¡En el nombre de Dios!

junio 19, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cuando vemos que médicos, enfermeras y bomberos engrosan la lista de compatriotas contagiados por el coronavirus y más tarde nos toca anunciar su partida de esta tierra, nos persignamos y nos encomendamos a DIOS. El coronavirus no es una simple amenaza como lo creen algunas personas, pese a todo lo que se diga cuando se habla que se exagera la nota en cuanto a la peligrosidad que representa, porque dicen que del número de contagiados solo un pequeño porcentaje de personas es el que no resiste los efectos del virus, les preguntamos públicamente a esos incrédulos si ¿seguirían creyendo que el virus no es tan grave si entre los fallecidos estuviera uno de sus seres queridos?



Que se den unos cuantos minutos para reflexionar si estarían tranquilos con minimizar el riesgo del virus si en un momento dado uno de sus seres queridos fuera diagnosticado con el coronavirus. La circunstancia es delicada, cuando en un país creen haber superado lo peor de la pandemia, de repente esta reaparece con nuevos rebrotes obligando a retomar las medidas sanitarias en forma drástica. Solo en EEUU donde el presidente Trump, que ante todo ha demostrado de manera elocuente que es un cabeza-dura, está empecinado en reabrir la economía aunque en la mayoría de los estados de la unión americana hay un crecimiento de contagios y muertes que espanta a miles de norteamericanos, menos a Trump. Solo en el condado Dade de la Florida esta tarde se contabilizaban más de 10 mil contagiados y arriba de 464 muertes.

Cada vez que un hondureño muere a causa del coronavirus debe arrancarnos cuando menos una lágrima, pero cuando muere un médico, una enfermera o cualquier agente sanitario del sistema de salud, o un agente del orden público, sea policía o soldado, amerita que soltemos junto a las lágrimas una invocación a DIOS, porque cada profesional de estos que se ha mantenido firme en los hospitales luchando por salvar vidas sin haber podido salvar la suya, o en la calle guardando el orden público, más que un héroe es un alma que debería ser santificada por haber ofrendado su vida realizando una función que no se puede reconocer en todo lo que hizo.

Ayer, cuando cometimos el error de otorgar el título de doctor al técnico anestesiólogo Carlos Dubón, un amigo televidente nos llamó para hacernos la corrección y decirnos en broma que le habíamos otorgado el titulo como doctor post mortem a don Carlos, a lo que le respondí que lástima que no tenía autoridad para hacerlo, pero que mi equivocación servía para reconocerle, aunque fuera tarde, el trabajo emérito que este compatriota desempeñó por muchos años en los hospitales, tratando enfermos graves sin haber que un día una pandemia a la que muchos la minimizan sería lo que le acortaría la vida. Es decir, a todos los médicos y enfermeras y demás personal que ha formado filas luchando contra el virus, el Estado, sea por el mismo gobierno o a través de la UNAH, debería otorgarles no un título simbólico sino efectivo a todos los médicos y enfermeras que han tenido el valor de medirse a la muerte, porque eso es lo que pasa cuando estos profesionales  atienden a personas contagiadas.

El coronavirus a pesar de su ínfimo tamaño microscópico tiene un altísimo poder de penetración, que si tuviéramos que compararlo con un ser viviente habilidoso, diríamos que es mucho más habilidoso que el famoso Messi para eludir la vigilancia de los cuidados y meterle gol al cuerpo humano. Porque a pesar del cuidado que puedan tener los médicos y enfermeras el virus siempre tiene la ventaja de poder colarse en el menor espacio donde haya libertad para alojarse en el cuerpo de la persona. Cuando las personas creen que le pueden salir adelante observando los protocolos sanitarios de la manera más aplicada, un pequeño descuido basta para que el coronavirus sorprenda y se introduzca al cuerpo.

¿Y cómo la persona puede conocer el instante en que el coronavirus saltó a su cuerpo en el menor descuido? Su omnipresencia dado su tamaño microscópico lo hace invisible a la vista humana, de allí que cualquier estrategia para eludir al virus sean las recomendaciones elementales: mantener la distancia física de otras personas, y sobre todo evitar las aglomeraciones humanas, y lavarse las manos con jabón y agua con la mayor frecuencia posible, son muy útiles, pero si hay un descuido, al final no sirven de mucho.

Este virus es una amenaza incomparable por su grave contagiosidad y los efectos que produce en el cuerpo humano son diferentes según sean las condiciones de cada organismo. Quizás lo más triste entre las bajas humanas es ver como médicos, técnicos y enfermeras de gran trayectoria están sucumbiendo al contagio y varios de ellos han perdido el desafío contra el virus. Una fortuna es que médicos de gran experiencia como la doctora Elsa Palou haya salido del estado de gravedad para convalecer en su casa, igual que el doctor Carlos Aguilar, dos bajas momentáneas muy sensibles en el Hospital del Tórax, donde algunos nuevos que llegaron apenas vieron la cosa seria desde la puerta de entrada cuando decidieron echar marcha atrás.

Por cada uno de estos médicos valientes que han ofrendado su vida enfrentados al coronavirus, luchando por salvar la vida de compatriotas, rezamos un padre nuestro, que es la mayor invocación a DIOS que hacemos los católicos para pedirle al padre celestial por el descanso eterno del alma de todos estos médicos, enfermeras y demás personal que ha ofrendado su vida cuando luchaban por salvar la vida de otros compatriotas. Así es la vida de los médicos, luchan por salvar vidas, aunque al final no puedan salvar la suya.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 19 de junio de 2020.

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