Hay que salvar la educación

enero 5, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Estar hablando de todo lo que debe rehabilitarse en el proceso de reconstrucción sin referirnos a la paralización en que se encuentra el sistema educativo, con el énfasis que amerita, es como estar en todo menos en misa. Como a los políticos el problema educativo no les cabe en sus discursos porque en este momento su prioridad es eminentemente electoral, preferimos dirigirnos a la ciudadanía, con la esperanza de que los padres de familia, los maestros, los dirigentes magisteriales y toda la comunidad educativa en general, comprendan la importancia de esforzarnos por reactivar la educación en la forma que sea posible.



La velocidad con que se está propagando el coronavirus no permite proyectar una reactivación educativa en forma presencial, viendo como los países europeos, que son los más avanzados, han tenido que replegarse en confinamientos de varias semanas, ordenando cierres estrictos en todas las áreas, incluyendo escuelas, colegios y universidades. En Honduras, donde hay poca conectividad de internet, las escuelas bilingües que no son pocas, por lo menos mantienen la enseñanza por esa vía, pero la preocupación agobiante es ¿qué se puede hacer con los miles de niños y jóvenes que son atendidos por las escuelas, colegios y universidades públicas? Este amplio rango poblacional que depende de la educación pública ya cumplió un año sin recibir los insumos educativos, por lo que ha llegado el momento de enfrentar la situación, para lo cual no vemos que la UNAH ni la Universidad Pedagógica estén trabajando por darnos luces para iluminar el camino que deben seguir las autoridades educativas.

La Secretaría de Educación ha estado hablando en forma esperanzadora que a partir del segundo semestre de este año comenzará un modelo con centros pilotos en los lugares donde no haya brotes del virus hasta ahora, en los que los niños y jóvenes podrían asistir a las aulas a recibir clases, pero esta proyección de las autoridades parece que no toma en cuenta la velocidad del virus y con un niño que resulte contagiado en su casa basta para provocar un contagio masivo en el aula y en la escuela. Sin querer ser pesimistas a fondo con los datos que nos están llegando del exterior, sabemos que estamos lejos de tener clases presenciales en nuestras escuelas, colegios y universidades.

Sin embargo, es obligación de las autoridades educativas y de las universidades públicas y privadas, por el deber moral que tienen, inclinarse a trabajar para reinventar una forma de llevar la educación a los niños y jóvenes de escuelas y colegios. Países europeos como Finlandia, Noruega y Dinamarca, han creado modelos educativos que prescinden del aula y confían más en el hogar para recibir una buena educación, pero esto requiere que los padres dediquen una buena parte de su tiempo a compartir jornadas de enseñanza-aprendizaje con sus hijos. Y en nuestro país no tenemos esas condiciones, porque hay muchos padres que no tienen el mínimo nivel educativo para convertirse en maestros de sus hijos. Mientras que otros deben salir a buscar el sustento que es la prioridad en el hogar.

Y aquí nos enfrentamos con una pregunta inquietante: ¿qué va a hacer la sociedad hondureña con esta generación de niños y jóvenes que han sido desplazados de las aulas por el tsunami del coronavirus? Porque estamos hablando de más de un millón y medio de niños y jóvenes que desgraciadamente se quedaron sin recibir educación todo el 2020, y por las condiciones imperantes podrían estar otro año en completo ayuno educativo. ¿Qué haremos en esta grave situación? Nos quedaremos de brazos cruzados viendo como las instancias que deberían estar trabajando en soluciones: la Secretaría de Educación y las universidades ¿se quedan justificados en la comodidad que les da la excusa de la pandemia? ¿Cuáles podrían ser las soluciones viables y prácticas para que los niños y jóvenes reciban los insumos educativos?

Es evidente que el Estado no está viendo siquiera con la menor preocupación la paralización del sistema educativo público, porque parece que las prioridades están enfocadas en reactivar la economía, en reconstruir las carreteras, en apoyar a las Mipymes, en incentivar la agricultura y de paso, a lo largo, hablan de educación, pero sin que se mencione las soluciones. Ayudarían las universidades, públicas y privadas, pero tampoco vemos que estas entidades accionen por rescatar la educación de la inactividad en que se encuentra.

Se nos ocurre que hay que revisar el modelo educativo de Finlandia, país donde la educación se recibe mejor en el hogar que en la misma aula escolar, aunque como ya dijimos la diferencia abismal de los niveles educativos de los padres pone una distancia difícil de superar, pero es posible que los técnicos en educación que tiene la UPN y la UNAH encuentren un modelo alternativo, quizás no igual pero parecido al finlandés, que permita que los niños no se queden del todo sin recibir los conocimientos conforme un programa educativo. En lo que insistimos es que la educación debe estar entre las prioridades del proceso de reconstrucción nacional, porque poco le servirá a Honduras salir de la crisis económica dejando sumido en un escalofriante abandono a más de un millón y medio de niños y jóvenes que se están quedando sin recibir los conocimientos por la falta de clases en las aulas, sin ninguna posibilidad de tener educación por la vía virtual por la pobre  conectividad en internet que tiene el país.

La velocidad con la que se sigue propagando el COVID-19 es de la misma intensidad con que la ignorancia se va apoderando de toda esta niñez y juventud que dependen solo del sistema educativo público para no vivir en las tinieblas.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy martes 5 de enero de 2021.

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