El periodismo y la canallocracia

mayo 25, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

El desaparecido periodista polaco Riczard Kapuszinsky, considerado por muchos como el maestro del periodismo europeo, decía que para ser un buen periodista se necesitaba ser ante todo, una buena persona. Partiendo de este principio tan rigurosamente ético y moral, nadie que tenga máculas en su comportamiento, o que sea considerado una persona con un mal expediente de vida, no podría ser nunca un buen periodista. Naturalmente que este enunciado del gran Riczard Kapuszinsky en estos tiempos de las redes sociales se queda en una simple quimera, en una aspiración muy noble pero muy distante de ser tomada en cuenta por una gran cantidad de personas que ejercen el periodismo con el objetivo personal de agenciarse una figuración política y más que respetados, ser temidos por sus alocuciones agresivas e irrespetuosas, arropadas en la bandera de la denuncia contra la corrupción, aunque el ejercicio de un periodismo de este tipo lleva implícito una conducta dudosa y a veces delictiva.



Vivimos una época en que los periodistas estamos bajo el acoso constante de otra pandemia que el legendario periodista Paulino Valladares bautizó en su tiempo como «la canallocracia», que es la corriente en la que nadan aquellas personas que pretenden que los periodistas actuemos como correa de transmisión para que los apoyemos en sus propósitos que por lo general están muy alejados del interés nacional. El deseo vehemente de periodistas que nacieron marcados con la estrella de la obsesión de tener una imagen personal de santos inmaculados, los lleva a concertar compromisos con grupos y organizaciones que tienen un marcado interés ideológico por sujetar a Honduras en un orden político conocido como el Socialismo del Siglo XXI.

Un periodista debe luchar internamente contra sus propios depósitos de ego para no ser víctima de este virus, igual que debemos defendernos de los demás políticos que quieren atarnos a sus intereses personales cuando nos ofrecen cargos públicos o ser parte de sus equipos de trabajo. Esto no quiere decir que los periodistas tenemos que desligarnos de nuestra responsabilidad cívica de apoyar el sistema democrático, o que debamos ser personas insensibles para no tener un sentimiento político. Casi todos los periodistas sentimos admiración por alguna entidad política pero cuando se es periodista de vocación, apoyamos la democracia sin meter las patas en la política, que es cuando a la persona le entra el frenesí de lanzarse tras un cargo o aceptar una cuota mediante el desempeño de un puesto público.

Aquí es cuando la canallocracia le gana la partida a la vocación y se apodera de la persona, que termina ahogándose en la confusión de querer ser ambas cosas a la vez. Cierta vez, una apreciada colega que había dejado la dirección de un importante telenoticiero para cabalgar en un alto cargo en la política, tuvo la gentileza de pedirme consejo sobre si después de la experiencia en la que pudo haber sido Vicepresidenta de la República, podría volver a su desempeño en el noticiero. Le dije que el salto que había dado para pasarse a la política la había desvinculado moralmente del periodismo. Y que su regreso, al no conseguir su objetivo, le presentaría el grave problema del descrédito profesional, aunque como en Honduras son pocas las personas que se prestigian y en cambio, todos los que pisan tierra falsa creen salir airosos sin desprestigiarse, era un dilema que solo su conciencia le ayudaría a solucionar.

La corriente de moda en los diversos círculos y organizaciones que vigilan la vida pública es la de enfilar las baterías contra la corrupción, lo cual no es reprochable porque hace falta mucha voluntad en los hondureños para derrotar esa tendencia que lleva a ciertas personas a buscar la prosperidad por la vía del enriquecimiento rápido y fácil. Sin embargo, no existe la honestidad en ciertas personas que se apropian de esta causa, cuando sus actuaciones los delatan como perseguidores de figuración política. Cuando Pedro le dice a su mamá que su hermano Juan está lamiendo la olla, y le dice que se la quitará para lamerla él, lo que salta a la vista es la sustitución que busca el oportunista para adueñarse de lo que hoy disfrutan los que están en el poder.

La canallocracia es esa parte de la sociedad, es la proclamación que hacen ciertas personas de erigirse salvadores del país, aunque no logran ocultar la sed de ambición que los sofoca por ocupar el poder y entre estos hay quienes llegan embotados de la cabeza creyéndose mesías para ocupar el trono presidencial para nunca sin falta. Los canallócratas son muy hábiles para enredar a los periodistas y aquellos que son débiles aunque desde sus micrófonos y cámaras aparezcan como verdaderos truenos de la verdad, resultan ser los más dóciles para sumarse a las peores causas que esconden los peligros más graves para nuestra vida democrática.

Cuando Paulino Valladares esgrimió su frase lapidaria que nunca la canallocracia puede enmudecer al periodismo, se refería con absoluta claridad al rechazo que un buen periodista debe hacerle a las tentadoras ofertas que le provienen de sectores políticos, unos más abiertos, otros más ocultos, pero todos con la intención de controlarlo para ponerlo de su lado, no como una carreta, sino como un carretón que por su moho y oxidación mental ni siquiera pueda desplazarse por sí mismo, sino que necesita ser levantado en vilo para que le orienten que ruta es la que debe seguir.

Como lo dijo cierta vez el periodista español ya fallecido, Miguel Ángel Bastenier, el periodismo no es una actividad de servicio, sino para informarle al público que es el que finalmente escoge con que parte de la información se quedará. Sin embargo, el maestro Kapuszinsky sostuvo que el periodista tiene el deber moral de trabajar por el bien común para que una sociedad pueda vivir en libertad y democracia. Y en esta misión debe procurar que en la sociedad se acomoden en forma pacífica las variadas preferencias y las actividades de sus miembros.

Ninguno de estos grandes referentes del periodismo aconsejó ponerse al frente de cargos públicos ni convertirse en políticos de oficio. Este es el gran reto que tenemos los periodistas, y en lo personal podemos decir en forma categórica, que, cuando amigos y no amigos me han sugerido tener una participación directa en la política, con la mayor delicadeza les he respondido sin titubear, que lo mío es el periodismo. La política es importante para vivir en democracia, pero no somos los periodistas los más recomendados para dirigir cargos que inciden en los destinos de Honduras. Para esta, que es la más delicada misión, deben estar los políticos más preparados y talentosos. Pero no siempre son los que elige el pueblo para gobernarlo, que por lo general se confunde y elige a los peores. Por eso es que está esculpida en bronce aquella frase inmortal que dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 25 de mayo de 2020.

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