Familia hondureña se reencuentra en Miami

agosto 12, 2014

La madre llegó temprano al Aeropuerto Internacional de Miami, se paseó por el salón de reclamo de equipajes hasta que la vio.
Denia Zelaya se había despedido de su hija mayor 11 años antes. Una mañana de 2004, besó la cabeza de Anita dormida y salió de la casa sin hacer ruido.»No le dije adiós», recuerda la madre.  «Sabía que si despertaba, yo ya no iba a poder ir».
Anita tenía 6 años y su hermana menor, Nicole, menos de 3. Pero Zelaya había tomado su decisión: huir de las violentas pandillas de su Honduras natal, ir a Estados Unidos, conseguir trabajo.
En abril, Nicole, que ahora tiene 12 años, cruzó a salvo la frontera a Texas y siguió viaje a Miami. Entonces, Anita, de 16, decidió emprender la travesía con su propia hija Emily, de tres años, la nieta que Zelaya no conocía.
El 18 de julio, en el aeropuerto, Zelaya miraba la foto de Anita en su celular, temerosa de no reconocerla. Entonces sus ojos se posaron en una figura distante, una joven con una infante en brazos. A medida que la chica se acercaba, Zelaya se vio como en un espejo: grandes ojos castaños, pelo ensortijado, sonrisa tímida.
Por un instante le pareció que la distancia no se acortaba. Entonces atrajo a su hija y su nieta y las abrazó. Anita enterró la cara en el pelo de su madre, y de su garganta brotó un sollozo.
Durante las primeras noches después del arribo de Anita, las niñas y su madre cocinaban juntas con callada eficiencia, como si lo hubieran hecho durante toda su vida. Nicole y Anita convencieron a su madre que durmiera con ellas en el pequeño dormitorio que compartían con los cinco niños.
Después de dos semanas, deseosa de gozar de un poco de intimidad y orden, Anita ocupó el dormitorio. Nicole y Elise fueron a parar a un cuarto trasero que se usaba como depósito. Zelaya regresó a su cuarto con David.
Empezaron a turnarse para cocinar.Había pocos lugares donde ir, la escuela estaba en receso, y la alegría del reencuentro empezó a disiparse. Para ahorrar, Zelaya solo encendía el aire acondicionado durante la noche, por lo que el aire en la casita de cemento atestada se volvía casi irrespirable. Alguien siempre tenía hambre. Y los viejos rencores empezaron a aflorar.Desde que nacieron Elise y David, Anita reprochaba a Zelaya que la reemplazara a ella y Nicole con sus nuevos chicos estadounidenses.
«Yo trato de explicar a ellas que los más chiquitos necesitan protección porque son muy pequeños todavía,» dijo Zelaya. «Nosotras también», interrumpió Anita, bromeando a medias.
En Honduras, Anita esperaba tener algún día su propio salón de belleza o una cafetería. Ahora quiere volver a la escuela.
«Me gustaba las ciencias y español, y no era tan mala en la matemática», dice. «Quiero ir por todos los años que no fui. Después, quiero trabajar y ayudar a mi mamá».
Pero le preocupa estar tan retrasada con respecto a otros de su edad, y le avergüenza haber llevado una vida tan distinta de la de ellos.
Zelaya trata de no agobiar a sus hijos. Desempleada desde diciembre, recibe ayuda de su pareja mientras busca trabajo.
Y aunque disfruta de estar con sus niñas, le preocupan los miles de dólares que debe a su madre y a su novio, quienes pagaron a los coyotes.
Tiene que comprar cuatro pares de zapatos y Nicole necesita las vacunas antes de ir a la escuela.
Sabe también que a sus hijas les espera un camino legal arduo.Jorge Rivera, un abogado de inmigración, ha aceptado tomar el caso de Anita sin cobrar, pero les ha advertido que no hay garantías. Una organización hondureña sin fines de lucro ayuda a Nicole.
Los jueces de inmigración no siempre aceptan la violencia pandillera o la violación como fundamentos para otorgar asilo.
Las dos niñas -e indirectamente Emily- podrían cumplir los requisitos para una visa especial para jóvenes víctimas de abandono o abuso, pero para ello deberían obtener mucha documentación de su país de origen.



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