El fútbol y las peligrosas pasiones

septiembre 8, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

En 1969 me encontraba en el Estadio Flor Blanca de San Salvador, instalando los equipos de transmisión para relatar el juego entre Honduras y El Salvador, por las eliminatorias del Campeonato Mundial México 70, cuando a través de los audífonos escuché que se había desatado una serie de incidentes agresivos en Tegucigalpa y otras partes del país contra personas de nacionalidad salvadoreña. En la noche anterior, un conocido colega, comentarista deportivo, ya fallecido, que entre todos era el más influyente en el ámbito nacional, había relatado que grupos de personas llegaron al hotel donde se hospedaba la selección hondureña, con la intención de desvelarlos para hacerles pasar una mala noche, algo que lograron porque al día siguiente los seleccionados hondureños andaban trasnochados y de mal humor.



Sin embargo, en honor a la verdad, el mismo colega, cuyo nombre nos guardamos porque habiendo fallecido no podrá hacer uso de la réplica, había incitado a los aficionados hondureños a que orquestaran cánticos o hicieran ruidos en los alrededores del hotel donde se alojaban los jugadores salvadoreños. Lo que estaba ocurriendo aquella noche en San Salvador, era la misma realidad que una semana antes había incitado el recordado comentarista deportivo en Tegucigalpa. Aunque este episodio apasionado por el futbol no fue la verdadera causa de la guerra de 1969 entre El Salvador y Honduras, si resultó ser el detonante final para que los militares salvadoreños atacaran nuestro país semanas después del partido jugado en San Salvador.

Citamos ese evento infortunado para ilustrar el daño que puede causar a los países el futbol, cuando las pasiones desatadas son propulsadas por personas ignorantes, carentes del elemental comportamiento social que resultan ser presas fáciles de la pasión que nace en el futbol, sobre todo en las personas que pierden los sentidos por llegar a creer que su equipo o su selección es la mejor del mundo y que por nada puede perder. Y si la pasión es atizada por medios de comunicación, que guiados por miopes se convierten en un atentado a la estabilidad social de los países, el futbol o cualquier otro deporte de multitudes, pierde el objetivo de unificar a los pueblos para convertirse en un peligroso desencuentro que puede conducir a una conflagración, como ocurrió en 1969.

Vienen estas citas de manera oportuna, porque el domingo pasado en el Estadio Cuscatlán de San Salvador, una persona arrancó la bandera de Honduras que colgaba en uno de los palcos para lanzarla a la muchedumbre. Ese acto es una acción irresponsable de un individuo y no de un pueblo, por lo que no debemos sentirnos ofendidos por el país vecino, fraterno, como es El Salvador. Un país no puede responder por el desafuero de un jayán, no podemos acusar a todos los salvadoreños por la vulgaridad cometida por uno de los suyos. Este es un punto que no debemos olvidar cuando la selección salvadoreña corresponda para jugar en cancha hondureña el partido de vuelta.

En gran medida depende que los medios de comunicación de nuestro país contribuyamos a guardar el sosiego, no incitando a que se cometa un desaguisado o algo parecido a lo que vimos en el Estadio Cuscatlán, que a nuestro juicio fue un acto desafortunado que de manera aislada cometió una persona desjuiciada, como acontece en muchos lados del planeta, donde el futbol ciega por la pasión a las personas que se dejan obnubilar por los sentimientos desaforados, muy propios de las personas carentes de valores.

Ningún partido de futbol vale tanto como para incitar o provocar un conflicto entre países, la entusiasta incondicionalidad para nuestra selección nacional  no debe hacer que los hondureños perdamos la razón, como desagraciadamente aconteció aquel lejano 1969. Se puede discutir civilizadamente sobre el futbol sin llegar a la grosería inculta que provoque molestias y que haga explotar el carácter animal de las personas. De aquel partido aciago celebrado en San Salvador en 1969 podemos contar muchas anécdotas vividas en el legendario estadio Flor Blanca, unas muy desagradables y otras muy fraternas por parte de nuestros colegas salvadoreños que expusieron su vida para evitar que gente extraviada por la sinrazón nos agrediera en la cabina desde la cual transmitíamos el partido, al descubrir que éramos locutores hondureños. Todo producto de la incitación, lanzada por el recordado comentarista deportivo ya fallecido, por el prurito de ganar audiencias.

Pedimos a los medios de comunicación de nuestro país, abstenerse de atizar la vehemencia mal entendida en el público hondureño, haciendo creer que en Honduras «no se vale perder». Este concepto manejado por los periódicos, las emisoras y la televisión, cala de manera negativa en nuestra gente sencilla, llevándola al fanatismo, que es lo que hace que las personas pierdan la moral y las buenas costumbres. Por favor, colegas de la prensa deportiva, no cometan el fatídico error que cometió aquel apreciado comentarista deportivo en 1969, que a decir verdad, fue el responsable del detonante final de la guerra de 1969.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 8 de septiembre de 2021.

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