El laborioso cultivo del odio

julio 15, 2019

Honduras

La mayor “virtud” ahora, es la práctica del odio. En contra de una persona en particular; una institución política, la Iglesia Católica, la Confraternidad Evangélica, la Iglesia La Luz del Mundo, el gobierno, los periodistas opuestos al pensamiento del cultivador del mismo, los profesores, o los médicos. A los demás. “Quien no odia, no tiene carácter”.  Y quien no tiene carácter de perro agresivo, no vale nada. Una verdadera reversión de los valores, típico de un mundo paralelo, en el cual, todas las cosas están situadas al revés.



La última gracia – posiblemente tarea impuesta por algún “docente” moderno – es derribar estatuas y quemar pinturas. Salvador Zúniga, en una impunidad que no es de ahora y que confirma que esta no principió cuando empezó a combatirla el CNA, derribo la estatua de mármol de Cristóbal Colón. Por el delito de haber descubierto un nuevo mundo y sentado las bases para que Zúniga y sus descendientes, incluso una joven diputada que exhibe un lenguaje tabernario digno de diccionario de Camilo José Cela, puede hablar y entenderse con nosotros. Al cual nunca se le inició un proceso. De modo que ahora, envejecido y abandonado, vive en La Esperanza, dándole consejos a los jóvenes sobre como cultivar y ejecutar acciones provocadoras e ilegales, sin que les hagan nada.

Un amigo me hizo llegar la fotografía de un joven estudiante universitario, futuro médico probablemente, quemando una pintura del famoso Mario Castillo, del ex rector Osvaldo Ramos Soto. Y exigiendo a grito histérico, que le  cambiaran al auditorio el nombre del ex rector, por el de Manuel Zelaya, Olivia Zúniga o de cualquiera de estos apurados mártires de la lucha en contra de la democracia.

Osvaldo Ramos Soto es un hombre bueno, que no le ha hecho nada a nadie; que fuera candidato presidencial y cuando fue derrotado en las urnas por Carlos Roberto Reina, lo felicitó, convirtiéndose en el único candidato perdedor que lo ha hecho en toda la historia del país. Sobresaliente profesor universitario ha formado a generaciones tras generaciones del foro judicial que son honra de la profesión del derecho. Cuando fue Presidente de la Corte Suprema de Justicia, sus correligionarios – de alguna manera hay que llamarlos– lo despidieron en forma ilegal. A cambio, de su boca nunca ha salido una queja o un reclamo. Si algún criterio negativo hay en su contra, es el uso culterano de la lengua española, que no hace daño a nadie. Y sí confunde a más de alguno, es por su exceso de ignorancia y su vocación al inclinarse por señas y muecas, más propio de los animales que de los seres humanos.

A Ramos Soto no le afecta que quemen su retrato. A quien se ofende es al arte, a la academia universitaria y a la juventud indócil que, mañana cuando haya madurado, también será víctima de la intolerancia, a manos de ignaros imberbes que nunca fueron educados por sus madres, transgresoras del amor verdadero e inconstantes por su falta de control sexual. Porque Ramos Soto no tiene entre sus antecedentes, ninguna conducta intolerante ni siquiera cuando fue rector. Durante su período, mediante el diálogo logró convertir a la UNAH en una institución renovada – la “Nueva Universidad” – en la que la diversidad ideológica y la múltiple militancia política no fue obstáculo para la confrontación. Todo lo contrario, las autoridades sindicales, estudiantiles y docentes, conformaron una unidad que fue ejemplo, al extremo que Roberto Sosa que había solicitado sus prestaciones arguyendo que era perseguido por los militares, intento reintegrarse, contando con la sensibilidad respetuosa de Ramos Soto. Sin embargo, su reintegro fue frenado por la Auditoria Interna, la que pese a los reclamos del Rector Magnífico, impidió la reincorporación del poeta consagrado que, después de recibir sus prestaciones, pudiera volver a ser parte de la UNAH.

El odio contra Ramos Soto, es una llamarada que ennegrece la cara de los jóvenes imberbes. Instrumentos del odio de sus mayores. Ramos Soto, seguirá por el curso de la historia hondureña, como un paradigma de un político moderno, tolerante, comprensivo, estudioso e inteligente que honra a la academia universitaria y que le devuelve a la política tradicional, la dignidad perdida.

Más bien, su ejemplo de templada tolerancia, que no se inmuta frente a las acciones irrespetuosas, es una esperanza para los que creen que el odio no se impondrá. Y que, después de Zelaya, Nasralla y, Figueroa, el sentido común regresara a sus fueros, en compañía del amor mutuo, el respeto compartido y la tolerancia obligada para construir otra vez, la república del amor y la comprensión mutua.

El joven pirómano, – hijo de mala madre — es parte de la noche obscura que cubre al país. Bandada de buitres, acostumbrados a vivir de los despojos y necesitados de la  destrucción del honor ajeno, porque ellos no tienen, nada de lo que sentirse orgullosos. Como todas las tormentas, un día saldrá de nuevo el sol y ellos, solo serán un mal recuerdo, de la pesadilla en que el deporte nacional era el cultivo del odio y la destrucción del otro. El mal no prevalecerá, aunque el  diablo sea eterno.