El síndrome Tegucigalpa

septiembre 29, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

En una reunión en el recordado Jardín de Italia, donde acudían políticos y periodistas en los años 60 y 70, en una mesa habíamos varios integrantes de la redacción de Diario El Cronista, entre ellos Armando Zelaya, Luis Carlos Guardiola, Jorge Figueroa Rush, Gerardo Alfredo Medrano, Martin Baide Urmeneta, el fotógrafo Ángel Herrera y yo que todavía era un imberbe entre todos ellos que eran periodistas consumados y de los buenos. En un momento dado, no recuerdo qué motivó la inesperada pregunta, tal vez por simple curiosidad, uno de ellos se refirió a la nacionalidad costarricense de Luis Carlos Guardiola, y el viejo Guardiola como le decíamos en El Cronista, se defendió con otra pregunta que nos botó de la mesa: «apuesto a que ninguno de ustedes que están aquí son de Tegucigalpa». En efecto, nadie había nacido en Tegucigalpa, todos éramos «fuereños», tres de la costa norte, uno de Costa Rica, y los demás de otros lugares. Armando Zelaya, que era muy ocurrente, dijo que todos éramos «vividores» y «bebedores» de Tegucigalpa, pero que no obstante no tener enterrado el ombligo en la capital, la queríamos y la defendíamos como no lo hacían los propiamente capitalinos.



Aquel día comprendí que en esa mixtura radica el atractivo y la grandeza de Tegucigalpa, porque la mayoría de las personas que la habitamos somos gente de todas partes, que llegamos aquí buscando mejorar nuestras vidas, fuera para cursar estudios superiores universitarios o para trabajar en lo que sabíamos hacer, que era trabajar en los medios, porque sabíamos que los estímulos estaban en la metrópoli hondureña. Desde que llegamos a la capital, supimos que no había exigencias identitarias de haber nacido en Tegucigalpa para encajar en las actividades que hacíamos. Nunca nadie nos dijo que por ser de otra ciudad éramos advenedizos o extraños, o que debíamos regresar con nuestras pulgas al lugar de donde veníamos.

Tegucigalpa ya era entonces la mayor urbe de Honduras, se notaba de largo desde que entramos ocupando un asiento en los viejos aviones de SAHSA, viendo por la ventanilla la extensión de la capital que en aquel momento nos pareció una ciudad inmensa cuando la comparamos con San Pedro Sula y no digamos Puerto Cortés. Desde un principio vi que esta era una ciudad desprejuiciada, nadie hurgando en la vida del otro ni amenazándonos por no haber nacido en Tegucigalpa. Nos matriculamos en el colegio que escogimos a nuestro gusto, nos desplazábamos en aquellos años sin ningún tipo de temores, hacíamos nuestras correrías juveniles acercándonos a los colegios donde habían señoritas guapas y en las casas de huéspedes donde nos alojamos nunca sufrimos el incordio de ser considerados como «ciudadanos de afuera de Tegucigalpa». La familia Membreño en la calle Guajoco del barrio Buenos Aires, donde nos hospedamos los primeros dos años, me trataron como parte de su familia hasta el último día que emigré a otra casa que estuviera más próxima al centro de trabajo.

Sin embargo, desde que llegamos vimos que en Tegucigalpa la vida era más exigente que en SPS y Puerto Cortés, había que trabajar más rápido y ser más eficiente, el tiempo aquí apremiaba mientras en la costa norte acostumbrábamos ir a paso lento. Hoy Tegucigalpa ha cambiado, lo que conocimos en los años 60 cuando arribamos de la costa norte, quedó atrás. Tegucigalpa es una ciudad que ha crecido con todas las consecuencias que arrastra el progreso. Verla cruzada de puentes aéreos, con los trazos modernos que agilizan el tráfico y exigen ir a mayor velocidad, certifican el hecho de que la capital es una verdadera gran ciudad, que cada vez exige soluciones más imaginativas. Las nuevas infraestructuras que han sido edificadas por el alcalde Nasry Asfura la han vuelto una ciudad impresionante ante la vista de propios y extraños.

El expresidente Mel Zelaya, que pocas veces acierta en sus declaraciones, dijo recientemente que Tito Asfura era el mejor alcalde que ha tenido Tegucigalpa en los últimos cien años, lo cual es una verdad incuestionable. Paradójicamente, el alcalde Tito Asfura que ha construido tantas obras, a ninguna le ha puesto una placa donde conste que ha sido artífice de todas ellas, ni siquiera las inaugura, las construye y las pone a funcionar. Últimamente se ha desatado una polémica por el traslado del tráfico aéreo internacional al Aeropuerto Palmerola. Hay gente sensible que por esto casi se echa al suelo a llorar. Cuando la verdad es que Toncontín siempre fue el lado flaco, el talón de Aquiles de Tegucigalpa, por la desventaja de ser una ciudad entre cerros que no permite a los pilotos tener una aproximación segura con los aviones. Es probable que Tegucigalpa resulte gananciosa con el nuevo aeropuerto distante a unos 60 kilómetros al norte, porque habrá más gente de otros países que ahora quieran venir a hacer negocios a la capital hondureña sabiendo que tiene un aeropuerto a cierta distancia con verdaderas condiciones de seguridad.

No por tener el nuevo aeropuerto a cierta distancia Tegucigalpa dejará de ser la capital y la ciudad más importante de Honduras, ni estará subyugada ni oprimida por Comayagua. Ambas ciudades ganarán pero más Tegucigalpa, porque habrá necesidad de construir conexiones modernas y rápidas entre las dos ciudades, como una autopista directa y un tren eléctrico. Si en los años 60 los capitalinos no sufrían por la invasión de las personas que veníamos del interior o de la costa norte, hoy no debe pesar el irracional sentimentalismo ni sufrir complejos de ninguna clase. A Tegucigalpa siempre querrán venir todos, por ese síndrome que siempre ha existido, de querer vivir en la capital, y de querer ser capitalinos.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 29 de septiembre de 2021.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *