El duro retiro del poder

diciembre 29, 2020

Juan Ramón Martínez

Maquiavelo estudió el comportamiento del príncipe ante la posibilidad de perder el poder. Después de su recuento histórico, llegó a la conclusión que el titular del poder, no lo debe entregar. Y que, todo lo contrario, debe luchar por preservarlo, incluso con el uso de la violencia. Por supuesto los príncipes estudiados por Maquiavelo no eran demócratas. Creían que el origen de su poder radicaba en la voluntad divina y que, en consecuencia, la voluntad popular no podía ser invocada para limitar su ejercicio. Después de la Revolución Francesa, la soberanía proviene de la voluntad popular y el gobernante debe someterse a los controles de la institucionalidad. Es decir que, el poder deja de ser absoluto, para volverse limitado. La Constitución de Francia, Estados Unidos y la de Cádiz de España, impone el liberalismo como doctrina política y su efecto objetivo: la democracia limitando el tiempo del ejercicio del gobierno por parte de sus titulares. De forma que, si hay algo real y objetivo, es el establecimiento del periodo presidencial, solo ampliado por la reelección, por una vez en algunas constituciones. Y, en los modelos parlamentarios, hasta el momento en que el gobernante pierde la mayoría en el Congreso o Cortes, como es el caso de España, Inglaterra, etc.



Después del descubrimiento, España, enfrentada a la labor imperial de controlar una gran parte del mundo descubierto por Colón, invocando el pensamiento de Tomas de Aquino y Suárez, entre otros pensadores, desarrolló el concepto del bien común. Éste determinaba que la soberanía popular tenía una finalidad: el bienestar de la colectividad: Y que la legitimidad de los gobernantes, se basaba en el logro y consolidación del bien común. Es decir que además de la obediencia a la soberanía popular, había un compromiso de legitimar el ejercicio del poder, por su uso en beneficio de la colectividad. El príncipe – el gobernante – no era absoluto; y además su legitimidad no la daba el origen, sino que el compromiso con el bien común y la limitación del mandato.

Desafortunadamente, los criollos que se rebelaron en contra de España, se inclinaron más por Maquiavelo que por Tomas de Aquino. Por ello, la figura del poder que surge en América Latina, no es la del demócrata, sino que el caudillo, insustituible, cuyo mandato solo podía interrumpirse por el uso de la fuerza. Inauguramos entonces, una serie de dictaduras que han paralizado el desarrollo, irrespetuoso de la institucionalidad y llamado a erosionar la confianza de la ciudadanía en la política que, pasó de acción inteligente para gerenciar el bien común, a una centrada en la consolidación del caudillo irrespetuoso de la ley, y violador de la soberanía popular.

Donald Trump, heredero de una tradición democrática emparentada con Tomas de Aquino y escogida como norma en la Constitución de Estados Unidos, con el fin de evitar la posibilidad de un tirano, tiene más de un mes negándose a reconocer la institución electoral, invocando un supuesto fraude que no ha podido probar en los tribunales de justicia de su país. Por ello, le cuesta mucho, posiblemente sin antecedente alguno, abandonar la Casa Blanca. De donde no quiere irse. Desobedeciendo la voluntad popular y poniendo a prueba la institucionalidad de los Estados Unidos, cuyos fundadores, anticiparon la dolorosa circunstancia de un tirano, parecido a los reyes absolutos de Europa, convencido que el poder venía de Dios, era avalado por su voluntad y justificado por la fuerza para retenerlo.

Afortunadamente la prueba institucional, consolida la democracia de los Estados Unidos. Y se convierte en un ejemplo para nosotros los latinoamericanos, cuyos gobernantes, siguiendo a Maquiavelo como Trump, sienten que el poder es suyo, que no lo deben entregar nunca, porque ello además de un fracaso – como lo entiende el estadounidense – o una muestra de debilidad, como ocurre en nuestros países, en donde los caudillos usan el fraude, el irrespeto a la ley y la fuerza bruta incluso, para no dejar el poder. Castro lo retuvo por más de 40 años y Carias Andino durante 16.

Un gobernante hondureño me contó el miedo que tuvo al momento de dejar el poder. No temía a la venganza de sus enemigos, sino que a su costumbre por el ejercicio del poder. Por ello, hizo dos cosas que pueden parecer infantiles. La primera, manejar el automóvil del presidente de la república y construir una oficina que recreara la que la que había ocupado mientras ejercía el cargo de gobernante del país. Las dos medidas le dieron la fuerza para aceptar volver a ser un ciudadano común. Trump. puede hacer algo parecido para volver a la normalidad que la democracia le exige a los gobernantes: aceptar que el poder es temporal, que depende de la ley y que, fundamentalmente, está basado en la voluntad del electorado.

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