El fin de la educación

noviembre 25, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La comunidad educativa hondureña, enfrentada a una crisis sin parangón en la historia del país, con una aprobación estudiantil masiva sin actividad en las aulas, no está viendo venir todavía la luz al otro lado del túnel en que nos metió la pandemia, remachada por dos huracanes consecutivos. Las familias que dependen de la educación para sus hijos en escuelas y colegios del sistema público, bastante tienen con preguntarse si podrán recuperar el puesto de trabajo para ganar el salario con que alimentar a sus hijos. Si un sector de nuestro país está sufriendo una historia terrorífica es el sistema educativo público, donde los niños y jóvenes no han tenido clases durante la mayor parte del año, que a estas alturas se acaba y no habrá forma de recuperarlo, por más que las autoridades educativas digan que están empeñadas en buscar una solución que no arregla en nada la pérdida de un año de conocimientos de miles de nuestros niños y jóvenes de hogares de escasos recursos. Y caminando en las mismas arenas movedizas, los dirigentes magisteriales que se han expresado sobre el asunto, tampoco aportan luces.



Si tenemos que aplicar correctamente el concepto desigualdad en educación, lo que ha pasado este año es la más terrible de las desigualdades porque no hay otra forma de calificar que miles de nuestras promesas como son los niños y jóvenes sean «beneficiados» (entre comillas) con una aprobación colectiva que es toda una engañifa, partiendo las autoridades educativas del argumento que, como los niños y padres de familia no tienen la culpa que debamos permanecer aislados por la pandemia, no tienen que pagar las consecuencias perdiendo el año escolar. Y amparados en este consuelo «desconsolador», se le otorga la aprobación a todos los niños del sector público, pareciendo no importar que la falta de conocimientos por la inactividad escolar convierte a esta generación en niños aprobados sin necesidad de clases, sin necesidad que les practiquen pruebas para valorar sus esfuerzos estudiantiles, ni más ni menos, una especie de generación «sonámbula» que irá hacia adelante dando palos de ciego, avanzando con estos impulsos mal entendidos por la incapacidad y falta de creatividad no solo de las autoridades sino de toda la comunidad educativa.

En Honduras no estamos en las condiciones de Finlandia donde el sistema educativo extrañamente no requiere que los niños y jóvenes asistan al centro escolar, porque la cultura en ese país y otros que actúan en forma similar, ha hecho que el hogar sea el verdadero corazón del proceso enseñanza-aprendizaje. Para imitar a Finlandia en su sistema educativo, tendríamos que hacer un recorrido que nos llevaría darle la vuelta al mundo a pie un millón de veces y nos faltaría tiempo, porque nuestro problema es eminentemente cultural, porque en lugar de que los padres asuman su papel en el proceso enseñanza-aprendizaje de sus hijos, las ocupaciones de los actuales tiempos cada vez hace que los padres se distancien y se despreocupen de la educación de sus hijos. O quizás porque han madurado un pensamiento equivocado, cuando la mayoría de los padres de familia descargan en los maestros y en el aula escolar la absoluta responsabilidad de educar a sus hijos.

Así que estando cerradas las aulas durante la pandemia y por consiguiente los maestros refugiados en sus casas por la prescripción sanitaria de quedarse en casa para no contagiarse, el sistema educativo público quedó en el lamentable estado del «acabose», con las aulas cerradas, con el profesorado refugiado en sus casas por la pandemia, mientras miles de niños y jóvenes que no tienen forma de recibir el pan del saber por la vía virtual, malgastan su tiempo deslizándose en actividades pueriles, sin beneficio, ante la actitud cómplice de sus padres, que se reconfortan en la excusa de que las escuelas están cerradas por el virus.

Para infortunio de todo el país, a estas alturas no hay manera que toda esta generación de infantes y jóvenes encuentren la forma de recuperar el cúmulo de conocimientos que no pudieron recibir durante este año. Si aquí viniera el próximo año un sistema internacional que midiera la capacidad de nuestros niños y jóvenes del sistema educativo público, sin duda que habría una reprobación escandalosa que nos expondría gravemente como un país en permanente excusa, culpando a la pandemia de una especie de disidencia de nuestra niñez con la necesidad de adquirir conocimientos.

El titular que le pusimos hoy a este editorial, EL FIN DE LA EDUCACION, propiamente no lo hicimos para conceptualizar la finalidad del pan del saber, sino más bien para reflexionar que este año la educación tuvo un «acabose» lamentable, porque si bien la pandemia sigue siendo una realidad dura ante la cual la única salida pareciera ser la vacuna, esta no llegará a estos lados antes de la mitad del próximo año, lo que nos anticipa que será hasta entonces cuando quizás podamos ver la luz al final de este túnel que nos está haciendo más largo el camino para alcanzar los niveles de progreso, un precioso objetivo que sin educación cada vez se nos volverá inalcanzable.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 25 de noviembre de 2020.

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