El gobernante que no quisiéramos

agosto 31, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La historia de cualquier país la escriben sus habitantes, pero entre ellos el que pone un sello de alto o bajo nivel en cada página es el gobernante, según sean los logros que alcance o los desbarres que cometa. Betrand Rusell dijo que un gobernante tiene que actuar, puede ser que se equivoque, pero eso es señal de que no está de brazos cruzados. Lo cual es una verdad axiomática, un presidente que por temor prefiere no hacer nada para que sus opositores no digan nada, es un gobernante nulo e incompetente, que puede ser cualquier cosa menos gobernante. Aún en los tiempos que le resulten más adversos, por efectos de la naturaleza o por acecho de sus opositores, un presidente debe gobernar con pasión y compromiso con sus gobernados.



Pero, un presidente que desde el poder se santifica y se auto-consuela de ser la última esperanza para su país está en otra órbita muy lejana al planeta donde vive. Cuando un político es electo para gobernar un país no puede descargar culpas en otros de lo que está haciendo mal o de lo que no está haciendo. Cuando un político es electo por una mayoría para que dirija los destinos de un país debe responder a esa confianza que le ha depositado una sociedad que vio en él las condiciones para convertirse en el principal líder del país.

La semana pasada, cuando vimos en detalle la convención del Partido Republicano de EEUU, y escuchamos los discursos disparatados de Donald Trump comprobamos que es el negacionismo en persona del buen gobernante que necesita un país tan poderoso y tan importante para el mundo como es EEUU. Con el beneficio que la democracia norteamericana otorga a los políticos para reelegirse para un segundo período, vimos una convención republicana plagada de contradicciones y falsedades. Donald Trump pintó un sombrío retrato de la violencia en aquellas ciudades gobernadas por los demócratas, donde los votantes en su mayoría son opositores al gobierno. Violencia a la que él ha contribuido con sus discursos en los instantes más calientes y dramáticos, como cuando la población negra se lanzó a las calles protestando por la forma violenta que fue tratado un hombre por un policía que actuó con un abuso flagrante de violencia.

Un gobernante que desde el poder dice que es la última esperanza para impedir que la anarquía se apodere del país, no obstante que él con sus discursos y sus acciones es el principal propulsor de la anarquía, acusa un desquicio. El mayor problema que está en juego en las próximas elecciones de noviembre en EEUU es el racismo, algo que Trump ha usado como carta de campaña desde la elección anterior, respaldado por sus incondicionales que apoyan ese argumento. En la campaña del 2016, Trump apeló a la supremacía del hombre blanco, lo cual fue interpretado como una venganza contra las minorías raciales, pero que cayó muy bien en la población blanca que no oculta su rechazo por las personas de piel negra o al menos de color trigueño, que para ellos es incompatible con la pureza blanca.

Situado en ese pensamiento, Donald Trump no quiere ser el presidente de todos los estadounidenses y la prueba es que apela al voto a los estados del centro de EEUU donde por tradición el predominio blanco es indiscutible. Cuando los demócratas escogieron como candidata a Vicepresidenta a la senadora Kamala Harris, la reacción de Trump respondió a su estrategia blanca y antifeminista, llegando incluso a insinuar que la senadora Harris no es una estadounidense auténtica.

Para los latinoamericanos, Donald Trump ha sido una ave negra a pesar de su obsesión furibunda de considerarse un archiblanco, dado su odio inocultable contra todos los inmigrantes; no hay que esforzarse para interpretar el discurso de Trump al decir que esta elección de noviembre es la última oportunidad para los blancos, porque si no se detiene la inmigración en 10 años los blancos pasarán a ser una minoría frente a la gran presencia negra y mestiza. Obviamente, la elección de Barack Obama como primer negro presidente de EEUU hizo que la población blanca se aglutinara alrededor de Trump para impedir que se pudiera repetir la elección de otro negro.

De manera que al haber escogido a la senadora Kamala Harris de origen jamaiquino, los demócratas le juegan la contraria a Trump, es decir adoptan el polo opuesto mezclado con un blanco, para demostrarle a los republicanos que los negros no son antiblancos y que pueden convivir negros y blancos como lo hicieron Obama y Biden dirigiendo los destinos de EEUU. En cambio Trump y los republicanos se empeñan en evocar el pasado de la esclavitud, por lo que, como ya lo han calificado varios comentaristas de los medios estadounidense, esta elección de noviembre será la más racializada en la historia de EEUU.

Un gobernante como Donald Trump que destila odio no podrá reparar los daños que sufre la sociedad estadounidense, como también le será imposible recuperar el gran liderazgo económico que hicieron de EEUU la primera potencia mundial. Un gobernante que destila odio al estilo de Trump no lo quisiéramos para Honduras.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 31 de agosto de 2020.

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