El síndrome de los últimos meses

junio 28, 2021

Juan Ramón Martínez

A partir de ayer, JOH recorre el periodo más difícil de su gobierno. El de los últimos seis meses al frente del ejecutivo. Con la obligación de cerrar puertas innecesariamente abiertas; enmendar errores que sean factibles de unir y fortalecer la identidad nacional, remendar el estado de derecho y completar el camino que nos lleve a una ordenada sucesión presidencial. Son los seis meses más difíciles de un gobernante. Los que tiene que enfrentar inevitablemente, sabiendo que su tiempo se ha terminado. Y que, llegará después del último día, “el día después”, como decía el novelista mejicano Luis Spota, en que nadie reconoce al ex inquilino presidencial. Y es el momento en que todos los ojos están puestos en el nuevo gobernante. El santo que para algunos hará milagros. Mientras el ex presidente, solo y a hurtadillas, tiene que enfrentar la soledad y volverá a ser un hombre común. Que recibirá tratamientos iguales comunes.



JOH es un gobernante singular, con habilidades no vistas en los últimos treinta años, en las que su talento más que suyo, es fruto de la feliz comparación con las limitadas habilidades de sus adversarios. Es el primero y esperamos, sea el último que, pasando por encima de la Constitución que la prohíbe, logró reelegirse por un periodo más, en la que, para más desventura, tuvo que enfrentar las más grandes crisis que gobernante alguno tuvo que manejar. La primera crisis fue la que produjo su reelección que solo pudo conjurar por el apoyo del aparato de seguridad – que se ha mantenido fiel a su lado – y la falta de fuerza final de la oposición que lanzó a la calle para derribar su gobierno la totalidad de sus fuerzas, sin lograrlo. Con una estrategia equivocada, obtuvo resultados equivocados que le permitieron a JOH soportar la peor revuelta cívico callejera que se tiene memoria desde el 3 de octubre de 1963.

Creyendo equivocadamente que no iniciaba un nuevo periodo y que no debía ser fiel a la Constitución, que había violado con la complicidad de los partidos de oposición y el respaldo de los caudillos Manuel Zelaya Rosales y Salvador Nasralla, no cambió de estilo de gobernar; ni tampoco convocó a un régimen de concordia y unidad nacional como le sugería el sentido común. Además enfrentó cinco crisis que lo han debilitado mucho, que pese a lo que piense, lo han debilitado como a ningún otro gobernante en sus últimos seis meses. Enfrentó la pandemia del COVID-19, las dos tormentas sucesivas que rompieron la yugular de la economía nacional y el juicio por narcotráfico en contra de su hermano Antonio Hernández, durante el cual los fiscales lo han querido implicar y ha sido acusado de todos los actos de corrupción inimaginables, en un ejercicio rencoroso que no se tiene memoria en la historia nacional. Las tres primeras crisis las ha manejado medianamente bien, de acuerdo a los recursos disponibles y a la organización débil de un sistema sanitario típico de un país tercermundista. Ha buscado respaldos y ha obtenido pocos resultados, de forma que la reactivación de la economía se ha visto complicada por la imagen negativa de su gobierno. El aislamiento y tratamiento de hielo que le ha dispensado el gobierno de Biden que, no le perdona sus actos en contra de la constitución y sus relaciones y la de su gobierno con el narcotráfico, ha empujado hacia las Zedes como única esperanza. La oposición que aparentemente no quiere que termine su gobierno, la ha emprendido con saña y un odio incomparable, al que ha respondido con su tradicional indiferencia y su cara de muchacho bueno que pese a lo que le digan, quiere hacer cosas para llamar la atención y asegurar su posición en la historia nacional.

Su última acción diplomática, un acercamiento que no tiene mucho sentido por los vínculos que Honduras ha mantenido con Israel, aunque busca quedar bien con Estados Unidos, no ha sido bien vista por la oposición y por el pueblo hondureño que, poco a poco, al final, ha terminado por darle la espalda. Su popularidad está por los suelos y su distanciamiento con el pueblo, hace difícil que pueda revertir la situación.

De modo que durante estos últimos seis meses que empezaron correr desde ayer, la única pieza que le queda por jugar y con la cual, puede sobrevivir – golpeado y quebrado; pero con cierta dignidad—es que efectué un proceso electoral en que su contribución se dirija a la pureza del mismo y que no haga trampa alguna, para favorecer al Partido Nacional que, en las actuales circunstancias, deberá obtener un resultado extraordinario, para superar las dudas que habrá conseguido el triunfo por medios irregulares y contrarios a la práctica democrática. Si lo hace y se mantiene al margen, no es que le perdonaran y le aplaudirán; pero al menos le guardaran el mínimo respeto despidiéndose del Estadio Nacional, con un sonoro aplauso y un hasta luego.

Sin embargo, esto es casi imposible de lograr, excepto que el Partido Nacional obtenga una victoria clamorosa que los estudios de mercadeo electoral no anticipan por lo menos en estos momentos. Hará falta sin embargo que Nasry Asfura, logre despuntar su liderazgo y convencer al electorado que, no es un candidato de paja, al servicio de JOH, sino que una nueva figura que no solo reconfigure al país, con una administración diferente, sino que además haga sentir que él es el gobernante; y nadie más.

JOH, por su parte, tiene que prepararse para la temida persecución. Sus enemigos de adentro y de afuera, no lo dejaran en paz. Probablemente será el primer gobernante desde 1984 hasta la fecha que deja el país, por su propia voluntad, huyendo de sus enemigos. Estos últimos seis meses, los puede usar para hacerse de nuevos amigos. Desafortunadamente, los gobernantes en sus últimos seis meses, no escuchan consejos. Y, mucho menos de columnistas, como nosotros.

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