«Honduras primero», diría Trump si fuera hondureño

enero 21, 2020

Honduras

Estados Unidos es una nación admirable. Sus fundadores, desde el principio entendieron que estaban creando una sociedad nueva, con un gobierno diferente, bajo el control de los ciudadanos – primero solo los propietarios, después los negros y los inmigrantes católicos – y con una grandeza que anticipaban con su dedicación, su disciplina y su trabajo. Por ello, desde el principio, cuando no tenían barcos siquiera con los cuales invadir a Honduras, declararon que “América era para los americanos”. Al margen de las diferentes interpretaciones que le demos a la Doctrina Monroe, la verdad es que los Estados Unidos, siempre rechazaron la intervención extraña en sus asuntos internos. Es parte de la visión cultural estadounidense y expresión de la conducta y el carácter de sus políticos y sus ciudadanos. Por eso es que, una vez que tuvieron fuerza, intervinieron en todos lados, cobrando deudas, o defendiendo las causas de lo que han  creído en diferentes momentos: la defensa de la libertad, los derechos humanos, el libre comercio y la democracia.



Nosotros en cambio, tenemos la cultura de los agachados. Nos sentimos inferiores a todo el mundo. Creo que solo ante los haitianos, levantamos los ojos orgullosamente. Con el resto del mundo, apenas damos la mano, los demás sienten que nos sudan las palmas de las mismas y que nos descalificamos, al tiempo que hacemos sentir a los otros que los consideramos superiores. Y que, además, si nos pagan somos sus sirvientes.

Ahora, cuando el gobierno de Honduras– en el ejercicio de sus facultades soberanas – no le dio continuidad al acuerdo para la operación de la Maccih– varios senadores y representantes  de los Estados Unidos, han mostrado su preocupación, en una franca intervención en nuestros asuntos internos. Nuestros diputados en cambio – con la excepción de Nájera que luce mal educado y con expresiones que no nos honran y que además, se defiende de agresiones personales – nadie se ha atrevido a señalar  sus preocupaciones, por el juicio político en contra de Trump; sus opiniones sobre la crisis con Irán y, mucho menos siquiera, sobre la falta de interés real en los asuntos de América Latina. Lo que configura, en forma clara y precisa, una situación de desigualdad, de claro sentido de inferioridad y de minusvalía emocional. Ellos sí opinan sobre lo nuestro. Nosotros callamos, casi pidiendo perdón

El poder de una nación, no lo determina el tamaño de su territorio, la riqueza de sus entrañas; ni el tamaño y calidad de sus fuerzas armadas, sino que el orgullo y la dignidad de sus ciudadanos. El que ofende a los Estados Unidos, tiene que saber que si amenaza su existencia, o compromete sus valores, será su enemigo y recibirá el castigo que se merece. A nosotros en cambio, todo el mundo, hace fila para ofendernos. Y aquí, posiblemente en una interpretación lineal de la expresión popular que “el que te quiere te aporrea”, celebramos cuando nos faltan al respeto. Y muchos, aquí, toman decisiones preguntándose siempre, antes de considerar las cuestiones institucionales, que pensarán de nosotros en los Estados Unidos. Solo hay una excepción y es la conducta de los inmigrantes que así como irrespetan a las autoridades de aquí, desde el presidente hasta el cobrador de buses, en su marcha hacia una supuesta felicidad, irrespetan las autoridades migratorias. El resto, andan “pianito” y si hay cosa que les preocupa es que les quiten la visa, porque no pueden vivir sin ir de compras a Miami; o buscar asistencia médica a los mejores hospitales de los Estados Unidos. Incluso hay algunos que, por cualquiera cosa, hacen que sus mujeres paran a sus hijos allá, para que, desde su nacimiento, sean estadounidenses.

Una nación no puede vivir sin orgullo. O con elites medrosas, infantiles o irresponsables. En Japón los generales que perdían una batalla, se suicidaban. Hitler lo hizo cuando perdió la II Guerra Mundial. En Europa, los políticos que pierden una elección, renuncian. Aquí no. Un jefe del ejército en 1924, dejó el cargo y se fue huyendo a El Salvador, por miedo a las balas de sus enemigos. En Estados Unidos, hasta hace algunos años, un candidato presidencial que no hubiese participado en una guerra – o hubiese evitado el reclutamiento siquiera – era descalificado para dirigir a un imperio que, debido a su tamaño, está siempre confrontado con, por lo menos, la mitad de la humanidad. Incluso Trump y Obama que no participaron en acciones guerreras, mostraron en sus presidencias fuerza, arresto y dignidad.  Trump, con su estilo tan ordinario como se caracteriza, emparentado con el de Oscar Nájera, dice que el que le falte el respeto a los Estados Unidos que se atenga a las consecuencias. Si fuera hondureño Trump, hace tiempo habría corrido a los que nos ofenden y nos menosprecian.

¿Cuándo los hondureños tendremos igual dignidad y orgullo? ¿Cuándo tendremos la seguridad que nadie debe intervenir en nuestros asuntos internos y que quien lo haga, algún día tendrá que pagar las consecuencias? Los pesimistas nunca han creído que alguna vez, Honduras será una gran nación. Son provincianos, con vocación colonial y con espíritu de sometidos a los poderosos del mundo. Por eso Honduras es pequeña, débil y todo el mundo nos irrespeta.