, porque siempre habrá lugares que se quedan sin recibir el apoyo en alimentos.

Desconocemos cómo el gobierno monitorea la efectividad de la entrega de las bolsas alimentarias, nada más confiamos en que al poner esta misión en manos de los militares, que han demostrado ser neutros y actúan fuera de todo sesgo, las bolsas son entregadas de casa en casa en barrios, colonias y aldeas. Nuestros corresponsales en las distintas ciudades han captado testimonios de la gente de menos recursos expresando su agradecimiento al recibir su bolsa, entregas que se hacen de manera periódica, y que aunque es responsabilidad del gobierno, los militares y voluntarios saben que en el fondo es el pueblo hondureño el que extiende su mano solidaria hacia los compatriotas que necesitan alimentos al haber perdido sus trabajos y sus ingresos.

No todos los campesinos son pobres como se imagina el colectivo del país, la pobreza en el campo es relativa, los campesinos no tienen el confort de las ciudades donde la comodidad la hace el tener los mejores enseres eléctricos, pero en el campo se respira el mejor aire, se come lo elemental en su estado natural, la alimentación en general es pura, desconocen la chatarra alimenticia, y cuando se enferman no es por lo que comen, sino por otras razones, más bien los estados de desnutrición a veces surgen en las ciudades por los malos hábitos alimenticios.

En lo que queremos enfatizar es en el gran esfuerzo que hacen nuestros agricultores para cosechar los alimentos que necesitamos en la ciudad. Hay que tener presente cuando compramos los tomates, las cebollas, el repollo, los chiles dulces, la lechuga, los pepinos y demás hortalizas, que sembrar no es cosa fácil, como soplar para inflar una bomba de hule, requiere una entrega absoluta para no dejarse ganar por las plagas o por la falta de agua.

Para desgracia, el agricultor y el campesino no son los que más ganan con la cosecha, sino los intermediarios y los supermercados que terminan haciendo el mejor negocio con el trabajo de los que dejan la vida en los campos de sembradíos. Pero así es todo esto desde que se inventó la agricultura, y sin embargo siempre hay campesinos dispuestos a sembrar, sabiendo que de su cosecha una pequeña parte es para su consumo y lo demás, para obtener ingresos, aunque los mejores sean para otros.

Hacemos este recordatorio, porque dentro de todas las personas que hacen un trabajo heroico en el frente de batalla contra el coronavirus, no podemos olvidarnos de los que trabajan para hacernos posible el milagro de la alimentación, para nosotros, porque para los campesinos y agricultores la agricultura no es asunto de milagro, es cuestión de trabajo intenso bajo el sol y bajo la lluvia y contra las plagas. De allí que, cuando podamos comprarle directamente al agricultor no lo pensemos dos veces, y no hay que regatear su precio, porque el que cobran por sus productos es tan poca cosa en relación con el sacrificio que hacen para que en la ciudad podamos alimentarnos.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 29 de mayo de 2020.