Historia de una infamia

marzo 24, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Lo sucedido en el Río Bravo, fronterizo entre México y EEUU, donde dos hondureños, una mujer y su hijo, se ahogaron arrastrados por la corriente embravecida, ante la mirada complaciente de agentes de la patrulla fronteriza estadounidense que no se inmutaron viendo como dos seres humanos eran tragados por las aguas, es el culto al desprecio que tienen las autoridades fronterizas de EEUU por los inmigrantes, sin importar su nacionalidad. Cabría preguntarse si la indiferencia con que los agentes fronterizos vieron los dramáticos esfuerzos de aquella mujer desesperada que pedía auxilio para que le ayudaran a salvarse a ella y su hijo, ¿tiene una cuota de responsabilidad?



Nadie en EEUU puede justificarse en una ley que le prohíba ayudar a un inmigrante ilegal, cuando la vida de esa persona, sea quien sea, está en peligro. Los agentes cumplieron con su deber evitando que la mujer inmigrante y su hijo cruzaran la frontera, pero la ley no les prohibía prestarles una ayuda para evitar que perdieran la vida. Viene otra pregunta: ¿incurrieron en un delito los policías fronterizos que se limitaron a ser espectadores de un ahogamiento de dos personas indefensas, que evidentemente no sabían nadar, para salvarse? En cualquier país del mundo una actitud indiferente de un policía, ante un caso como el que nos ocupa, es calificada como ineptitud cómplice, que le puede costar una pena de cárcel, por no haber hecho lo mínimo por prestar ayuda a dos personas que corrían el peligro de perder la vida.

Todo policía en cualquier país es un agente del orden público formado para salvaguardar la seguridad y la vida de las personas y sus bienes, es su deber fundamental evitar que las personas mueran en cualquier circunstancia, aun si se tratara de malvivientes o criminales, cuya vida estuviera amenazada. Este mandato parece haber perdido vigencia en los cuerpos policiales de EEUU, conforme se ven las experiencias que el mundo entero ha podido observar en las imágenes difundidas, cuando un policía mató a un ciudadano negro, asfixiándolo con la fuerza brutal de su rodilla colocada en la garganta impidiéndole respirar. Sucesivamente hemos visto como la televisión de EEUU ha venido mostrando otros hechos grotescos protagonizados por policías que actúan como verdugos y no como agentes del orden, por su falta de compasión hacia la vida humana.

En el Río Bravo no ocurrió un acto racista, lo que vimos fue un desprecio por la vida de dos inmigrantes que intentaban cruzar el Río Bravo, de regreso a territorio mexicano, para no ser capturados por la patrulla fronteriza ante el esfuerzo fallido por alcanzar territorio estadounidense. ¿Pudo ser esta una actitud homicida de los policías de fronteras? No lo sabemos, pero uno de los primeros síntomas que hacen que el comportamiento de una persona derive a una conducta asesina es manifestar su complacencia o complicidad con la muerte de otra persona. Quien fomente, permita o manifieste indiferencia ante la muerte provocada o de manera circunstancial de una o más personas, asume una cuota que complicidad.

La sociedad estadounidense ha caído en una burramia peligrosa cuando sus autoridades policiales, lejos de ser garantes o auxiliares de la vida, muchas veces son autores de la muerte o con su indiferencia provocan la muerte de personas. Es una contradicción absoluta que autoridades de EEUU se erijan en jueces de la conducta de las personas en otros países, cuando no hacen lo propio con sus conciudadanos que violan las leyes en EEUU. En el narcotráfico EEUU es un celoso guardián porque los demás países castiguen a los autores de ese negocio ilícito, pero nadie se explica porque las autoridades de EEUU no persiguen ni castigan a los narcotraficantes de su país, que los debe haber por montón, siendo que EEUU es el mayor mercado de consumo de drogas.

Los policías fronterizos en el Rio Bravo no mataron a los inmigrantes hondureños, pero al obligarlos a regresar al otro lado del río, los intimidaron haciéndoles que cruzaran el río por una parte profunda, es decir, directamente no los ahogaron, pero no les dieron la oportunidad de regresar al lado mexicano de manera que no arriesgaran la vida. Esto es una infamia mayúscula que no debe ser ignorada por las autoridades de EEUU al más alto nivel, y si así fuere, aquí es donde los organismos de derechos humanos deben jugar su papel transmitiendo las imágenes dramáticas del ahogamiento de dos personas, que aunque eran inmigrantes ilegales, en ningún momento ponían en riesgo la seguridad de los policías ni del Estado norteamericano.

Esta infamia no debe quedar en el tintero televisivo, las imágenes deben llegar al conocimiento del Presidente Joe Biden para que vea las consecuencias del legado de su antecesor Donald Trump, que durante cuatro años no pudo ocultar su obsesión anti inmigratoria que por momentos destilaba odio contra todo lo que olía a inmigrante.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 24 de marzo de 2021.

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