El legado del 2020

diciembre 30, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Desde que cursábamos nuestra educación media, siendo aún adolescentes, empezamos a escuchar de nuestros profesores que los hondureños en el fondo éramos afortunados por varias situaciones: no teníamos volcanes, teníamos muchos recursos naturales y sobre todo porque vivíamos en la comodidad de no tener que atravesar por la angustia de padecer enfermedades y guerras encarnizadas que sufren otros países. Pero al mismo tiempo nos decían con mucho sentido que esa comodidad era un falso reflejo que nos hacía creer que por estar en un lecho de rosas no había de que preocuparnos.



Esa falsa percepción se terminó en este 2020 cuando hemos tenido que afrontar una pandemia que ha estremecido al mundo entero, y como quien no quiere que una sola experiencia es suficiente, nos abatieron dos huracanes que arruinaron una vasta región productiva que corresponde recuperar tanto al gobierno como a las empresas e industrias directamente afectadas. Pese a todo esto no hay razón para renegar del 2020, porque es el año en que los hondureños hemos comenzando a aprender que se crece más como personas en las adversidades que en la comodidad. Cuando los pueblos se refocilan en las comodidades, aun viviendo en la pobreza, sin ver la gravedad de las carencias que no le permiten alcanzar el desarrollo, se auto condenan a vivir en un estado de conformismo al no haber factores que lo sacudan para poder ver la realidad.

La trascendencia del 2020 es que nos ha golpeado en la mera inconsciencia a los hondureños, como un gigantesco aldabonazo que nos ha despertado para ver la realidad, para sentir que no estamos fuera del planeta y que sufrimos los mismos males que pueden nacer al otro lado del mundo y que en algún momento nos alcanzan hasta esta parte del planeta, por lo cual debemos cultivar nuevos hábitos y nuevas costumbres que nos permitan adaptarnos a nuevas formas de vida si es que queremos sobrevivir y seguir formando parte de este mundo.

De todo lo que nos ha pasado en este 2020, que para muchos ha sido una desgracia en todo sentido, los hondureños debemos aprender como lo han hecho los habitantes de otros países. Contra todo lo que dicen los fatalistas, creemos que esta pandemia no es el fin del mundo, es nada más una gran prueba para todos los habitantes del planeta. Todas las experiencias que estamos viviendo son vitales, debemos cosecharlas y aprovecharlas al máximo, y como las estamos viviendo en carne propia y forman parte del patrimonio de nuestra memoria, pronto serán recuerdos indelebles e inmarcesibles que nos servirán para enfrentar futuros eventos, parecidos o distintos, para los que ya tendremos idea de cómo enfrentarlos y defendernos de ellos.

Ya no tendremos que preguntar como hacen los taiwaneses, coreanos, japoneses y demás orientales para enfrentar una pandemia, ya sabemos lo básico y necesarias que son las mascarillas, y que no es necesario abrazarse ni apretarse las manos ni besuquearse en las mejillas para mostrar nuestros afectos a los amigos y familiares.

El 2020 es el año que será recordado por estas enormes experiencias que no imaginamos que nos tocaría vivir, por lo que no debemos maldecirlo ni siquiera tener el resentimiento por todos los sufrimientos que hemos padecido en estos 366 días, porque todo aquello que  nutre de conocimiento a los pueblos es un motor que impulsa a las sociedades hacia el crecimiento. Ni EEUU sería hoy la gran potencia del mundo ni Europa tendría el más impresionante liderazgo cultural de no haber sido por las guerras cruentas que atravesaron y por las numerosas tragedias naturales que han debido enfrentar a lo largo de la historia.

Los hondureños habremos de ser testigos o protagonistas del proceso de reconstrucción que comenzará al nomás iniciar el 2021, ambos papeles tienen una connotación diferente. Los que quieran ser testigos son los que siempre dan un paso al lado para quedarse en la comodidad sin hacer nada más que criticar todo lo que hacen los demás, pero pienso que la mayoría de los hondureños jugaremos un rol protagónico, aprovechando lo mejor de las experiencias vividas en este 2020 para comenzar a reconstruir una Honduras distinta, lo que requerirá un largo plazo que valdrá la pena, porque nada que se haga en un santiamén es una obra maciza y duradera. En síntesis, este es el legado del 2020.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 30 de diciembre de 2020.

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